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El espía de Felipe II

Miércoles 25 de Noviembre, 2015
La correspondencia que el embajador y espía Bernardino de Mendoza enviaba a Felipe II, a sus secretarios –especialmente a Juan de Idíaquez y a su primo Martín de Idíaquez– y otros altos cargos contenía información vital para los asuntos de Estado, por lo que no quedaba más remedio que encriptar los mensajes para convertirlos en secretos. Óscar Herradón
Historia de Iberia Vieja, Bernardino de Mendoza, espía Felipe II

Sus correos debían atravesar aduanas y territorios con fuerte presencia de enemigos de la Corona, como el sur de Francia, cuyos caminos estaban infestados de protestantes –hugonotes–, donde podían ser interceptados, aportando información reservada y vital. Por ello, Bernardino Mendoza se mostró un auténtico especialista en la materia de ocultar la información. El embajador tenía en su poder un código de cifra que le entregaban antes de su partida, y con él construía los mensajes en unos caracteres aparentemente ininteligibles.

Cuando éstas llegaban a su destino, había un encargado de descifrarlos que poseía el mismo código. Una vez desencriptados, eran transcritos en lenguaje normal para que el rey y sus secretarios los pudieran leer. Gracias a esta transcripción, han podido llegarnos hasta hoy parte de estos mensajes, que solían ser destruidos tras su recepción. En ocasiones los correos no llegaban a su destino, e ignoramos una información que hoy habría resultado vital para conocer las conspiraciones en la corte, en un tiempo de marcado maquiavelismo político.

Algunas de las técnicas de cifrado que utilizó, entre un amplio repertorio de “trucos”, las recogió el historiador norteamericano De Lamar Jensen, miembro del departamento de Historia de la Brigham Young University, sita en Provo, Utah. Son las siguientes:

1. Transformar letras en signos de la propia invención del embajador.

2. Transformar letras en otras letras, siguiendo una tabla progresiva de equivalencia.

3. Transformar grupos de letras en números de dos cifras, por ejemplo: BL = 23; BR = 24; TR = 34…

4. Transformar letras en números de una cifra.

5. Transformar títulos y palabras cifradas en símbolos o en sílabas con símbolos.

6. Transformar nombres propios en nombres simbólicos. Por ejemplo, para dirigirse a Felipe II lo llamaba Fabio; Enrique de Navarra era en la correspondencia Julio; el duque de Guisa, en ocasiones se refería a él como Mucio y otras como Curio. Y como éstos infinidad de ejemplos que convirtieron sus textos en prodigios de la ocultación de códigos secretos.

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