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Las mujeres de Felipe II

Miércoles 08 de Enero, 2020
Hombre melancólico, inseguro, profundamente religioso, la enorme timidez de Felipe II hacía que pareciera sumamente serio. Siempre se mostró frío y distante, pero ello no le impidió tener una gran vida sexual, de todo menos aburrida. Al rosario de amantes y escarceos que tuvo se suma el hecho de que estuvo casado cuatro veces, con mujeres de diferentes nacionalidades (portuguesa, inglesa, francesa y austríaca).
Las mujeres de Felipe II

1543. El joven Felipe II está ansioso por conocer a la que será su futura esposa. La incertidumbre cobra tintes de emoción. ¿Qué aspecto tendrá? ¿Cómo será su personalidad? Son las preguntas que le invaden la mente, las mismas con la que ha estado acosando a los embajadores, a quienes no ha dejado de pedir informes sobre la futura reina. Tiene algunos retratos suyos, pero no se fía mucho. La impaciencia se lo come por dentro; tanto, que el día de su llegada, decide adelantarse y salir a buscarla a las afueras de Salamanca. Agazapado y escondido, la otea a lo lejos mientras atraviesa el camino, y la acompaña hasta la ciudad sin ser visto.

El día del encuentro oficial, Felipe II, excitado y con ganas de proseguir el juego, se disfraza para adelantarse y poder verla desde un balcón de la casa del doctor Olivares; pero ella, a quien ya habían avisado de que su prometido la estaría acechando de incógnito, se tapó la cara con un abanico de plumas, cosas del flirteo y el cortejo. La chispa duró lo que duró aquel juego de coquetería y seducción entre enmascarados. Uno de los bufones que la acompañaban le retiró el abanico, desvelando así su rostro. Felipe II sufrió una gran decepción. Tal vez esperaba encontrar unos rasgos más parecidos a los de su madre, una figura más estilizada y agraciada físicamente. En su lugar, se encontró una muchacha con cara de luna y algo entrada en carnes. Y a pesar de que la delgadez no era una característica del canon de belleza de la época, sino más bien lo contrario, el asunto parece que fue causa de conflicto, a juzgar por las cartas que María Manuela recibía de su madre, en las que la conminaba a no pasarse con la comida para mantener a raya su gordura.

No solo eso, sino que, además, le aconsejaba que procurase enterarse de cómo había sido en vida la madre de Felipe II, Isabel de Portugal, para tratar de imitarla en todo, en lo bueno y en lo malo (fobias, gustos, costumbres, modo de andar, temperamento, modo de llevar su casa). ¿Por qué? Porque de todos era bien sabido que la recientemente fallecida madre de Felipe II siempre había tenido cautivado a su padre, conformando una de las parejas más enamoradas de las monarquías europeas (teniendo en cuenta los términos en los que se pactaban los matrimonios y alianzas reales de la época); además gozó de gran respeto como gobernante, pues durante las largas ausencias de su esposo, siempre enfrascado en batallas y trifulcas que lo mantenían alejado del hogar conyugal, era siempre ella la que se hacía cargo del reino entre parto y parto. El listón que la madre de Felipe II había dejado –con perfil afilado, segura, altiva, seductora–, era alto. Sin embargo, a pesar de la disconformidad que su marido mostró en relación con la gordura de su esposa, también hay que decir que le parecía guapa de cara, llegando a decir de ella que “en palacio, donde hay damas de buenos gestos, ninguna está mejor que ella.

Felipe II y María Manuela de Portugal se casaron cuando ambos eran apenas unos adolescentes. No les quedaba otra. Tan solo tenían dieciséis añitos en el momento del enlace, celebrado en el palacio del embajador español Luis Sarmiento de Mendoza, en la ciudad portuguesa de Almeirim. Tras el casamiento, la pareja se trasladó a Valladolid. Fue allí donde los reparos de Felipe II en relación con la gordura de su mujer se hicieron notorios, y cuando tanto la madre de ella como el padre de él empezaron a envíales misivas plagadas de consejos y amonestaciones. Mientras la madre de María Manuela se dedicaba a decirle a su hija que llevara cuidado con la comida, no engordase más y procurara convertirse en una especie de réplica de su fallecida suegra, el padre de Felipe II advertía a su hijo de las serias consecuencias de ser demasiado apasionado en la cama, porque al parecer, existía la falsa creencia supersticiosa en la familia de que el príncipe Juan, hijo mayor de los Reyes Católicos, había muerto precisamente por ser demasiado fogoso. Leyendas urbanas de la dinastía.

¿Qué debían hacer? Pues, según su padre (que era quien manejaba la vida conyugal de esta joven pareja) dormir en camas separadas, pasar largas temporadas sin verse, y entrevistarse únicamente de día y en público, nunca en privado. Juan de Zúñiga, preceptor del joven aspirante a convertirse en monarca del mayor imperio de la época, fue el encargado de extender una intensa vigilancia sobre los recién casados, con el fin de evitar que se pasaran debajo de las sábanas. Nada de excesos pasionales. Con todo esto, se entiende que Felipe se mostrara cada día más indiferente hacia su esposa, que empezara a irse de parranda por las noches –motivo por el cual su padre le echó el correspondiente rapapolvo– y que la boda no se consumara hasta varios meses después.

 

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