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Funerales reales

Viernes 18 de Mayo, 2012
Desde la Edad Media hasta el siglo XIX los funerales reales fueron un acontecimiento singular. La figura de los reyes estaba circundada por un aura sacralizada, y ello provocaba que su fallecimiento desplegara todo un ceremonial funerario, con una gran fuerza simbólica y rituales fastuosos y solemnes que duraban meses ante un pueblo que despedía a su soberano y daba la bienvenida a su sucesor: “¡El rey ha muerto. Viva el rey!”. Por: Óscar Herradón
Durante siglos la figura del monarca alcanzó una importancia tal en la sociedad que aparecía como intermediario o pieza fundamental entre Dios y el común de los mortales, era un personaje cuasi sagrado al que incluso se atribuían cualidades taumatúrgicas. Si en vida había sido adorado por todos, también en su muerte debía ser honrado y glorificado. El nacimiento de un soberano se consideraba un hecho providencial, casi milagroso, pues significaba que estaba asegurada la sucesión, pero su muerte, sobre todo si era un soberano de la altura de Carlos V, Felipe II o Isabel la Católica, se convertía en un auténtico acontecimiento social, político y religioso que estaba rodeado de un aura simbólica y de un pomposo ceremonial.

Los ejemplos más tempranos de un ceremonial oficial establecido por la muerte del rey en nuestro país los encontramos en la Corona de Aragón al menos desde el siglo XV. El cadáver del monarca era expuesto en el palacio de Barcelona, residencia regia, durante varios días. Antes de su traslado para proceder con los funerales de rigor, varios oficiales, con importantes puestos en la Corte, entraban a caballo en el salón donde se hallaba el cuerpo del egregio difunto, dando vueltas a su alrededor y, en un ritual de fuerte carga simbólica, preguntar al camarlengo –título de gran importancia semejante al de camarero en Castilla–, lo siguiente: “Hace diez días que andamos buscando a nuestro rey y no lo encontramos, ¿lo habéis visto?”; “está muerto, vedlo aquí”. Una vez escuchada esta respuesta, los jinetes atropellaban los blandones y escudos que rodeaban el lecho, arrastrando sus banderas y emblemas y lanzando gritos desgarradores a los que finalmente se unían todos los espectadores, mientras los monteros hacían sonar los cuernos de caza y ladrar a los perros.

También en la Corona de Aragón se tienen las primeras noticias de una cámara ardiente para el monarca. Por ejemplo, en Barcelona, en 1364, se levantó un aparato funerario para el infante don Alonso, costeando la ciudad los gastos para los funerales de los monarcas a lo largo de los siglos XIV y XV. Durante las exequias reales a principios del siglo XV, la iglesia donde se celebraban los funerales se cubría con telas negras y en el crucero se alzaba una sepultura –que podía ser auténtica o ficticia, la llamada “representación”– que consistía en un entablamiento escalonado sobre el que se levantaba una techumbre que servía para sostener velas o quemar incienso.

Según el Llibre de les solemnitats de Barcelona, el llamado “tugurio” o “capelardent” consistía en un andamiaje de palo pintado de negro –color del luto junto al blanco–, cual baldaquino, emplazado sobre el estrado en el que descansaba el cuerpo del monarca o su simulación, artilugios que diferían entre los distintos reinos medievales y que, como ya he señalado, evolucionarían hasta un marcado barroquismo en tiempos de los últimos Austrias y los primeros Borbones. A partir del siglo XVII, este conjunto sería conocido como “catafalco”, palabra de origen italiano.

El difunto o su representación eran cubiertos por paños de raso y oro que lucían los escudos y emblemas de la realeza: corona, cetro, bola del mundo y mano de justicia, rodeado el maderamen de multitud de cirios y blandones. El soberano o alto personaje aparece siempre bajo un dosel o palio como manifestación de su dignidad viviente. Los castrum doloris serían cada vez más elaborados según crecía el poder de los monarcas, sobre todo a partir del siglo XVI, hasta su completa desaparición.

El túmulo tenía como finalidad denotar el destino del monarca; mostraba sus hazañas en este mundo, el terrenal, su fama y su entrada en el otro, el celeste, el de la “divinidad regia”. El conjunto solía estar formado por varios cuerpos; en el primero se describían los éxitos políticos y militares del rey y otras supuestas “hazañas” para el público de la época –por ejemplo, en el de Felipe III, que obtuvo pocas victorias militares en comparación a su abuelo y muchos fracasos, se glorificó un episodio tan poco heroico como la expulsión de los moriscos en 1609–. En los pisos superiores se significaba el triunfo de la muerte, único momento en el que el soberano se igualaba a los demás, y se alude tanto a la gloria del rey como a la perdurabilidad de su dinastía.

El precedente más inmediato del baldaquino funerario español se halla en las ceremonias celebradas en Bruselas en honor de Carlos V en 1559. El catafalco se erigía sobre cuatro pilares, y gradas que soportaban una estructura formada por un triple anillo de madera rodeado de una iluminaria de velas. Entre los pilares, en la gradería inferior, se situaba el ataúd figurado del Emperador –la répresentation, que también podía tratarse de una escultura que representaba al difunto, más habitual en países como Francia o Inglaterra-, cubierto con un paño de tisú de oro con una cruz de terciopelo carmesí sobre la que descansaban los ya citados símbolos de la dignidad real: la corona imperial, la cota de armas y la espada, el collar de la Orden del Toisón de Oro, el cetro y una bola celeste de oro y de pedrería.

El encargado de este aparatoso ceremonial era el denominado Rey de Armas, oficio existente en la antigua Casa Real de Castilla, que actuaba como maestros de ceremonias durante los funerales regios, acompañando a los asistentes, poniendo y quitando al monarca sus vestiduras y trasportando los objetos entregados durante el ofertorio de la misa, labores por las que recibían elevadas propinas. El último acto en la muerte del soberano eran los funerales, divididos en dos partes: la primera inmediata al entierro y consistente en un novenario –misas y oficios celebrados durante nueve días consecutivos-; la segunda celebrada sin fecha concreta, por lo general varias semanas después, donde tenía lugar la parte de la pompa ceremonial de la que ya hemos hablado profusamente.

Aún así, el ceremonial funerario español, aunque cueste creerlo, era más austero que en Inglaterra o Francia, aunque no por un acto de humildad ante la muerte, sino porque la persona del monarca hispano era, por sí mismo, “el vivo retrato de la majestad inmortal”, por lo que no necesitaban tantas pompas para mostrar su “grandeza”. Terminada la ceremonia de los honores, había que desmontar el catafalco, pero este se dejaba expuesto durante varios días como concesión a la curiosidad popular, a todos aquellos que durante la pompa ceremonial no habían podido vislumbrar el conjunto.

El trato al cuerpo de la persona regia una vez fallecida dependía de la época a la que nos estemos refiriendo, cambiando notablemente con el avance de los siglos. Remontándonos al Medievo, ya en aquel tiempo, a pesar del escaso avance de la cirugía y a la sacralidad que emanaba de la figura del rey, en las ceremonias de entierro de la realeza española era habitual el embalsamamiento del cadáver, aunque por real decreto o codicilo Sus Majestades solían disponer que las partes más importantes –generalmente el corazón- se distribuyeran según su voluntad.
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