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María Pacheco, la leona de Castilla

Jueves 23 de Mayo, 2013
En el año 1520 estallaba la que fue conocida como Revuelta de los Comuneros en algunas de las principales ciudades del interior de Castilla. Se trató de un grave conflicto interno provocado por un clima de inestabilidad social y política que acabó degenerando en una auténtica rebelión contra la autoridad de Carlos I. Durante los combates entre las milicias de las ciudades y las tropas enviadas por el rey destacaron los nombres de Juan Bravo, Juan de Padilla y Francisco Maldonado. Junto a los nombres de estos líderes comuneros aparece en un segundo plano la figura de María Pacheco, dama de origen noble que desempeñó un papel trascendental en el desarrollo de los acontecimientos. Por: José Luis Hernández Garvi
Los documentos históricos apenas aportan pruebas que nos permitan conocer con exactitud la fecha de nacimiento de María Pacheco. Las escasas informaciones apuntan al año 1495 en la ciudad de Granada. Su padre era don Iñigo López de Mendoza y Quiñones, segundo conde de Tendilla y primer marqués de Mondéjar, noble que destacaba por su gran fortuna y por su destreza en el campo de batalla, al que los Reyes Católicos habían recompensado por sus servicios nombrándole capitán general de la Alhambra. Tras enviudar de su primer matrimonio sin tener descendencia, don Iñigo contrajo nuevas nupcias con doña Francisca Pacheco, hija de don Juan Pacheco, maestre de la Orden de Santiago y primer marqués de Villena, y de doña María Portocarrero. De esta unión nacieron ocho hijos, extensa prole en la que nuestra protagonista ocupaba el cuarto lugar. Su padre, famoso mujeriego, parece ser que tuvo varios hijos nacidos fuera del matrimonio y tras enviudar por segunda vez, con más de sesenta años fue padre en otras dos ocasiones.

Al margen de sus méritos como fiel servidor de la Corona y de sus numerosas aventuras amorosas, don Iñigo se distinguió por ser un noble amante de la cultura del Renacimiento al que algunos documentos de la época llegaron a calificar como hombre docto y generoso. En este sentido, ejerció como mecenas trayendo a España a Pedro Mártir de Anglería, destacado humanista italiano al que el conde de Tendilla ayudó a introducirse en la corte de los Reyes Católicos. Don Iñigo puso especial cuidado en que sus hijos, sin hacer distinciones de sexo, recibieran la mejor educación de la época, encargando a su protegido que asumiese la responsabilidad de su formación. Parece ser que María destacó entre todos sus hermanos a la hora de asimilar los conocimientos impartidos por Pedro Mártir, convirtiéndose en una culta y joven dama que sabía hablar y escribir latín y griego, con amplios conocimientos en historia y matemáticas, y que también escribía poesías.

Todas estas circunstancias contribuyeron de manera decisiva a la hora de modelar el carácter de la hija más aventajada del conde de Tendilla, convirtiéndola en una mujer adelantada a su época que siempre se mostró orgullosa de sus orígenes y que nunca se mostró dispuesta a dejarse someter por los convencionalismos de la época. Como prueba de su fuerte personalidad, siendo muy joven decidió cambiar el orden de sus apellidos. Consciente de sus rasgos diferenciadores, la orgullosa María no deseaba ser confundida con María López de Mendoza Pacheco, otra de sus hermanas que llegó a ser conocida como la Santa, ni mucho menos con una de las hijas naturales de su padre, bautizada también con el mismo nombre.

María no tardaría en mostrar su carácter indomable cuando con apenas catorce años, don Iñigo decidió que había llegado el momento de casar a su hija. El elegido como su futuro esposo era don Juan de Padilla, caballero de veinte años de edad y de estirpe noble a cuya familia el conde de Tendilla tenía una especial estima. Cuando la joven conoció las intenciones de su padre no dudó en desafiar su autoridad, manifestando abiertamente su oposición a ese matrimonio acordado sin su consentimiento. Los historiadores no se ponen de acuerdo a la hora de determinar las razones que provocaron su rechazo al compromiso otorgado por su padre, aunque todo parece apuntar a una combinación de motivos derivados del inferior linaje del novio y a un físico que no le resultaba de su agrado. Lo más probable es que en realidad la joven hubiera podido sentir herido su orgullo al no haber sido consultada su opinión al respecto.

A pesar de la oposición de la joven, el 10 de noviembre de 1510 se acordaron sus esponsales con Juan de Padilla y el 18 de agosto de 1511 se celebró la boda en Granada. María tenía en aquel entonces quince años, dato que permite fijar la fecha de su nacimiento en 1495. En los documentos de aquel tiempo ella aparece citada como Doña María Pacheco, mientras que su marido simplemente recibe el tratamiento de Juan de Padilla, diferencia que vendría explicada por la diferencia de linaje que existía entre los esposos. A cambio de que renunciase a sus derechos sobre la herencia paterna, el conde de Tendilla entregó una generosa dote de cuatro millones y medio de maravedíes, una auténtica fortuna para la época.

No existen fuentes históricas que aporten datos sobre los primeros años del matrimonio de la joven pareja, aunque todo parece indicar que los iniciales recelos de doña María dieron paso a un amor sincero entre esposos que se consolidó con el paso del tiempo. Hubo que esperar cinco años hasta que en 1516 el matrimonio asistió al nacimiento de su único hijo que moriría siendo niño tras la muerte de su padre.

Cuando en el año 1516 falleció el rey Fernando el Católico, el cardenal Cisneros asumió la regencia del Reino de Castilla hasta que el joven príncipe Carlos llegó a España procedente de Flandes para ocupar el trono. Durante los casi dos años que se retrasó su venida, el octogenario Cisneros tuvo que hacer frente a un clima de inestabilidad política en la que los nobles castellanos intentaron recuperar el poder perdido, al mismo tiempo que conspiraban para sustituir en el trono a Carlos por su hermano Fernando, candidato que había sido educado en España y que podía ser más favorable a sus intereses. Los acontecimientos se precipitaron y Cisneros consiguió que Carlos fuera proclamado en Bruselas rey de Castilla y Aragón, jugada que muchos interpretaron como un verdadero golpe de estado. Hay que tener en cuenta que Juana la Loca era reina legítima y nadie había proclamado su destitución. Anticipándose a los acontecimientos y en previsión de lo que pudiera pasar, Cisneros reclamó la presencia inmediata de Carlos en España para evitar así el riesgo de una sublevación.
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