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EL INTERCAMBIO ENTRE DOS MUNDOS

Jueves 19 de Enero, 2012
La colonización de América es uno de los episodios más controvertidos de la historia, ya que sus consecuencias, nefastas para unos y providenciales para otros, continúan latentes en la conciencia y en la realidad política y social de los pueblos. Sin embargo, y con el afán de rastrear una idea lo más conciliadora posible, tal vez fuera pertinente plantearnos la eterna ucronía: ¿Qué hubiera sido del mundo de no producirse aquel encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo, si aquel intercambio de productos, de tecnología y cultura, más allá de las injusticias que llevó aparejado, jamás hubiera tenido lugar?

Por: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano
Por su propia naturaleza la pregunta en cuestión (qué sería hoy el mundo de no haberse producido el encuentro entre las dos culturas), resulta impredecible. Fueron tan numerosas y profundas las implicaciones que trajo consigo la colonización, que sería bien arriesgado aventurar cualquier hipótesis al respecto.

Constataremos el hecho, en primer lugar, de que tal encuentro no se produjo realmente entre dos continentes, sino entre América y el resto del mundo, ya que el continente europeo, al menos a nivel mercantil, ya mantenía con anterioridad fructíferos intercambios con las tierras y los pueblos más remotos de Oriente, y España asumió, en el momento de la colonización de América, una función eminentemente catalizadora, puente necesario para que se materializara aquella incipiente “globalización”.

Pocos, muy pocos de los productos agrícolas y ganaderos que llevaron los primeros colonizadores españoles a América eran realmente originarios del Viejo Continente. La mayoría de estos productos y el conocimiento agrario que implicaban eran, por el contrario, el resultado de una secular expansión comercial que, principalmente desde Oriente, fue iniciada por pueblos como los fenicios, los etruscos, los griegos o los romanos.

Con todo, tanto la variedad de productos disponibles para el consumo (en muchos casos sólo al alcance de las clases más pudientes), así como el valor nutricional que comportaban, siguió siendo en cierto modo arcaico si nos referimos a la población en general. Las gentes del Viejo Continente, pues, siguieron similares pautas de alimentación una generación tras otra. Sumido en la precariedad el pueblo llano dependió, para subsistir, del rendimiento puntual de un puñado de productos, y se mantuvo siempre a expensas de los caprichos de la tierra, de la climatología o de las plagas, que podían dar al traste con toda una cosecha y acarrear irreversibles hambrunas y oportunistas enfermedades.

Un importante punto de inflexión, no sólo respecto al Continente Europeo sino en cuanto a las implicaciones futuras de cara al Descubrimiento, fue lo que algunos historiadores han definido, con gran acierto, como la gran “revolución verde” del mundo árabe. Son los árabes, con su penetración y presencia secular en la Península, quienes modernizan realmente nuestra capacidad agraria. Con ellos, penetran también los primeros tratados de agricultura, conocimientos que los musulmanes ponen en práctica con notable éxito convirtiendo, milagrosamente, nuestros eriales en tierras productivas y fértiles.

Pero, y lo más importante, son ellos quienes traerán desde el Lejano y Próximo Oriente la mayoría de los productos que hoy conocemos, nuevas especies como el arroz, diferentes clases de cítricos, espárragos, membrillos, el café, la palma datilera, frutos secos y otros muchos alimentos que fueron sumándose a una dieta demasiado dependiente de productos como el trigo, la uva, el aceite etc., ampliando y, por decirlo así, democratizando el consumo y aumentando las expectativas de subsistencia local. En España, con la dominación árabe, se produjo una gran transculturación alimentaria, productos que a partir de entonces podríamos agrupar bajo el denominador común de “ibéricos”, y cuyo cultivo sería implementado, con mayor o menor éxito, en las nuevas tierras de América.

Aunque ahondaremos más en ello, por el momento digamos que el Viejo Continente contaba, antes del descubrimiento de América, con cierto desarrollo agrario y con una variedad de productos aceptable para asegurar la subsistencia. Sin embargo, otra cosa bien distinta era el acceso real de la población al consumo de buen número de alimentos, tanto vegetales como animales, lo que se traducía en ciertas carencias proteínicas y vitamínicas que derivaban en un desequilibrio nutricional patente, comportando la proliferación de enfermedades. Las ataduras feudales, y el anquilosamiento cultural, causas directas de la desigualdad social y la injusticia distributiva, continuaban siendo en el Viejo Continente, y a las puertas del Descubrimiento, el “pan nuestro de cada día”. Así, Europa llegó a encontrarse atrapada en un fatal círculo vicioso, donde graves epidemias, como la peste bubónica acaecida en el siglo XIV, provocaron millones de muertes, dando a su vez como resultado la falta de mano de obra agrícola, lo que conllevaría nuevas y letales hambrunas.

El comercio de ultramar, sin embargo, se mantuvo en auge y representaría, a la postre, la salida a esa etapa oscura y sin aparente solución de continuidad que arrastraba el Viejo Continente durante los siglos XIV y XV. La necesidad de nuevos alimentos y la competencia por hallar nuevas rutas de acceso a las especias (ya que éstas aseguraban el condimento y conservación de los productos), acabará por deshacer este nudo gordiano.

Pero el inesperado descubrimiento de nuevas tierras superaría con creces aquella, en principio, “trivial” aspiración comercial. El viaje de Colón, con el tiempo, se revelaría como una auténtica “tabla de salvación” para aquel anquilosado y sufriente Viejo Mundo. En cierto sentido, y no les faltaría razón, hay quien afirma peyorativamente que los españoles, al llegar a América, llevaban por todo equipaje su particular Edad Media.

Del mismo modo que, según afirmábamos, la cultura y los productos que exportó el Viejo Continente implicaban en realidad al resto del mundo, tampoco deberíamos hablar de una América unificada a nivel cultural, sino altamente heterogénea en desarrollo productivo, organización social y política, ciencia y tecnología. Algunos pueblos, por ejemplo, habían alcanzado altas cotas de conocimiento astrológico, mientras otros se encontraban aún en un estadio cultural más propio de la Edad de Piedra. Para hacernos una idea de esta heterogeneidad, según algunas estimaciones, en la América precolombina convivían numerosos pueblos sin ningún tipo de conexión, se hablaban más de 250 lenguas diferentes de norte a sur, y la demografía total del continente podía rondar los 60 millones de almas.

En la misma medida, el panorama alimentario que presidía la América precolombina era muy cambiante o incluso diametralmente opuesto dependiendo de la zona, de la altitud y situación geográfica, del desarrollo y la tecnología agraria del pueblo en cuestión. Una serie de productos, sin embargo, destacaban sobre los demás. Entre ellos, el maíz era la base de la alimentación de pueblos como el maya y azteca. Igualmente, el consumo de la yuca estaba muy extendido en gran parte del territorio del actual Brasil, y en tercer lugar, las patatas constituían el producto estrella entre la población incaica.

Pero la lista, como cabe suponer, no se limitaba al cultivo de estos alimentos, pues la dieta de los aborígenes americanos se completaba con otros productos básicos, alimentos que, al igual que los ya citados, con el tiempo tendrían gran repercusión para el resto del mundo. Para no extendernos, en la América precolombina se cultivaba también la batata, la mandioca, la calabaza, el cacahuete, los frijoles o los tomates, todos ellos originarios de América y desconocidos en el Viejo Mundo hasta entonces. Cabe reseñar, igualmente, que en amplias zonas de la América precolombina ya se practicaba con notable éxito una agricultura intensiva gracias al uso del regadío, dando lugar a unos excedentes que abrían la puerta al descanso estacional necesario para la producción artesanal y al intercambio de productos con la consiguiente transculturación intelectual mutua.
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