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El tesoro del capitán Kidd

Lunes 07 de Octubre, 2019
William Kidd ha inspirado las más truculentas historias de piratas. Su muerte en la horca arrojó sobre su memoria puñados de desdén y estiércol. Pero, en realidad, el capitán Kidd no surcó los mares en busca de fama y tesoros, sino que se puso al servicio de una corona traicionera que, cuando le convino, no vaciló en condenarlo al silencio eterno…

Londres, mayo de 1701. El cuerpo del capitán Kidd ondea como una bandera deshilachada y se derrumba sobre la arena. La soga no ha resistido su peso. Sobre la cabeza del escocés, tres hombres, compinches del que se considera el bucanero más despiadado de todos los mares, bailan una danza macabra y espasmódica, que parece haber sido coreografiada en el mismísimo infierno.

Ebrio de ron y asco, el capitán recita los versos del salmo con que se ha despedido del mundo, y los vapores del alcohol le conceden una tregua, acaso la última. Son solo diez minutos: el tiempo que precisa el verdugo para recomponer la plataforma patibularia y el que necesita el sacerdote para reclamar a su oveja el sincero arrepentimiento de sus pecados. Pero Kidd es inocente. Se limita a registrar que muere “con amor cristiano y reconciliado con el mundo entero”. El sol se pone en la capital del imperio cuando la segunda tentativa triunfa sobre todo desliz, y el capitán entrega su alma.

Sus restos, trasladados desde el Muelle de las Ejecuciones, serán exhibidos más tarde en una jaula en Tilbury Point, Essex, para aviso de navegantes y vergüenza de sus justicieros.

UNA TREGUA DE DIEZ MINUTOS

¿Qué pensó el capitán Kidd durante esos diez minutos que le fueron concedidos? Difícil es decirlo. Si vio pasar su vida en ese instante, es posible que su vida tuviera los ojos de su mujer Sarah, con quien había contraído matrimonio en Nueva York en 1691, y de su hija.

Corría el año 1691 cuando Kidd la conoció: la viuda de William Cox y John Oort, Sarah Bradley, era aún joven, una criatura de veintiuna primaveras, que disfrutaba, como él, de las fiestas que Nueva York brindaba a sus huéspedes: el día de su boda, la pareja asistió, por ejemplo, al ahorcamiento y decapitación del gobernador Leisler, acusado de asesinato y traición a la Corona. Así se distraía entonces la plebe, cuando civilización y barbarie eran conceptos difusos e intercambiables.

A Kidd le quedaban aún unos años para convertirse en el cazador de piratas que luego fue, pero, entre la población de Nueva York, ya gozaba de crédito suficiente; y, a finales de ese mismo mes de mayo, persiguió al corsario francés que había saqueado Block Island, frente a las costas de Long Island. Aventurero y fanfarrón, William logró aplacar su sed de gloria en el seno hogareño y, tras sentar la cabeza, trabajó como capitán mercante una temporada mientras seguía labrándose un porvenir en la ciudad de las oportunidades.
Poco a poco, el escocés fue ampliando sus relaciones, y unos años después se codeaba con algunos de los próceres de la Corona británica. Así empezó su leyenda, y así su perdición.

El poderoso comerciante de Albany Robert Livingston, el capitán Gilles Shelley y el más tarde alcalde de Nueva York Phillip French idearon un plan para hacer dinero rápido y fácil, al tiempo que satisfacían los deseos del rey Guillermo III, harto de los piratas que campaban a sus anchas en las colonias americanas.

Los cuentos infantiles y las películas de aventuras han recreado la figura del pirata con un tono que oscila entre el romanticismo y la parodia. Tal como desvela Richard Zacks en El cazador de piratas (Lumen, 2003) estos “navegaban muy pocas veces bajo la bandera negra de la calavera y las tibias cruzadas, y desde luego no lo hacían en el siglo XVII. En general, optaban por una estratagema guerrera, y usaban la bandera de algún país (…). Rara vez enterraban sus tesoros, sino que se los bebían o los gastaban en prostitutas (…). Toda la comida y el alcohol debían repartirse equitativamente (…). Blasfemaban en abundancia y a menudo vestían con ropa extravagante y escandalosa”. Finalmente, los malhechores no se lo pensaban dos veces a la hora de torturar a sus víctimas, para descubrir el paradero de un tesoro, ni de violar a las prisioneras.

 

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