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Guerra por mal de amores

Viernes 30 de Agosto, 2019
Guerra por mal de amores

Todo empezó con el llamado por la historiografía inglesa “Spanish Match”, o las negociaciones entre Londres y Madrid entre 1614 y 1623 por un enlace matrimonial entre el príncipe heredero Carlos de Inglaterra y la hermana de Felipe IV, María Ana de Austria. La jugada de pergeñar una alianza entre ambos países fue sobre todo idea y esfuerzo del brillante embajador español en la isla, el conde de Gondomar que consiguió con este juego mantener a Inglaterra como pro-española durante toda una década. Por: Javier García de Gabiola

Sin embargo, el proyecto de alianza entró en crisis con la Guerra de los 30 Años en 1618. Los rebeldes protestantes eligieron como su emperador en Alemania a Federico V del Palatinado, que era a su vez yerno de Jacobo I de Inglaterra. Este envió tropas con instrucciones de defender el Palatinado pero no atacar a las tropas españolas, mientras que Madrid, ayudando a los católicos, conquistó la región, si bien evitó cualquier choque con los británicos. Así, Frankenthal, en el Rhin, quedó aislada con su tropa inglesa mientras los validos Conde-Duque de Olivares y el Duque de Buckingham (según las malas lenguas amante del rey Jacobo) continuaban con las negociaciones matrimoniales. Sin embargo, ahora existía otra pieza sobre el tapete: Londres exigía la devolución del Palatinado a su yerno, algo imposible de hacer, primero porque la mitad del territorio estaba ocupado por Baviera, y presionarla para realizar dicha devolución sería aproximarla peligrosamente a Francia, que estaba tentándola con una alianza. Por otro lado, la otra mitad estaba ocupada por España, que no podía permitir que un príncipe protestante controlara los puentes sobre el Rhin medio, zona de paso vital para conservar abierto el Camino Español entre Italia y Flandes, por lo que Madrid fue dando largas al asunto. Incluso se logró un gran éxito cuando Inglaterra fue finalmente obligada a ceder en junio de 1622 Frankenthal a los españoles, que la conservaría en depósito hasta diciembre de 1624 mientras se decidía qué hacer con el territorio. Por supuesto, España nunca la devolvería.

UN GESTO ROMÁNTICO E INÚTIL

Entonces sucedió algo inesperado que complicó más la situación: unos tal John y Thomas Smith llegaron de visita a España en 1623 y se anunciaron por sorpresa en la Corte. Gondomar, ya en nuestro país, se enteró el primero de la noticia y fue a despertar al propio Olivares para informarle del asunto, y este, con sorna, conociendo la anglofilia del embajador, comentó: “Sosegaos, señor conde, que parece como si el propio rey de Inglaterra estuviera aquí”. El valido, sin saberlo, acertó, ya que Gondomar le informó que los dos visitantes eran los propios príncipe heredero Carlos y el Duque de Buckingham, que hartos de esperar decidieron forzar las negociaciones y se presentaron en persona y por sorpresa para conocer a la novia. Carlos debió quedar gratamente impresionado con Maria Ana, porque a decir del propio Olivares no dejaba de mirarla “como el gato al ratón”. Finalmente, la Junta Teológica de Felipe IV permitió el matrimonio si se establecía la tolerancia de los católicos en Inglaterra. Para estar seguros de que se cumpliría con la palabra dada, también sería conveniente que Carlos se convirtiera, y que la princesa no zarpara hasta dentro de un año, cuando estas condiciones se hubieran verificado.

Ninguna palabra se decía sobre el Palatinado, de modo que Buckingham, humillado, entró en fuertes discusiones con Olivares y amenazó con volver de inmediato a Inglaterra. El valido, sin embargo, consiguió retenerles y envió una misión diplomática a Londres para informar a Jacobo de las condiciones de la boda, dirigida por el Marqués de Hinojosa, un hombre terriblemente deformado por la sífilis y que tenía que hablar con ayuda de unos corchos, pero debía ser un hombre convincente (su pasado mujeriego así lo acredita) ya que sorprendentemente ¡convenció a Jacobo de que aceptara las condiciones! Debió pesar en su decisión la dote de la princesa española, que era de unos 2,5 millones de ducados, equivalente a los ingresos de anuales de la América española, y el doble de la de Inglaterra. Sin embargo, en Londres sus súbditos se llevaron las manos a la cabeza, aún quedaba pendiente el tema del Palatinado, y por parte española la sospecha de que Carlos, una vez casado y recibida la dote no cumpliría su palabra, de modo que ambas partes exigieron nuevas garantías y las negociaciones se rompieron. Despechado, Carlos abandonó España y en el camino de regreso pactaría una alianza matrimonial alternativa con Francia.

Para saber el resto de la historia hazte con el número 157 de Historia de Iberia Vieja.

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