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El museo del dinero

Miércoles 28 de Agosto, 2019
Hay una plaza en Madrid que durante décadas fue uno de los espacios clave del poder económico español. En el centro de la misma, testigo mudo de tantas relaciones económicas, la llama que recuerda a los caídos el 2 de mayo de 1808. Nuestro protagonista, otrora vibrante rey del movimiento de "los cuartos": el Palacio de la Bolsa.

La verdad es que penetrar hoy en esta, neoclásica por fuera y grandilocuente en su interior, iglesia del capitalismo del siglo XX, donde reunir dinero se venera como a una divinidad, difiere en sustancia de lo que habría sido hacerlo hace unos años. Hoy el Palacio de la Bolsa es poco menos que un edificio simbólico, que no tiene nada que ver con lo que hemos podido observar tantas y tantas veces en informativos y películas. Hoy los protagonistas no aparecen al borde del infarto en el parqué, gritando y levantando sus títulos; nadie se ahoga en un “compra, compra”, ni se deja caer al punto del suicidio, sudoroso y con la corbata ya rodeándole el cuello después de que una mañana le haya hecho perder millones. Hoy la agitación es mucho más íntima. Hoy uno se deja la vida en su hogar, con el ordenador mirándole a los ojos y las cifras descendentes echándote el aliento de perdedor cara a cara, si fuera el caso. Hoy el negocio es por Internet. La Bolsa física ha perdido el estrés que le acompañaba, habrá quien diga que también parte de su encanto. No es de extrañar que hoy este hermoso palacio sea poco más que un museo.

INICIOS BURSÁTILES EN ESPAÑA

También en esto empezamos tarde en nuestro país. París la tenía ya desde 1734, Londres desde 1804… Aunque para ser sinceros, aquel monarca francés que tan poco quisieron los españoles, ese José I napoleónico, en su anhelo de hacer avanzar un país que en el último siglo y medio se veía incapaz de trotar hacia la prosperidad, impulsó al poco de empezar su gobierno su instauración. Así, en 1809 decidió que la mejor sede para este mercado de valores iba a ser el Convento de San Felipe el Real en la Puerta del Sol. Pero la idea dio al poste. Ni Madrid ni España estaban entonces para zarandajas económicas por positivas para el país que pudieran ser. En tiempos de guerra, por buena voluntad que tuviera, al invasor… ni caso. En otras palabras, el proyecto se quedó encharcado en la nada.

Será el 10 de septiembre de 1831 cuando se aprobase oficialmente la Ley de Creación y Organización de la Bolsa de Madrid. A partir de entonces algo iba a cambiar en los usos económicos patrios. La idea de la Bolsa es actuar como un mercado tradicional, pero con otros productos. De ahí que tuvieran sentido esos gritos en el parqué, y hasta cierta gracia. Porque si el frutero nos anuncia a voz en grito el precio de los melones de Villaconejos, otro tanto hace aquel que quiere vender las acciones de la compañía que sea. Digamos que la Bolsa vendría a ser algo así como el punto de encuentro entre los ahorradores y las empresas. Se mueve, sí, más dinero que con los melones.

¿Y qué podemos decir del edificio que contemplaba el movimiento pecuniario en tan leal plaza? Porque un mercado en aquellos tiempos debía tener una sede física. Pues que la primera estuvo en la Plazuela del Ángel. Pero claro, hablamos del siempre inestable siglo XIX, cuando para cualquier institución que se preciase, cambiar habitualmente de sede era un vicio. Casi una decena de veces cambiaron la ubicación del mercado de la riqueza entre 1831 y 1878. Este último año se aprobó la construcción del actual Palacio de la Bolsa, ocho años más tardaron en comenzar la construcción, según un modelo del arquitecto Enrique María Repullés.

La idea era inaugurarla en 1892 y, así de paso, celebrar el cuarto centenario del Descubrimiento de América. Pero no se llegó a tiempo y ocurrió con un año de retraso. 1893. El edificio estaba inspirado en la Bolsa de Viena. El neoclasicismo asoma por su pórtico con seis columnas estriadas de orden corintio, y un atrio en el que están representados el Comercio, la Industria, la Agricultura y la Navegación. En el interior, Repullés ofrece luz natural a la sala más importante, el epicentro de esta iglesia de la economía, la Sala de Contratación. Para la entrada de dicha luz, una gran superficie de la sala es de vidrio, utilizando como sujeción unas guías, no de madera como solía hacerse en la arquitectura española del momento, sino de hierro.

Mientras, en el interior se ocupó del acompañamiento escultórico el madrileño Francisco Molinelli, y el encargado de realizar los frescos fue el pintor madrileño Luis Taverner, quien perfila representaciones de las distintas provincias españolas por las diferentes salas bajo el lema “La paz protege a España y al comercio”. En la sala de reuniones, Taverner decoró el techado con una alegoría del comercio.

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