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El plan de Felipe V para invadir Inglaterra

Miércoles 20 de Febrero, 2013
En 1719, el cardenal Alberoni –consejero de Felipe V– ideó un arriesgado y rocambolesco plan para conquistar Gran Bretaña y devolver a España el poder y la influencia perdidas en el escenario europeo. Como resultado, trescientos infantes de marina españoles acabaron aislados en Escocia, abandonados a su suerte, y luchando codo con codo junto a los clanes escoceses liderados por el rebelde Rob Roy… Por: Javier García Blanco

Los caprichos del destino y de la guerra convierten a menudo en inesperado aliado a quien hasta poco antes había sido un feroz enemigo. Con toda seguridad, aquel pensamiento cruzó la mente del inglés James Butler, segundo duque de Ormonde, cuando el cardenal Giulio Alberoni –el principal ministro de Felipe V de España– le puso al tanto de sus intenciones.

Butler, que había alcanzado la gloria militar derrotando a las tropas españolas en la batalla de Rande (1702), se disponía ahora, diecisiete años después, a liderar a la nueva Armada española que pretendía combatir al país que le había visto nacer.

El plan era tan simple como arriesgado: una avanzadilla de apenas trescientos infantes de marina españoles tomaría tierra en Escocia y, con ayuda de varios clanes rebeldes de las Tierras Altas, atravesaría las mismas para hacerse con el control de Inverness, una de las plazas más importantes de la región. Aquella acción, poco más que una escaramuza, no sería más que una astuta maniobra de distracción, con la finalidad de que las tropas británicas acudieran al norte para sofocar la rebelión. Mientras, el verdadero plan se ejecutaría en las costas del sudoeste del Inglaterra, donde el duque de Ormonde, acompañado por 5.000 soldados españoles y numerosas armas, conseguiría reunir un imponente ejército con el que tomar el control de Londres y destronar al monarca, haciéndose por tanto con el control de Gran Bretaña.

Para comprender el ambicioso plan trazado por Alberoni (que buscaba nada menos que la invasión de Inglaterra y el derrocamiento del rey Jorge) hay que recordar el complejo y delicado escenario sociopolítico que vivía Europa a finales de la segunda década del siglo XVIII.

Con la firma de los acuerdos del Tratado de Utrecht que siguieron a la Guerra de Sucesión española, nuestro país había visto notablemente mermado su poderío como potencia en el “tablero de juego” de la época. España se había visto obligada a entregar Menorca y Gibraltar a los británicos, y además había perdido también los Países Bajos españoles, las plazas mediterráneas de Sicilia, Nápoles y Cerdeña, así como el no menos importante ducado de Milán. Un “descalabro” sangrante que Gran Bretaña supo aprovechar, pues se convirtió desde entonces en la mayor potencia marítima del momento.

Fue esa necesidad de recuperar la gloria y el esplendor perdido lo que llevó a Alberoni a trazar un plan para alzarse de nuevo con el control de buena parte del Mediterráneo. La primera acción llegó en 1717, cuando una fuerza española de 9.000 hombres consiguió tomar la isla de Cerdeña. Apenas unos meses más tarde, un destacamento mucho mayor –cerca de 40.000 soldados– logró algo similar al apoderarse de buena parte de la isla de Sicilia. Aquellos dos éxitos militares españoles pusieron en guardia a los ingleses, que no tardaron en responder ante lo que consideraron un peligroso avance de España: el 11 de agosto de ese mismo año, una escuadra inglesa liderada por Sir George Byng derrotaba a la flota española al mando de Don Antonio de Gaztañeta.

La victoria inglesa parecía poner fin a las aspiraciones expansionistas de la Corona española en aguas del Mediterráneo, pero Alberoni no tardó en urdir un nuevo plan para socavar el poderío británico. Un plan que consistía en una misión tan audaz y temeraria como intentar una invasión en pleno suelo británico.

Por aquellas fechas Gran Bretaña disfrutaba de su creciente poder, pero al mismo tiempo tampoco era ajena a los problemas internos. En 1715 había sufrido una rebelión instigada en Escocia por los jacobitas, partidarios del aspirante al trono James Francis Edward Stuart, al que llamaban Jacobo III Estuardo, también conocido como “el Viejo Pretendiente”. Por otra parte, también en Escocia eran frecuentes y habituales las revueltas de tinte nacionalista protagonizadas por varios clanes de las Tierras Altas, que en aquella época simpatizaban con el Estuardo.

El astuto Alberoni decidió aprovechar aquella circunstancia para ofrecer al duque de Ormonde –exiliado en Francia por su apoyo a la causa jacobita– y al “Viejo Pretendiente” un plan que permitiese derrocar a Jorge I de Inglaterra y colocar en su lugar al Estuardo. De ese modo, España ayudaría a aupar hasta el trono británico a un monarca católico más favorable a sus aspiraciones.

Fue así como el embajador español en París, Cellamare, siguiendo órdenes del cardenal, invitó discretamente a James Butler, segundo duque de Ormonde, para que acudiese a Madrid.

El militar y aristócrata inglés llegó a la capital de España el 3 de diciembre, acompañado por su edecán, George Bagenal, y el general Crafton, un oficial irlandés. Pocos días más tarde tuvo lugar la primera reunión entre el duque y el cardenal, iniciándose así los preparativos del ambicioso plan para invadir Inglaterra.


Tras los primeros intercambios de ideas e impresiones, Alberoni se comprometió ante Ormonde a proporcionarle “cinco mil soldados, con trescientos caballos, dos meses de paga para los hombres, diez cañones de campaña, mil barriles de pólvora y quince mil mosquetes, así como el transporte necesario” para aquellas fuerzas invasoras hasta suelo inglés. La idea del cardenal era que aquellos hombres, liderados por el duque, desembarcasen en algún punto de la costa sudoeste de Inglaterra, donde la presencia de partidarios jacobitas era más abundante y resultaría fácil reclutar un ejército con el que abrirse paso hasta Londres y derrocar así al monarca de la casa Hannover.

A Butler aquella estrategia le pareció incompleta, de modo que planteó la necesidad de organizar una “maniobra de distracción” que facilitara el avance de las fuerzas invasoras hasta la capital británica. Para ello sugirió que una avanzadilla, compuesta por unos trescientos infantes de marina españoles, desembarcara en algún punto de la costa escocesa. Una vez allí, y con ayuda de los clanes rebeldes de las Tierras Altas, atacarían algún puesto destacado; por ejemplo, el que se encontraba en la ciudad de Inverness, cuyas tropas estaban bajo el mando del general Wightman. De este modo, cuando desde Inglaterra se enviasen más tropas para sofocar la insurrección, la verdadera fuerza invasora –la dirigida por el duque de Ormonde–, se abriría paso hasta Londres sin mayor resistencia.

La sugerencia del duque no desagradó a Alberoni y poco después se designaba al hombre adecuado para liderar aquella arriesgada “misión de guerrilla”: el joven Sir George Keith, décimo Conde Mariscal de Escocia, quien había participado activamente en la rebelión jacobita de 1715.

No es el único episodio polémico en las relaciones entre España e Inglaterra, un claro ejemplo, es la fracasada alianza hispano-británica de Felipe IV.

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