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La mejor actriz de la Ilustración: La Tirana

Jueves 29 de Agosto, 2019
¿Quién se acuerda hoy de la Tirana, la más célebre actriz de la época de Carlos III? Pues José María Martín Valverde, una enciclopedia andante sobre el teatro musical del siglo XVIII, que ha escrito la biografía definitiva sobre María del Rosario Fernández, la Tirana, una mujer pintada por Goya y adelantada a su tiempo. Ganadora del Premio de Ensayo de la Fundación de Municipios Pablo de Olavide y publicada por la Fundación José Manuel Lara, esta obra resucita a un personaje esencial para conocer los entresijos de la sociedad española de la Ilustración.
La mejor actriz de la Ilustración: La Tirana

Aunque Andalucía no nació administrativamente – como el resto de provincias españolas– hasta la división provincial de 1833, esta rica región constituía la quintaesencia de España. Aproximadamente un siglo antes de que María del Rosario Fernández, la Tirana, se subiera a los escenarios, Madrid, capital del reino, había adelantado a Sevilla como la ciudad más poblada de España.

Así pues, Rosario vio la luz en la segunda urbe del escalafón (habría que esperar al siglo XIX para que Barcelona le “robara” ese “honor”). A principios del siglo XVIII, Sevilla había perdido el monopolio del comercio con América, pues en 1717 la Casa de Contratación se trasladó a Cádiz, pero el espíritu de la capital hispalense seguía siendo muy pujante, si nos atenemos a su demografía.

Así sucedía en el evocador barrio de Triana, donde nació la niña. Su corazón era la parroquia de Santa Ana, que conserva su partida de bautismo y de gran importancia histórico-artística, fundada por Alfonso X el Sabio. Sus padres fueron Juan Manuel Fernández García, también natural de Triana y la ceutí Antonia Ramos Muñoz, que llevaba en Sevilla desde pequeña.

María del Rosario nació a finales de septiembre de 1755, el año del terremoto de Lisboa, cuya virulencia se dejó notar también en la ciudad andaluza. Su infancia transcurrió con cierto desahogo económico, ya que sus padres eran de clase relativamente acomodada. Juan Manuel era un pequeño comerciante de una calle postinera de Triana. El éxito de su negocio, unido al hecho de que probablemente su residencia había sufrido daños con las inundaciones que se desataron en Triana, hizo que la familia se desplazara a una zona más céntrica de Sevilla, cerca del Alcázar, el Ayuntamiento y de otros edificios oficiales. Fue en ese hogar donde se crió su hermana menor, Francisca de Paula, que también se dedicó al teatro, así como su hermano, Juan Bartolomé, de quien no conservamos ningún pormenor, por lo que es de suponer que murió siendo niño (solo había costumbre de consignar la muerte cuando esta ocurría a los dos o tres años). Para terminar de presentar a los miembros de la familia, es probable que tuviera otro hermano, José, que falleció en 1769 a la edad de siete años.

Nuestra protagonista creció en las postrimerías del reinado de Fernando VI (hasta 1759), un período de paz pero carente de diversiones. Desde 1679, imperaba en España la prohibición de los espectáculos teatrales, por lo que la población solo podía regocijarse con los toros, que también se prohibirían por decreto en 1754. Con la llegada al trono de Carlos III, el ocio campó de nuevo a sus anchas y, en la primavera de 1760, se reanudaron los festejos taurinos en la Real Maestranza de Sevilla, a la sazón en construcción. La prohibición de los espectáculos teatrales seguía, no obstante, vigente, lo que propiciaba que algunos sectores de la población se dedicaran a ellos de forma amateur y en la clandestinidad.

En este sentido, es probable que la madre de María del Rosario, Antonia Ramos, cultivara este esparcimiento de forma esporádica, pues formó parte de algunas compañías de cómicos de poco renombre. Los aires que trajo el monarca ilustrado, que simpatizaba con estas ceremonias, hicieron posible que en enero de 1761 regresara la ópera (la primera representación fue la de una ópera bufa italiana en un solar de la calle del Carpio, frente al convento de monjas dominicas de Santa María de Gracia). Por fin, a finales de la década de los 60, se recuperó paulatinamente la tradición teatral para todos los géneros, tras más de ochenta años de sequía. En mayo de 1764, se publicó el decreto por el que las comedias se autorizaban en todo el país. La intensa teatralidad y los rituales de la vida social sevillana –en especial durante su Semana Santa–influyeron necesariamente en la personalidad de María del Rosario.

HA NACIDO UNA ESTRELLA

Llegados a este punto, conviene introducir en el relato la figura del peruano don Pablo de Olavide, que se estableció en la ciudad y fundó una compañía de teatro y una escuela-seminario de actores en la que se formaría María del Rosario, quien se subió a los escenarios, por vez primera, a la temprana edad de 15 años. El objetivo de la escuela era introducir las formas propias del teatro francés y desterrar las fórmulas de representación del barroco.

Poco después, la vida personal de María del Rosario experimentó un giro, cuando contrajo matrimonio sin haber prácticamente salido de la adolescencia. En enero de 1770 tuvo lugar, en efecto, su boda con otro actor, Francisco Castellanos, que probablemente trabajaba en la misma compañía de teatro que la madre de Rosario y, además, le doblaba la edad. La pareja emprendió su primer viaje fuera de su Sevilla natal a los Reales Sitios de Aranjuez, donde los encontramos en abril de 1770 junto con otros actores como María Bermeja, la otra gran diva del teatro de la segunda mitad del siglo XVIII, y donde, tal vez, coincidieron con el joven príncipe de Asturias, el futuro Carlos IV.

Francisco Castellanos se había especializado en papeles de tirano –en una ocasión encarnó a Danao, tirano de Argos– y había interpretado papeles “de barba” –o sea, serios–, lo que le valió el sobrenombre de El Tirano, por lo que su esposa fue conocida como la Tirana el resto de su vida. En 1763, María del Rosario viajó a la corte de Madrid, donde desarrollaría la mayor parte de su carrera. Allí debutó en la compañía del canario José Clavijo y Fajardo y actuó de forma itinerante en los Reales Sitios (El Pardo, Aranjuez y San Lorenzo del Escorial, aparte de en la capital de España). La joven debutó en el teatro extramuros del palacio de La Granja de San Ildefonso y, aunque no sabemos con certeza cuál fue la primera obra que representó, entre el repertorio de la compañía figuraban Mitrídates, de Racine; La escocesa y la Zayda de Voltaire; o la Celmira de DuBelloy, todas ellas en traducción de Olavide.

Aquellos años fueron de alborozo tanto para la carrera de María del Rosario como para las artes escénicas en general, pero la euforia fue efímera, pues en 1776 la compañía de los Reales Sitios fue clausurada debido a la crisis económica y a los recortes efectuados por el conde de Floridablanca, el nuevo “primer ministro”. En tales circunstancias, el matrimonio Castellanos volvió a Sevilla. Allí, en julio de 1777, cuando María del Rosario contaba con 21 años, nació su primera hija, Antonia Castellanos Fernández, y se casó su hermana Francisca de Paula.

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