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La tecnología española que alumbró al mundo

Lunes 26 de Agosto, 2019
En los siglos XVI y XVII España era toda una potencia política, económica, artística y literaria. Por pura lógica, el Imperio no se pudo construir, y mucho menos mantener en el tiempo, sin unas innovaciones tecnológicas capaces de sortear los conflictos con las potencias rivales. Durante siglos se ha olvidado que España no sólo brilló en lo literario o en lo pictórico, sino que contó con los más sorprendentes avances científicos. Esta es la desconocida historia de la tecnología española en el Siglo de Oro.

En las últimas décadas, gracias al tesón de grandes historiadores de la ciencia como José María López Piñero o Nicolás García Tapia, el oscuro panorama de la ignorada tecnología española del pasado está siendo iluminado.

Desde finales de la Edad Media las monarquías de los reinos cristianos de España habían concedido cédulas de privilegio a quienes tuvieran potencial para explotar bosques, minas, molinos o, también, a los inventores que hubieren ideado ingenios sobresalientes. Vendrían a ser esas cédulas algo así como parientes lejanos de nuestras patentes de invención, otorgadas con la intención de proteger a los inventores ante competidores desleales durante un periodo determinado de tiempo. Llegado el reinado de Carlos I, este sistema de protección de las innovaciones técnicas ya se había convertido en algo habitual, conservándose muchos documentos sobre ingenios en el vallisoletano Archivo General de Simancas. De hecho, la primera Real Cédula de Privilegio otorgada en España, diríase que la primera “patente” española, fue concedida el 18 de agosto de 1522 a un inventor catalán llamado Guillén Cabier sobre cierto tipo de embarcación capaz de navegar incluso en tiempo de calma, posiblemente gracias a un sistema de rueda de palas impulsada por fuerza animal o humana. No se tiene constancia de que Cabier lograra construir su barco, cosa que, al parecer, sí logró más adelante el toledano Blasco de Garay, genial inventor de todo tipo de molinos, máquinas destiladoras y, cómo no, de cierto barco movido con palas que fue probado a mediados del siglo XVI. La fuerza motriz para aquellas palas procedía de la “tracción” humana, y no tenía nada que ver con el vapor, como se pensó en algunas ocasiones por cierto malentendido relacionado con una máquina, ésta sí de vapor, con la que Blasco de Garay sugería depurar agua del mar.

El empeño en mejorar las embarcaciones era vital para mantener una flota moderna en un mundo en el que otras naciones miraban hacia España con intención de luchar por una posición en los mercados mundiales de especias, mercancías o metales preciosos. Por esta razón, numerosas innovaciones técnicas de la España de la época estaban encaminadas a la mejora de los barcos, como fueron por ejemplo las innovaciones en instrumentos de navegación o las novísimas bombas de achique destinadas a los buques españoles, construidas bajo privilegio otorgado por Carlos I al portugués Diego Ribeiro en 1526, con privilegio posterior para surtir de estas bombas a los barcos españoles que data de 1531.

Gran parte de la documentación que nos descubre ese tipo de ingenios, hasta hace poco olvidados, procede del Archivo de Simancas, lugar que visité recientemente para consultar de primera mano cierto grueso volumen de cédulas que data de 1606 y que guarda verdaderas joyas que nos hablan de un genio llamado Jerónimo de Ayanz y sus máquinas, que se adelantaron siglos a las propias de la Revolución Industrial. Sin embargo, antes de repasar someramente tan fascinante figura, cabe recordar a otros ignotos genios de nuestro Siglo de Oro, que con sus invenciones contribuyeron al sostenimiento del Imperio español.

INVENTORES DE LEYENDA

Poco a poco van emergiendo de la oscuridad los nombres de inventores asombrosos que en su tiempo fueron ampliamente admirados, para pasar más tarde al olvido. Un caso singular es el del ingeniero de origen italiano Juanelo Turriano. Su fama llegó a ser tan grande que, después de su muerte, se le atribuyeron todo tipo de máquinas que no fueron construidas por él, como pasó con el gran ingenio diseñado en 1603 por el militar vasco Pedro de Zubiaurre para elevar las aguas del río Pisuerga en Valladolid. Lo mismo sucedió con cierta obra, única en su género, en la que se recopilan ingenios de todo tipo. Se trata de los “Veintiún libros de los ingenios y de las máquinas”, que durante mucho se pensó que era obra de Juanelo, pero hoy se sabe de su autor debió ser un genio de origen aragonés, muy posiblemente Pedro Juan de Lastanosa, que nos visitará en uno de los recuadros.

Ahora bien, nada de esta fama exagerada viene a reducir la genialidad de Turriano. Si tras su muerte se convierte en sinónimo de grandes máquinas fue porque en vida logró dar vida a ingenios asombrosos. Juanelo fue relojero en la Corte de Carlos I, empleo en el que desarrolló sobresalientes aparatos que no sólo eran capaces de marcar el ritmo del paso del tiempo, sino las posiciones de los astros. Con Felipe II fue nombrado Matemático Mayor y fue igualmente encargado de participar en la reforma del calendario por parte del papa Gregorio XIII. Juanalo es recordado sobre todo por sus ingenios creados en Toledo, lugar en el que vivió gran parte de su vida. En la capital manchega diseñó todo tipo de máquinas volantes, rodantes, e incluso un posible remedo de robot conocido como “el hombre de palo” que cuenta con leyenda propia. Sin embargo, todo aquello no eran más que ideas sobre el papel o bien esbozos de tecnologías con las que Juanelo soñaba, pero lo que realmente levantó admiración fueron las gigantescas máquinas con las que lograba elevar el agua del Tajo hasta la ciudad de Toledo, con un mecanismo conocido desde entonces como “el artificio de Juanelo”. Empleando la propia energía del río, estas máquinas llevaban agua hasta la ciudad sorteando un desnivel de casi cien metros a través de un complicado juego de grandes palas y “cucharas” que conformaban una impresionante estampa de “gigante mecánico”.

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