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Cuando Luxemburgo era nuestro

Jueves 08 de Agosto, 2019
Durante casi 200 años, este estratégico rincón de la Vieja Europa estuvo bajo dominio español, y sus calles y edificios acogieron a miles de soldados, ingenieros, nobles y funcionarios que se esforzaron por resistir el embate de las tropas enemigas. Estas son las huellas del pasado hispano en el llamado "Gibraltar del Norte"...
Cuando Luxemburgo era nuestro

A medio camino entre la antigua Europa romana y la germánica, en pleno corazón del Viejo Continente, Luxemburgo es un pequeño país repleto de contrastes. En su reducido territorio –apenas 2.600 kilómetros cuadrados, poco más que la provincia de Vizcaya–, residen algo más de medio millón de personas (la mitad de origen extranjero), se hablan tres idiomas ofi ciales (luxemburgués, francés y alemán) y otros muchos foráneos, y sus ciudadanos disfrutan de una prosperidad envidiada por buena parte del planeta pues, no en vano, es el primer país del mundo en PIB per capita, y uno de los que poseen el IVA más reducido. Además, en su capital se reúnen buena parte de las instituciones de la Unión Europea, y no pocos miran al país con cierto recelo por su condición de paraíso fi scal, lo que atrae hasta allí a no pocas multinacionales y fortunas desorbitadas.

Pero más allá de la larga lista de curiosidades y cifras de récord, Luxemburgo es también un pequeño territorio que, en virtud a su delicada y envidiable ubicación geográfi ca, se ha convertido en un deseado rincón estratégico a lo largo de toda su historia, desde que allá por el año 963 Sigfrido, conde de las Ardenas, se hiciera con el codiciado castillo de Luxemburgo. Así, no es de extrañar que el pequeño territorio fuese conquistado y asediado una y otra vez por franceses, austríacos, prusianos, españoles y borgoñones –entre otros– y que, por ejemplo, fuese invadido en dos ocasiones por Alemania en el siglo XX, coincidiendo con las dos guerras mundiales.

Todo lo anterior es bien conocido, pero lo que muchos ignoran es que en las calles de la capital del ducado, en la ciudad de Luxemburgo, algunos de sus edifi cios, monumentos y sillares más antiguos todavía “hablan” con acento español. Ecos lejanos pero rotundos, que parecen anunciar al visitante que allí, en ese diminuto rincón de la Vieja Europa, ondearon durante casi dos siglos las banderas del Imperio español.

DOMINIO ESPAÑOL

Tras el matrimonio de Maximiliano I y María de Borgoña en 1477, el Ducado de Luxemburgo, al igual que las demás provincias de los Países Bajos, quedó bajo el control de la Casa de Habsburgo. El control del ducado pasaría más tarde a manos de Felipe el Hermoso y después a las de su hijo Carlos, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, quedando a partir de entonces bajo dominio de la rama española de los Habsburgo, hasta las primeras décadas del siglo XVIII.

Durante esta larga etapa de dominio español, que se prolongó por espacio de casi dos centurias, los monarcas españoles se convirtieron por derecho sucesorio en los legítimos soberanos del pequeño pero codiciado ducado, aunque dejaran siempre en manos de otros el control y gobierno de aquel estratégico rincón de Europa. Durante el mandato de Carlos V, por ejemplo, y en plenas revueltas religiosas desatadas por calvinistas y luteranos, el monarca español decidió enviar a Luxemburgo a su mentor y legado Adriano de Utrecht, futuro papa Adriano VI, quien antes de colocarse la tiara papal ejerció en España como obispo de Tortosa e inquisidor general de Aragón y Castilla.

Algunos años más tarde, fue otro leal servidor del rey –y con el tiempo de su hijo Felipe II–, Pierre Ernest de Mansfeld, quien quedaría al cargo de la plaza, al ser nombrado en 1545 gobernador de Luxemburgo. El conde de Mansfeld había formado parte de la expedición a Túnez en 1535, y éste y otros méritos le valieron la concesión de la orden del Toisón de Oro. Fue en estos años como gobernador del lugar cuando ordenó la construcción de lo que en la actualidad se conoce como el Palacio Gran Ducal de Luxemburgo –hoy residencia ofi cial del Gran Duque–, y que durante siglos albergó la casa consistorial de la ciudad. Este hermoso edifi cio que se encuentra en pleno corazón del casco histórico de la capital se levantó a partir de 1573, y su parte más antigua todavía conserva elementos que delatan unos orígenes vinculados con el Renacimiento español. Con los años, Mansfeld acabaría convirtiéndose en gobernador de todos los Países Bajos españoles, por orden de Felipe II, y su vinculación con España sería aún más estrecha cuando su hija Dorotea se desposó con un destacado militar español, Francisco de Verdugo, un talaverano que llegó a Flandes con sólo 20 años, destacando con valor en la batalla de San Quintín.

Verdugo quedó al servicio del conde de Mansfeld y más tarde se convirtió en castellano de Haarlem, Thionville y Breda, y continuó luchando por los intereses españoles en la región la mayor parte de su vida, como en los sitios de Amberes y Maastricht, para fi nalmente convertirse en gobernador de Frisia. Fruto de su matrimonio con Dorotea Mansfeld nacieron nueve hijos, tres de los cuales siguieron la carrera militar de su padre. Tras una vida empuñando las armas lejos de España, Verdugo regresó a la Luxemburgo para pasar sus últimos días, siendo enterrado en la iglesia del convento de Sancti Spiritus –hoy desaparecida–, donde también reposaron los restos de algunos de sus hijos.

Para saber el resto de la historia hazte con el número 154 de Historia de Iberia Vieja.

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