Se encuentra usted aquí

Inquisidores

Miércoles 19 de Diciembre, 2012
Creada en 1478 por una bula de Sixto IV, la Inquisición nació en España para perseguir a los falsos conversos, pero muy pronto amplió sus competencias hasta erigirse en un régimen de terror y censura que no dejó títere con cabeza. El primer Inquisidor General fue el dominico fray Tomás de Torquemada, cuyo solo nombre evoca una era de oscuridad, intolerancia y sinrazón. Esta es la historia de los inquisidores españoles, de los jueces que avivaron la hoguera del terror. Por: Alberto de Frutos
A finales de la Edad Media España estaba a punto de culminar el proceso de la Reconquista, por la que se expulsaba definitivamente a los musulmanes de la Península. Los Reyes Católicos precisaban de un instrumento eficaz que asegurara la primacía de la religión católica en todos sus dominios. Durante la Edad Media, judíos, musulmanes y cristianos habían aprendido a convivir de forma relativamente pacífica, con los inevitables “choques de culturas”. La economía era un factor de armonización, en tanto que los judíos contribuían a las arcas del estado de forma harto generosa.

A partir del siglo XIV la situación comenzó a cambiar, cuando distintos cargos eclesiásticos empezaron a alzar la voz contra los herejes. La persecución irracional contra los judíos, que hasta entonces habían desarrollado su vida pacíficamente en las juderías –las más importantes de las cuales eran las de Toledo, Burgos, Sevilla y Murcia en la Corona de Castilla, y Zaragoza, Barcelona, Gerona, Valencia y Mallorca en la Corona de Aragón–, derivó en la obligatoriedad para este pueblo de convertirse al cristianismo. La población que lo hizo recibió el nombre de “conversa”. En números absolutos, se cree que se convirtieron unos 200.000 judíos, es decir, que aproximadamente un tercio de la población judía total pasó a formar parte de la categoría de “cristianos nuevos”.

No obstante, el antisemitismo no desapareció de la noche a la mañana. Muchos conversos fueron acusados de judaizar, es decir, de seguir practicando los ritos y ceremonias de la ley judaica. Para sus persecutores, los judíos solo se habían convertido nominalmente con el objeto de ascender en la escala social. A los judeoconversos que judaizaban se les llamó “marranos”.

La Inquisición apareció durante el reinado de los Reyes Católicos, que obtuvieron del Papa Sixto IV la autorización para asentar el organismo mediante la bula de 1 de noviembre de 1478. Las facultades que el Papa otorgaba a los inquisidores eran: perseguir y juzgar herejes y a quienes les ayudaran, y perseguir a los que se oponían a la actuación del Santo Oficio.

El instrumento se estableció de manera simultánea en la Corona de Castilla y en la de Aragón, donde sustituyó a la inoperante Inquisición medieval. En este último reino, las ciudades se quejaron al rey Fernando de que la persecución a que era sometida una parte de la población iba en contra de los intereses de su economía, pero éste mantuvo una actitud inflexible. Las causas últimas del establecimiento de la Inquisición en Aragón no eran solamente religiosas, sino más bien políticas, por el afán de mejorar la situación financiera de la Corona.

Poco después de instituirse, el primer Inquisidor General, Tomás de Torquemada, redactó el decreto de 1 de enero de 1483 por el que se expulsaba a los judíos de las diócesis de Sevilla, Cádiz y Córdoba. La medida sería el preludio de la expulsión definitiva de este pueblo, que tendría lugar el 31 de marzo de 1492 y que afectó a 50.000 judíos, que abandonaron el país para no abjurar de su fe.

Ahora bien, para implementar el Tribunal de la Inquisición o Santo Oficio, era necesaria, además de una férrea estructura administrativa, la acción de unos inquisidores que afianzaran el reino contra cualquier tipo de herejía. A este respecto, Diego de Simancas, “calificador” (consejero) del Santo Oficio, dijo: “El hereje es una bestia venenosa”.

Detectaba Julio Caro Baroja, en El Señor Inquisidor y otras vidas por oficio, que “el personaje más destacado en el mismo tribunal no aparece casi en las obras de apologistas, detractores, historiadores, críticos, etc.”. De ahí que, para trazar un retrato robot del inquisidor, haya que recurrir a unas pocas fuentes, entre ellas, cómo no, la suya.

El inquisidor tipo provenía de una familia de cristianos viejos o tenidos por tales (léase el caso de Tomás de Torquemada en el correspondiente recuadro). Su adolescencia y juventud transcurrían entre libros, ya que los inquisidores debían ser titulados en Teología o Derecho, aunque, de acuerdo con el ya citado Diego de Simancas, la carrera legislativa era preferible.

Según las normas aplicables a los inquisidores antiguos, el cargo de inquisidor de oficio no podía ser desempeñado por una persona menor de cuarenta años, para asegurar su “prudencia”; aunque paulatinamente se rebajó ese límite a los treinta. A partir del reinado de Felipe II, se intentó hacer especial hincapié en la vida “honesta y proba” de estos funcionarios. Según cuenta Caro Baroja, Diego de Covarrubias –a la sazón obispo de Segovia– tenía por costumbre convidar a almorzar a los candidatos para comprobar cómo actuaban después de comer en lo que a modestia se refiere.

Sea como fuere, los inquisidores parecían disfrutar de la misión que el destino les había asignado. En la inscripción mandada grabar por Alonso Manrique, arzobispo de Sevilla, leemos: “Bajo la actuación del inquisidor abjuraron más de 20.000 herejes del nefando crimen de herejía y más de 1.000 obstinados fueron, por derecho, entregados al fuego y quemados”. A pesar de estas macabras palabras, el arzobispo pasó por hombre amable, de maneras suaves y gran protector de las letras…
Ciertamente, en una primera fase los inquisidores mostraron gran celo en el ejercicio de su tarea. Tan solo tres años después de su fundación, en 1481, habían sido quemadas ya 298 personas y 79 condenadas a prisión perpetua.
Otros artículos de:

Añadir nuevo comentario