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Los bandoleros: la mafia que originó El Padrino

Miércoles 31 de Julio, 2019
Si hay una época en la que la figura del bandolero toma relevancia esa es el siglo XIX, cuando principalmente en las zonas de Andalucía y Cataluña se echan al monte. El fenómeno del bandolerismo fue evolucionando y, de simples bandas de forajidos, pasaron a ser verdaderas organizaciones criminales similares a la llamada “mafia” o “cosa nostra”. Tenían unos jefes: los padrinos.

La literatura, en muchos casos extranjera, contribuyó a crear una figura del bandolero español que se correspondía con un ideal romántico, una especie de verdaderos “Robin Hoods” que se rebelaban de manera heroica contra el poder establecido y que, en muchas ocasiones, ayudaban al pueblo sometido a injusticias. Sin embargo, esa imagen idealizada del bandolero español dista mucho de ser así. En el siglo XIX, justo después de la guerra contra Napoleón, comenzó a hablarse de estos asaltantes de caminos y cortijos que, de manera violenta y en demasiadas ocasiones haciendo correr la sangre, se apropiaban de aquello que no les pertenecía pero que consideraban suyo.

En estos primeros años aparecen nombres como la banda de “Los siete Niños de Écija” que sembraron el terror en el camino que transcurría entre Sevilla y Córdoba o el de José María Rodríguez, El Tempranillo, que actuaba en Sierra Morena y fue objeto de una dedicación especial por parte de escritores y cronistas extranjeros.

Ya en esta primera época vemos la aparición de un elemento clave para comprender la posterior evolución de estos bandidos a organizaciones del crimen propiamente dicho: la figura del “padrino”. Mérimée realizó una serie sobre el bandolerismo español de aquella época y en ella sostiene que un emisario mandado por Pablo Aroca, líder en aquel momento de “Los Siete Niños de Écija”, le entregó una carta a un terrateniente de Osuna en la que le pedía que le diera al emisario cien onzas de oro, cantidad que le sería devuelta. Mérimée describe este episodio indicando que “sabiendo bien a lo que, si se niega al empréstito, expone a sus cortijos y ganados”. Además, en ese relato ya aparece descrita otra figura, la del encubridor, una persona que ayuda a los forajidos aunque aparentemente esté del lado de las víctimas. 

DE BANDIDOS A MAFIOSOS

Pero esta figura del bandolero más romántico pronto evolucionaría hacia una forma de crimen mucho más brutal, debido en gran parte a tres hechos que, a mediados del siglo XIX, cambiaron el paisaje de las zonas rurales españolas. El primero de ellos fue la creación de la Guardia Civil en el año 1844 por el Duque de Ahumada, lo que convertía los caminos y las serranías en lugares mucho más vigilados. El segundo fue la aparición del ferrocarril, lo que supuso la paulatina desaparición del antiguo sistema de diligencias. Por último, el tercer factor fue la aparición del telégrafo, lo que permitió a las autoridades comunicarse entre ellas más rápidamente.

El bandolero de la llamada “primera etapa”, el bandido que cabalga junto a unos pocos secuaces y se sirve del escondite natural de los montes, ha desaparecido para dar paso a un nuevo tipo de bandolerismo que rebrotó cuando, tras la revolución de 1868, el clima de inestabilidad política y debilitamiento del poder central es aprovechando por esta nueva generación de criminales, que dejaron atrás los tiempos del asalto de caminos, ya que se había vuelto mucho más arriesgado y el botín mucho más escaso. Decidieron pasarse al negocio de la “protección” y al del secuestro, por los que cobrarían “excelentes” rescates.

Para llevar a buen término esta nueva estrategia criminal, hacía falta adaptarse a la situación. Si en los primeros tiempos del bandolerismo andaluz bastaba con juntar un puñado de hombres y echarse al monte, ahora hacía falta crear una tupida red de criminales y de colaboradores. Esa evolución significó que el bandolero dejase de esconderse en las sierras cercanas. Ahora podía vivir tranquilamente en su propia casa. Y este hecho había sido posible gracias a la figura del “padrino”, que pasó a convertirse en el principal protector de estas organizaciones.

Los “padrinos” eran gente poderosa e, incluso en algunos casos, eran ellos mismos quienes ostentaban la autoridad de la zona. A menudo, estos “padrinos” se solaparon con otra figura que surge en esta época como contrapunto al debilitamiento del poder estatal: el cacique.

En esos años comenzaron a surgir varias bandas y, entre todas las provincias andaluzas, Córdoba fue la que más sufrió esta oleada de crímenes, comenzando a aparecer nombres como el llamado “Niño de Benamejí”. Es tal la organización de esta banda que los secuestros y los asaltos a grandes fincas eran gestionados por un socio de éste, Luis Artacho. El grupo creó toda una red de influencias que, con métodos como el soborno o las coacciones, hizo que Córdoba fuese un territorio controlado por su organización al más puro estilo de las mafias italianas.

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