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El gran amor de Carlos I

Martes 06 de Octubre, 2015
Carlos I es el rey de moda. La televisión tiene mucho que ver en ello, pero al margen de la serie que glosa sus hazañas, y sus amores con Isabel de Portugal, este hombre fue el más poderoso de su tiempo… quizá de todos los tiempos. Como todos los grandes monarcas, tiene un rostro oculto pero, a diferencia de los que le precedieron y de los que le siguieron, su amor fue casi eterno. La relación con Isabel de Portugal, muy abordada en la actual serie, fue intensa, dramática a veces, sincera casi siempre. Javier García de Gabiola

Por instrucciones expresas de su esposa Isabel de Portugal, su cadáver no fue embalsamado y durante diez días viajó con su cortejo hasta llegar a su amada Granada. La triste tarea de acompañarla recayó en su hijo mayor, el futuro Felipe II, que a los 12 años tuvo que cumplir con el terrible trámite de reconocer el cadáver antes de enterrarlo. Cuando se abrió el catafalco el niño contempló con horror el rostro putrefacto de su madre y se desmayó, una impresión de la que no se recuperaría en toda su vida.

En su cortejo también estaban los miembros de su pequeña corte de cuando era regente, y entre ellos su caballerizo, el futuro San Francisco de Borja, Duque de Gandía. Este, platónicamente enamorado de ella, al ver el cadáver y su hermoso físico tan degradado, dijo: “No puedo jurar que esta sea la emperatriz, pero sí juro que es su cadáver el que aquí ponemos (…) Y también juro que no he de servir nunca más a señor que se me pueda morir”. Francisco, traumatizado por la fragilidad de la carne, lo dejó todo e ingresó en los Jesuitas para abrazar el camino de la santidad.

LUTO PERMANENTE

Carlos, por su parte, jamás volvió a casarse, y desde la muerte de la esposa pasó a vestir, a sus 39 años, de luto permanente. Comprendiendo que jamás encontraría a nadie tan perfecto y que le amara de aquella manera, no se le conocerá ninguna relación posterior con la excepción de un fugaz affaire con la hija de un artesano de Ratisbona, Bárbara Blomberg, ya en 1546. De dicha relación nacerá don Juan de Austria, y para dignificar su origen, a la Blomberg se añadirá un “de” Blomberg nobiliario con posterioridad. La dama, viéndose abandonada por el emperador, posteriormente dirá, resentida, que su hijo no era de Carlos, sino de un forrajeador español con el que compartía el lecho.

Era la primera vez desde Diocleciano que un emperador abandonaba el trono en vida, y el mundo se conmovió. Como es sabido, Carlos se retiró al monasterio de Yuste, falleciendo en 1558

En todo caso, el emperador siguió con su vida monjil, dedicándose a la guerra y a la política, hasta que viéndose sin fuerzas tras tener que enfrentarse de nuevo a una coalición entre Francia y los protestantes alemanes y estar a punto de ser capturado, decidió abdicar en su hijo en 1555. Era la primera vez desde Diocleciano que un emperador abandonaba el trono en vida, y el mundo se conmovió. Como es sabido, Carlos se retiró al monasterio de Yuste, falleciendo en 1558, agarrado al crucifijo de marfil de su esposa, tras ver con satisfacción cómo su hijo desbarataba a sus enemigos.

Al fin Carlos, tras 19 años de espera, se reunió de nuevo con su alma gemela, Isabel.

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