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El Monte de Piedad del padre Piquer

Lunes 16 de Julio, 2012
Nacido a comienzos del siglo XVIII, el Monte de Piedad de Madrid supuso un método muy beneficioso para ayudar a los más necesitados. Siguiendo como modelo los italianos Monte di Pietà, se trata del germen de las futuras –y hoy tristemente célebres, debido a la monumental crisis económica que vivimos– cajas de ahorro españolas. Descubrir qué fueron en su origen, al principio de su historia, hace tres siglos, es hoy un ejercicio más necesario que nunca para poder comprender los tiempos que vivimos. Por: Javier Martín
En el centro de Madrid, en la Plaza de las Descalzas Reales, se alza, majestuosa, una hermosa fachada barroca, obra de uno de los arquitectos de mayor categoría en la primera mitad del siglo XVIII español, Pedro de Ribera. Construida en el año 1733, la fachada de la capilla del Antiguo Monte de Piedad es un paradigma del Barroco madrileño, y una de las joyas de la ciudad, indiscutiblemente emparentada con otras construcciones madrileñas como el Real Hospicio de San Fernando, la iglesia de Montserrat, o la maravillosa portada del Cuartel del Conde Duque. ¿Por qué en la Plaza de las Descalzas? Sencillo. Porque su máximo impulsor, Francisco Piquer y Rodilla, era capellán del Monasterio de las Descalzas. Incluso existía un arco que comunicaba la casa en sí con el Monasterio. Era indudable la relación entre las Descalzas y el origen de lo que a partir de 1713 se denominaría Sacro y Real Monte de Piedad de las Benditas Almas del Purgatorio, que permanecería desde entonces bajo el patronazgo real.

Para entender la fundación de este precedente de las cajas de ahorro, hemos de tener en cuenta la figura de su impulsor, su fundador, el padre Francisco Piquer. Nacido en 1666 en la localidad turolense de Valbona, por un lado la vocación y por otro, las dificultades económicas por las que atravesaba su familia, pronto lo conducen a ingresar en el Seminario de Teruel y a comenzar una rápida carrera eclesiástica, en la que su talento y afición musical desempeñarán un papel importante. No en vano, en el año 1694 ingresaría en el Monasterio de las Descalzas Reales de Madrid como capellán cantor de su capilla. Perteneciente a la Orden de los franciscanos, bien pudo ser su entrada en la misma la que le hizo conocer los fundamentos de los Monte de Piedad, ya que en Italia los Monte di Pietà fueron puestos en marcha por los mismos monjes franciscanos siglos antes, como modo de actuación contra la usura.

Dicho arranque en el norte y centro de Italia de los Monte di Pietà, buscaba que los más necesitados pudieran acceder a préstamos sin tener que hacer frente a unos intereses deshonestos, que resultaban en la mayor parte de las ocasiones imposible devolver para los humildes solicitantes, pequeños comerciantes, agricultores, artesanos… La desesperación los llevaba a acudir a la usura, y eso mismo los condenaba de por vida a la pobreza más absoluta. Porque durante el siglo XV, los intereses que obligaban a pagar los prestamistas no bajaban habitualmente del 20%, y llegaban a alcanzar nada menos que el 200%.

La desesperación, pues, acababa hundiendo aún más en la miseria a los más pobres. Fue la constatación de esta injusticia lo que fomentó la creación de un organismo que pudiese también prestar dinero a los más necesitados, sin que los intereses acabasen con su futuro. Por ello la institución de los Monte di Pietà se presenta como una organización caritativa, que acerca a los pobres al dinero que necesitan para hacer frente a sus problemas cotidianos, a sus intentos emprendedores de lograr avanzar en la vida. El mecanismo de préstamo era sencillo. Funcionaba lo que se conocía como crédito prendario, es decir, la garantía que recibía el prestamista una vez que desembolsara el dinero para el necesitado era una “prenda” de este, o lo que es lo mismo, un objeto de valor mueble, que se quedaba en la entidad depositada como garantía de que la deuda fuese devuelta al Monte di Pietà. La prenda en cuestión quedaba en almacén, no podía ser comercializada bajo ningún concepto hasta que el prestatario incumpliese los plazos de la devolución del crédito. En ese caso, la prenda sería subastada o vendida para que la entidad recuperase el dinero prestado. La diferencia respecto a la usura es evidente. Solo con el empeño del objeto mueble, el necesitado accedía a la cantidad que demandaba y sobre todo, en estos primeros pasos de los Monte di Pietà, no existía interés sobre el préstamo, es decir, el deudor no devolvía una moneda más de la que le habían dejado anteriormente. Su garantía eran las prendas, los bienes muebles –en gran parte de las ocasiones joyas– que hubiesen “empeñado”. Pero, claro, era necesario que la institución hubiese recaudado anteriormente fondos, tuviese dinero para poder prestarlo. Y para ello había de contar con apoyos externos, ayudas fuertes de quienes contasen con numerosos bienes económicos. Por eso, en estos primitivos Montes di Pietà, además de la necesaria captación de depósitos en metálico, se buscaba la participación de prohombres cuya holgada situación económica deviniera en limosnas para la institución, además de las celebraciones religiosas en las que se recaudaban fondos específicamente para el Monte y las aportaciones que ofrecieran los monarcas y la Corona en general.

De este modo, el capital inicial necesario para poner en marcha las instituciones, solía provenir de tres formas de cesión económica bien delimitadas. Por un lado, el depósito inicial realizado por el gobierno de las ciudades que los formaban; por otro, la aportación privada hecha por personajes acaudalados; por último, una serie de colectas que con esta finalidad se hacían entre la población de dichas ciudades.

Lo cierto es que el mecanismo de funcionamiento pronto se puso en marcha con bastante éxito y buena parte de la geografía italiana comprobó rápidamente cómo se extendían los Montes por sus urbes. Pero también por sus pueblos. Y con una diferencia fundamental entre cada uno de los casos. Los Montes di Pieta propiamente dichos se extendían por las ciudades y prestaban cantidades en metálico. Por su parte, las instituciones establecidas en zonas rurales recibían el nombre de Montes di Pietà Frumentarios, que ofrecían como préstamo granos para cultivar. Perusa, Mantua, Savona y Florencia fueron las ciudades donde primero se establecieron estos Montes, todos en el siglo XV. Pero las cosas no funcionaban todo lo bien que deseaban sus instigadores. Pronto se comprobó que los fondos eran escasos, y que los préstamos sin interés estaban, de alguna forma, abocados al fracaso. Por este motivo, en 1515, el Concilio de Letrán, aceptó la posibilidad de que se pudiese incluir un mínimo interés en los préstamos, que permitiera poder mantener el sistema, eso sí, un interés pequeño, que nunca pudiese considerarse usura.

Habrían de pasar todavía varias décadas para que los Montes de Piedad desembarcaran definitivamente en España. Sería la localidad palentina de Dueñas la primera población que contaría con uno dentro del país. Fadrique de Acuña, conde de Buendía, aportaría 300 ducados para que aquellos que lo necesitaran pudiesen acceder a préstamos. Nos encontramos en el año 1550, instaurando el que podemos considerar primer Monte de Piedad de España.

Transcurriría casi un siglo, concretamente 86 años, para que una nueva institución con esta finalidad apareciese en Cuéllar, Segovia. En este caso, el impulsor de la misma fue Agustín Daza, quien llegara a ser deán y canónigo de la catedral de Segovia e incluso secretario del rey Felipe IV. Nacido en el mismo Cuéllar, utilizó el monasterio de San Francisco de la localidad de donde era oriundo como sede para el nuevo Monte, al que dotaría en su fundación con un capital inicial de 1.000 ducados, capital que seis años después fueron incrementados en 6.000 maravedíes. Los destinatarios de sus préstamos serían los vecinos de su tierra, mientras que se fijó un interés del uno por ciento para quienes accedieran a ellos.
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