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EL LADO BUENO DE LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Martes 22 de Febrero, 2011
Hay muchos episodios en la conquista de América que ensombrecen las páginas de nuestra historia. Los conquistadores cometieron infinidad de abusos y fueron crueles con los indígenas. No obstante, en medio de esas sombras brilla la luz que reconoce la encarnizada defensa que muchos españoles de la época hicieron de los indios. Por: Alberto de Frutos
Frente a la conquista de América, bien podríamos hablar aquí de su descubrimiento, un término controvertido que apela al encuentro con el otro más que a su represión por la fuerza. El antropólogo e historiador mexicano Miguel León-Portilla (1926) se ha referido varias veces al “encuentro del Viejo y el Nuevo Mundo”, hallazgo que han discutido otras autoridades como Edmundo O’Gorman, que fuera director de la Academia de Historia de ese país. Para O’Gorman, el citado encuentro supondría “una especie de eufemismo interpretativo”, puesto que pasaría por alto sus aspectos más “negativos” o “censurables”.

Quinientos años después, la valoración sobre las motivaciones de los conquistadores españoles sigue aguardando el veredicto aplazado de la Historia, en parte porque los “jueces” de nuestro tiempo no pueden “dictaminar” sobre acciones o comportamientos del pasado. Si lo hicieran, ningún imperio –ni el egipcio, ni el macedonio, ni el romano, ni por supuesto el maya o el azteca: ninguno– recibirían la absolución. Todos ellos se caracterizaron por el expansionismo territorial y justificaron su preeminencia sobre otros pueblos por razones económicas, culturales, raciales o sociales. Sembraron la ruina, pero también dejaron una valiosa impronta que en ocasiones posibilitó la supervivencia de esas culturas oprimidas.

Las cosas no son blancas ni negras. En ese relativismo de grises, se movieron también los hechos de los hombres y mujeres que “hicieron las Américas” en el siglo XVI. Hubo un Hernán Cortés que, haciendo honor a su apellido, se reveló como un hábil negociador, pero también hubo otro obsesionado por el oro y responsable de la destrucción de Tenochtitlán. Hubo un Núñez de Balboa que culminó su hazaña del Mar del Sur con la ayuda de cientos de aborígenes amigos, pero el mismo explorador fue quien empujó a la muerte y la esclavitud a otros tantos nativos. Hubo una monarquía que expolió las riquezas de las tierras conquistadas y, a su vez, una reina Isabel preocupada por las condiciones de vida de los indígenas, a quienes hizo vasallos de la Corona en lugar de esclavos.

Los retratos de los prohombres de la conquista nunca pueden ser exactos al cien por cien. Ensalzados indebidamente por la historiografía más parcial o nacionalista de nuestro país, fueron ultrajados por algunos historiadores foráneos, propagandistas de unas calumnias que ayudaron a sostener la leyenda negra española.

A Pedrarias Dávila, el capitán general de Castilla del Oro, se le adjudicaron vilezas sin cuento. Y, sin embargo, fue Pedrarias quien encauzó la avaricia de la Corona hacia la fundación de ciudades, a la vez que se oponía con rigor al saqueo de los soldados. Lo cuenta Bethany Aram en Leyenda negra y leyendas doradas en la conquista de América (Marcial Pons, 2008), en cuyo prólogo el marqués de Puñonrostro afirma: “El descubrimiento, conquista y colonización de América es probablemente la gesta más importante que ha realizado España. Con todas sus crueldades, injusticias, ambiciones y codicias desenfrenadas, pero, también, heroicidades, sacrificios y actos de generosidad y valentía, el resultado final ha sido la transmisión de una lengua, una cultura, una religión y un sistema de valores a todo un continente”.

El conde habla en su texto de “transmisión”, pero, a buen seguro, los detractores de la conquista utilizarían una palabra más próxima a “imposición”. En el matiz está el juego. Porque la imposición de una determinada lengua, una cultura o una religión no son medallas de las que enorgullecerse; si bien el juez tiene que conocer toda la realidad de la América pre-colonial antes de emitir su veredicto en este pleito imaginario.

Hay que desterrar la quimera de un paraíso pre-colombino desmantelado a sangre y fuego por los españoles. Ninguna tierra habitada por hombres ha sido nunca un paraíso. Los indígenas no disfrutaban de la vida al aire libre cuando el hombre blanco llegó para instaurar su particular infierno. El infierno también eran ellos.

Tomemos el ejemplo de los incas para la organización social. En lo alto de la pirámide se situaba el emperador, que ejercía como comandante supremo del estado, de la religión y del ejército. Lo seguían en el escalafón los cuatro prefectos del consejo imperial, representantes de las distintas regiones. Bajo ellos, los gobernadores imperiales, los curacas o jefes locales y, finalmente, la plebe de agricultores, artesanos, pastores y pescadores, que suponía un noventa y cinco por ciento del total. A los españoles que capturaron a Atahualpa no podía menos que sorprenderles la cortesía con que el emperador trataba a los conquistadores, urbanidad que contrastaba con el desprecio que el inca manifestaba hacia sus súbditos.
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