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La peste de 1649 en Sevilla

Martes 26 de Marzo, 2013
En 1649, Sevilla seguía siendo la ciudad más populosa de España y su actividad económica, derivada del monopolio que ejercía sobre el comercio con América, continuaba siendo pujante. Sin embargo, las deficientes condiciones higiénicas de sus calles y su condición de puerto de mar tierra adentro, la iban a convertir en foco de una virulenta epidemia de peste que diezmó su población, marcando el ocaso de su esplendor. Por: José Luis Hernández Garvi
En aquel año, Felipe IV reinaba sobre un Imperio en el que no se ponía el sol pero que empezaba a manifestar los primeros síntomas de decadencia. La nefasta política llevada a cabo durante el valimiento del conde duque de Olivares, en aquel entonces ya fallecido, había contribuido a empeorar los graves problemas por los que atravesaba España. El derroche de una Corte suntuosa y la multitud de frentes abiertos por la monarquía hispánica, tanto dentro como fuera de sus propias fronteras, consumían sumas astronómicas y el oro y la plata que llegaban desde América eran insuficientes para cubrir los enormes gastos, provocando la bancarrota del Estado. En medio del creciente clima de caos económico, social y moral que afectaba al país, Sevilla empezó a sufrir los efectos de una grave crisis.

Con sus muelles concentrados a orillas del tramo navegable del río Guadalquivir, la capital andaluza gozaba de una situación privilegiada. Alejada de la costa, la ciudad se encontraba a salvo de los bombardeos o desembarcos de las flotas de potencias enemigas que se quisieran apoderar de sus tesoros. Sevilla ostentaba el monopolio del comercio con América y a su puerto fluvial llegaban los barcos que procedentes de América remontaban el Guadalquivir con sus bodegas repletas de riquezas. De allí partían cargados con productos para vender en el Nuevo Mundo con los que los comerciantes instalados en la ciudad obtenían grandes beneficios. Este tráfico incesante de mercancías también servía para financiar a la Corona, que cobraba impuestos y tasas por cada una de las transacciones.

A comienzos de la década de los cuarenta del siglo XVII, Sevilla empezó a pagar las consecuencias de la excesiva presión fiscal a la que estaba sometida por parte de los funcionarios del rey. Los enormes gastos derivados de la Guerra de los Treinta Años en Europa y las insurrecciones en Portugal y Cataluña habían dejado exhaustas las arcas del Estado, lo que había obligado a tomar medidas para incrementar la recaudación, entre ellas la subida de impuestos a las transacciones mercantiles. Muchos de los comerciantes que habían acudido a la ciudad andaluza atraídos por su dinamismo económico y las oportunidades de negocio que les ofrecía su puerto se vieron obligados a cerrar sus almacenes por culpa de la drástica reducción del margen de beneficios. Los barrios próximos a los muelles fueron los más afectados y muchas de sus casas y comercios abandonados ofrecían un aspecto desolador.

A pesar de la crisis, Sevilla seguía siendo una ciudad populosa que en aquel entonces tenía más de ciento cincuenta mil habitantes, la segunda más poblada del Imperio después de Nápoles. Sin embargo, las condiciones de vida de la mayoría de los sevillanos dejaban mucho que desear. Al hacinamiento y la ausencia total de medidas higiénicas, se unía el constante tráfico marítimo de barcos procedentes de puertos remotos donde sus tripulantes podían contagiarse de graves enfermedades. La suciedad y las inmundicias se acumulaban en las calles y las ratas campaban a sus anchas sin que ninguna autoridad dictase las disposiciones oportunas para evitarlo. Al mismo tiempo, los barcos que atracaban en sus muelles tras varios meses de travesía eran espacios reducidos en donde las epidemias podían incubar, trasladándose rápidamente de un país a otro.

La primavera de 1649 fue especialmente lluviosa y las graves inundaciones de un Guadalquivir desbordado anegaron los cultivos y granjas de todo el valle. Sevilla también sufrió los efectos de la riada y según cuentan los cronistas de la época podía llegarse en barca hasta la Alameda de Hércules. La retirada de las aguas dejó al descubierto la pérdida completa de las cosechas y los cadáveres putrefactos de miles de animales ahogados. La falta de productos agrícolas produjo el desabastecimiento de la ciudad y un aumento de los precios de los alimentos de primera necesidad, provocando que el fantasma del hambre y la desnutrición comenzasen a acechar a sus habitantes más vulnerables. Todos estos ingredientes prepararon el caldo de cultivo idóneo para la epidemia sin precedentes que iba a asolar la ciudad.

La peste ha sido una de las pandemias que ha causado más muertes a lo largo de la Historia. Implantada de forma siniestra en el imaginario colectivo de la Humanidad, su simple pronunciación se ha convertido en sinónimo de una muerte horrenda. Desde un punto de vista estrictamente médico, la peste es una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Yersinia pestis, bautizada así a partir de 1967 en honor a su descubridor, Alexander Yersin, un bacteriólogo franco-suizo del Instituto Pasteur de París. Las pulgas de las ratas infectadas son sus transmisoras, afectando a otros animales o al hombre con su picadura. Durante el desarrollo de la enfermedad el contagiado se encuentra débil, con marcha vacilante y habla balbuciente, para después sufrir fuertes dolores de cabeza, fiebre muy alta, escalofríos, vómitos y diarreas. En el caso de la peste bubónica, aparecen inflamaciones de varios centímetros de diámetro que se localizan en las ingles, las axilas o en el cuello, y que en ocasiones pueden supurar. La palpación de los bubones produce un dolor muy intenso y por debajo de la piel se nota una masa firme y dura. Tras una lenta agonía de varios días, el paciente muere después de un deterioro progresivo y generalizado de su estado.

En el año 1649 Sevilla iba a ser el lugar escogido por la terrible enfermedad para cebarse en su indefensa población. No se sabe con certeza cómo ni cuando llegó a las costas de la Península Ibérica, aunque todo apunta a que lo hizo por el puerto de Valencia, viajando a bordo de algún barco procedente de África. Desde allí se extendió hacia al sur, contagiando a la ciudad de Alicante. Después se propagó en dirección a Murcia, continuando su letal recorrido siguiendo la costa mediterránea hasta alcanzar Almería y Málaga en 1648. Al año siguiente la peste saltó al litoral atlántico andaluz, extendiendo la muerte por Gibraltar, Cádiz y Huelva.
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