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CAUTIVOS EN EL INFIERNO

Viernes 18 de Marzo, 2011
El Mediterráneo fue el escenario donde la monarquía hispánica de los Austrias y el Imperio Otomano midieron sus fuerzas. Las armadas de las dos potencias se enfrentaron sin cuartel en grandes batallas navales como la de Lepanto, y en una serie interminable de pequeñas escaramuzas que nunca aparecieron reflejadas en los libros de Historia. Además de los muertos, los heridos y los mutilados, hubo otras víctimas de esta guerra: los cautivos que tuvieron la desdicha de caer prisioneros en manos del Gran Turco. Por: José Luis Hernández Garvi

Desde finales del siglo XV, el Mediterráneo y sus costas ribereñas se habían convertido en un gigantesco campo de batalla. Finalizada la Reconquista, los Reyes Católicos extendieron su lucha contra el infiel al Norte de África. Carlos V, el fundador de la dinastía de los Austrias españoles, continuó ese deseo expansionista emprendiendo una serie de campañas militares repleta de luces y sombras, con victorias incontestables como las de Orán, en 1510, o Túnez, en 1535, pero también severas derrotas como las acaecidas sucesivamente en Argel en 1518 y 1541. Es en estas batallas perdidas donde gran número de soldados y marineros cristianos cayeron en manos del enemigo, cautivos del Gran Turco o de sus aliados, los piratas berberiscos.

Bajo este permanente estado de guerra, se sucedían las incursiones musulmanas sobre las costas de todo el Mediterráneo Occidental, especialmente las españolas, que vivían bajo el miedo constante a un ataque inminente. Estas razzias no eran un fenómeno nuevo ya que venían produciéndose desde la Edad Media. Sin embargo, durante el periodo histórico que nos ocupa, se produjo un aumento exponencial en su extensión y virulencia. Conquistado el Reino de Granada, la frontera entre el Islam y los reinos cristianos se estableció en las costas españolas de Andalucía y Levante, separadas del Norte de África por una estrecha franja de mar Mediterráneo.

A comienzos del siglo XVI, las plazas de Argel y Túnez eran importantes bastiones desde las que los temidos piratas berberiscos asolaban todo el Mediterráneo Occidental, sirviendo sus propios intereses o los del Imperio Otomano. La franja costera comprendida entre la Andalucía mediterránea y la de los reinos de Murcia y Valencia se convirtieron en una zona de riesgo expuesta a su ataques. Para evitarlos, la monarquía hispánica adoptó una serie de medidas preventivas que incluían la vigilancia y control de la numerosa población morisca que vivía en esas zonas y a la que se seguía considerando potencialmente peligrosa, la construcción de una red de torres de vigilancia costeras y, en último término, la planificación y ejecución de una serie de campañas militares en un intento por erradicar definitivamente la presencia de piratas en esa zona del Mediterráneo.

En este ambiente de constante enfrentamiento entre las dos grandes potencias de la época, soldados de todo rango y condición junto a gran número de civiles inocentes fueron capturados por ambos bandos durante los combates o en las incursiones en territorio enemigo. En éstas páginas vamos a referirnos sólo a los casos de los cristianos que cayeron en manos de la Berbería. Históricamente, desde los tiempos de la Reconquista que tuvo como escenario la Península Ibérica, eran frecuentes las cabalgadas o razzias de tropas musulmanas que penetraban profundamente en el interior de las zonas fronterizas de los reinos cristianos. Durante estas incursiones se destruían haciendas, se robaban cosechas y ganado, y se secuestraba a sus pobladores. Con el paso del tiempo, se estableció la “costumbre” de pedir un rescate económico a cambio de la libertad de los prisioneros.

En la última década del siglo XV, finalizada la Reconquista y con las aguas del Mediterráneo como frontera natural, estas audaces incursiones empezaron a realizarse por mar. Galeras aisladas al mando de osados capitanes, o pequeñas flotas de estas naves, asolaban las costas españolas con total impunidad. Numerosos documentos de la época así lo atestiguan. El 12 de octubre de 1529, las autoridades de la ciudad de Cartagena escribieron a Isabel de Portugal, por aquel entonces gobernadora de los reinos peninsulares en ausencia de su esposo, Carlos V, que en julio había partido hacia Bolonia para recibir la Corona Imperial de manos del papa Clemente VII, solicitando el dinero necesario para pagar a sesenta “guardacostas” reclutados por el regidor de Murcia y que se habían distinguido por avisar a tiempo a la ciudad de la llegada de una de estas flotas de piratas berberiscos, en este caso capitaneada por el sanguinario Barbarroja en persona. En el texto se hace referencia a la actitud desafiante de los atacantes, los cuales merodeaban “…Tan a su plazer por esta costa que andan tan pacíficos como dentro de Berbería”, palabras que expresan claramente la completa impunidad de sus movimientos recorriendo aquella zona del litoral español.

Durante estos ataques por sorpresa contra poblaciones indefensas, los piratas solían obtener un gran botín de prisioneros. Un fraile que fue a rescatar cautivos cristianos a Tetuán afirmaba en un informe de la época remitido a su superior, fray Juan Domínguez, ministro de Toledo, que había visto llevar a la plaza norteafricana a más de doscientos prisioneros capturados en apenas tres incursiones. Un ejemplo de la situación que a partir de entonces debían vivir estos desdichados lo encontramos en el caso de un matrimonio y sus dos hijas que habían sido secuestrados por piratas berberiscos que se habían aventurado en el interior de la provincia de Granada. La familia fue vendida a un mercader árabe de Túnez, ciudad en la que seguían cautivos más de diez años después de haber sido capturados, tal y como recogía un memorial remitido al Consejo de Cámara del Rey en 1521.

El ejercicio del corso también garantizaba la obtención de un rico botín traducido en número de cautivos. Todo el Mediterráneo Occidental estaba infestado de barcos corsarios dispuestos a vender sus servicios al mejor postor. Con la correspondiente autorización real, o patente de corso, se permitía a navíos “particulares” atacar a aquellos que lucían la bandera de los enemigos del rey otorgante, apoderándose de los bienes y las personas que transportasen. Los piratas berberiscos, atentos a cualquier oportunidad de hacer negocio, siempre estaban dispuestos a ofrecer sus servicios a las potencias rivales de la corona hispánica, sabiendo aprovechar las ventajas del ejercicio del corso.
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