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Ana de Austria, el último gran amor de Felipe II

Martes 21 de Agosto, 2012
Más allá de su virtuosismo, Ana de Austria pasará a la Historia como el último gran amor del rey más poderoso que conocieron los tiempos y como la reina que permitió la continuidad del reino español en un momento especialmente delicado. Una mujer que supo cumplir con creces lo que se esperaba de ella como reina y que, sin embargo, no logró ser correspondida en sus instantes finales.Por: Janire Rámila
Historia de Iberia Vieja Ana de Austria

Octubre de 1568. El día 3 de este mes ha fallecido Isabel de Valois, la tercera esposa del rey Felipe II, el gobernante más poderoso de su tiempo, y ahora la corte debate sobre la necesidad de que el monarca se despose nuevamente. Tres esposas, pero ningún descendiente varón sobre el que sustentar la sucesión del reino lo exigen. Todos saben que si ese niño no llega, la Corona sufrirá un vacío de poder a la muerte de Felipe II, que será aprovechado por sus enemigos para reclamar el trono de España.

Felipe II sigue amando a su esposa recién desaparecida, pero las razones de Estado son más poderosas y hace caso a sus ministros y consejeros. La pregunta es, ¿con quién casarse?

El mismo día de la muerte de Isabel de Valois, el nuncio del papa ha escrito al Vaticano para anunciar la defunción y enumerar las dos posibles candidatas como futuras reinas de España: Margarita de Valois, la hermana menor de la difunta, y Ana de Austria, sobrina de Felipe II. Sus vaticinios serán del todo acertados. Aunque Margarita de Valois sea la mejor posicionada para el trono, por su edad y no parentesco directo con el monarca, finalmente la elegida será Ana de Austria. Vence por una cuestión puramente estratégica.

En esos años, España se enfrenta al difícil reto de aplacar la sublevación surgida en los Países Bajos. El duque de Alba ha sido enviado a Flandes para atajarla con la ayuda de 10.000 soldados. Y lo consigue en un primer momento, pero la durísima represión que ejerce solivianta al resto de Europa, que no duda en quejarse ante el monarca español. Uno de los países más enfadados es Alemania, tradicional aliado de los Países Bajos. Los españoles saben que, perdida esta colonia, luego caerán las posesiones italianas. Para evitar ese peligro no deben perder aliados, ni soliviantarse aún más con los países no afines. Y aquí es donde entra Ana de Austria.

Para contrarrestar la ira antiespañola, la corte elige como cuarta esposa de Felipe II a Ana de Austria, miembro de los Habsburgo austríacos y bien posicionada entre los príncipes alemanes. Y sus padres aceptan la petición de mano.

Ana es hija del emperador Maximiliano II de Austria y de la infanta española María de Austria, hermana de Felipe II. Su vinculación con España no llega solo por ser la sobrina de su futuro marido. Ana ha nacido en la localidad vallisoletana de Cigales, habla perfectamente español, conoce las costumbres castellanas y su madre le ha inculcado el amor por la tierra de su abuelo, el veneradísimo Carlos V. El único problema es su parentesco con el rey y su escasa edad, 19 años. No importa. El papado enseguida otorga la dispensa matrimonial y el 24 de enero de 1570 se firman en Madrid las capitulaciones matrimoniales de ambos contrayentes. Entre las cláusulas pactadas, la entrega de 100.000 escudos de oro de la novia como dote para la boda.

El 4 de mayo de 1570 se celebra su boda por poderes en la iglesia de San Vito de Praga, con Ana de Austria presente y el archiduque Carlos de Estiria como apoderado de Felipe II. Desde ese instante, la esposa recibe ya el tratamiento de su alteza real.

Para trasladar a la nueva reina a España, los servicios de espionaje españoles eligen una ruta que la lleva hasta Flandes a través del Rin y, desde allí, a Santander cruzando el Cantábrico. Por supuesto, resulta más económico y rápido llevarla a Barcelona directamente por el Mediterráneo, pero los piratas berberiscos amenazan esa vía.
Afortunadamente, el viaje finaliza sin contratiempos y tras dos meses desde su salida de Austria, la princesa Ana recala en Laredo en medio de una impresionante tormenta que a punto está de hacer zozobrar la flota que la acompaña. De allí viaja a Burgos, luego a Valladolid y, finalmente, a Segovia, donde todo está dispuesto para celebrar la ceremonia nupcial.

Para esa ocasión, la esposa luce un traje de terciopelo negro, ricamente engarzado con piedras preciosas. Todos los grandes de España asisten a la boda, pero Felipe II no corresponde a las muestras de jolgorio popular. La situación del país es extremadamente delicada y anuncia a sus ministros sus deseos de volver a la actividad política cuanto antes.

Así es, cómo tras la boda, los esposos se dirigen a Madrid y Ana entra a vivir en la corte española. Una de sus primeras anécdotas sucede en el Alcázar, donde conoce a sus dos hijastras: Isabel Clara Eugenia, de cuatro años de edad, y Catalina Micaela, de tres. Ambas, hijas de Isabel de Valois. Cuando se acerca a ellas, la hermana de Felipe II, Juana, les dice a las niñas: “Besad la mano de vuestra mano”. Catalina obedece, pero Isabel grita: “No, no es mi verdadera madre”. Mal comienzo para una reina que, sin embargo, terminará siendo de las más queridas en la historia de España.

Su carácter cariñoso y sosegado irá calando poco a poco en una corte acostumbrada a los sobresaltos. El propio Felipe II advierte ese cambio de rumbo. Ana es pausada, elegante y discreta. Tiene los ojos azules, el pelo rubio y la tez pálida. Su juventud, 21 años, contrasta con la vejez prematura de Felipe II, quien, pese a sus 44 años, aparenta muchos más. Pero la edad no es ningún impedimento. Desde que se conocieron, la pareja se entiende perfectamente. Ambos son laboriosos y amantes de la vida familiar. Ana no intercede en los asuntos de su marido y éste no le reprende en la forma de educar a las infantas.

En la primavera de 1571 Ana anuncia su primer embarazo y los cuidados son exquisitos. Todos desean que el bebé sea un varón y para salvaguardar el futuro del trono no dejan que la reina realice ningún esfuerzo innecesario. Se la sitúa en los aposentos más frescos del Alcázar, se la mueve en silla de manos si es preciso y un médico está siempre cerca, por si el parto se adelantara.

El embarazo coincide con la formación de la Santa Liga, la alianza que une a España, Venecia, Génova, el Papado y a otros príncipes italianos contra los turcos y que desemboca en la gran victoria de Lepanto el 7 de octubre de 1571. Dos meses más tarde, el 4 de diciembre, Ana da a luz a un hijo varón, Fernando, y Felipe II lo interpreta como un premio de Dios por su victoria en Lepanto.

Son años de felicidad. El 1 de mayo de 1573 se nombra a Fernando como príncipe de Asturias en la iglesia de San Jerónimo el Real, ante la mirada de un padre algo menos preocupado por el destino de España y de una madre nuevamente embarazada. Ese segundo hijo se llamará Carlos Lorenzo y nacerá el 12 de agosto de 1573.

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