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ANÉCDOTAS REALES

Viernes 16 de Diciembre, 2011
Prácticas extravagantes, adulterios, crímenes encubiertos, exorcismos, curiosas y excesivas prácticas culinarias… la historia de nuestros reyes está llena de anécdotas que, lejos de ser meras curiosidades y chismorreos, en ocasiones fueron fundamentales en el devenir de toda una dinastía. Este es un recorrido por los secretos mejor guardados de nuestros monarcas, por sus vicios y sus debilidades, por aquellos aspectos a veces olvidados que los convirtieron en tan humanos como sus súbditos. Por: Óscar Herradón
Durante siglos los reyes aparecieron ante sus súbditos prácticamente como semidioses, como seres cuasi inmortales cuyas decisiones y sentencias eran consideradas sagradas; nadie podía contrariar al monarca, hacerlo podía suponer la prisión, la tortura o incluso la muerte para aquel que se atrevía a desafiarle. En la Edad Media los soberanos no gozaban de un poder absoluto –lo que no impedía que fueran también considerados tocados por la divinidad– algo que cambiaría con el avance de los años, hasta el punto de que en tiempos del Rey Sol en Francia o de Felipe IV en España, su poder alcanzó cotas de auténtico delirio.

Tan sagrado era el soberano, que prácticamente se besaba el suelo que pisaba. Su sudor era sagrado, su saliva, su aliento, las palabras que proferían sus labios… Sin embargo, como el resto de la humanidad a la que gobernaba, el rey era un mortal, y como tal, tenía sus miedos y sus miserias, sus anhelos y sus necesidades mundanas. A unos les obsesionó el sexo –lo cual no es tan extraño–, pero otros mostraron tendencias psicóticas, obsesiones malsanas, malvadas aficiones… Algunos, incluso, ocultaban en sus alcobas, cerradas sólo para los más íntimos, unos gustos que a más de uno entonces habría espantado, sobre todo a los confesores reales, encargados de velar por la salud espiritual de sus señores, salud que no estaba del todo a salvo, o casi nada…
A tal punto llegaba la adoración por Luis XIV en un Versalles que haría de la depravación y el lujo, del escándalo y la sofisticación su seña, que el monarca solía recibir a los nobles sentado sobre un orinal –imagino que bastante lujoso–, lo que se consideraba no una guarrería, si no un auténtico privilegio por el que se pergeñaban incluso complots palaciegos. Ser recibido por el monarca –y más por aquel que emulaba al astro rey– era un privilegio que normalmente tenía su retribución en títulos, fincas o dinero contante y sonante, por lo que no es de extrañar que la conspiración y la envidia estuvieran a la orden del día en la corte.

En época de rivalidades regias, si el francés era el rey Sol, el español Felipe IV no podía ser otro que el Rey Planeta –epíteto que le puso el incombustible conde duque de Olivares, alcahuete y consejero personal del monarca–. Pero si Luis XIV –yerno del cuarto Felipe, ya que estaba casado con la hija de este, María Teresa de Austria– era sinónimo de modernidad, ostentación y lujo, el español lo era de la austeridad y la religiosidad extrema en una corte donde el colorido no era el de Versalles, lo que no quitaba que coincidieran en algo cual si fueran parientes de sangre: la lascivia y el gusto por las faldas.

El Rey Sol fue famoso por las muchas amantes que tuvo durante su largo reinado, algunas tan célebres como Madame de Montespan, Madame de Maintenon o La Vàlliere, amantes oficiales –con el título de maitresse en titre– que eran presentadas en la corte en medio de un gran boato, pero su suegro al otro lado de los Pirineos no le iba a la zaga. Amantes oficiales no tenía, pues el protocolo ultracatólico no se lo habría permitido, y tampoco su devota esposa, la sufrida Isabel de Borbón –que evidentemente sabía de sus deslices continuados–, pero durante treinta o cuarenta años no dejaron de impresionar sus correrías sexuales en la villa y corte. Nadie se le resistió, ni camareras ni actrices, ni aristócratas ni, según las malas lenguas y alguna que otra crónica apócrifa, monjas y novicias. A ver quién era el bonito que le negaba algo al rey de reyes del mundo hispano, a pesar de que la monarquía de los Austrias se venía abajo con la rapidez de una bala.

Otros monarcas, como Felipe II o Alfonso X el Sabio, mostraban aficiones heterodoxas que en su tiempo habrían llevado al común de los mortales a la hoguera; la astrología, la magia, la alquimia o el ocultismo ocupaban muchas de sus horas, y por suerte dejarían un magnífico legado cultural y científico a generaciones posteriores. Muchos destacaron por algo distinto, y pasaron a la historia no por sus leyes, sus acciones bélicas o su templanza, sino por su impotencia, su gula, su inapetencia o sus escándalos sexuales. Los monarcas galos son para echarles de comer aparte. En la Francia del Renacimiento, el maquiavélico Enrique III de Valois escandalizó palacio con sus concesiones de títulos y riquezas a sus famosos mignons –favoritos–, una cohorte de amantes y guardaespaldas que le acompañaban en todo momento, tanto en los Consejos para debatir los asuntos de Estado como en sus aposentos, donde se entregaban a todo tipo de orgías.

Algunos, como Luis XV, se hicieron célebres por su afición a perseguir jovencitas vírgenes, algunas de edades comprendidas entre los doce y los catorce años. Este monarca mandó construir el famoso “Parque de los Ciervos”, donde una serie de sirvientes se encargaban de prepararle a las adolescentes más pobres de Francia –que compraban por una ínfima cantidad de dinero a sus familias–, hasta que llegara el gran día en que el Borbón decidiera robarles su virginidad. No es de extrañar que aquella Francia entregada a la lujuria y al gasto sin desenfreno, con un pueblo muerte de hambre, terminara con la sangría de la Revolución.

Aficiones mundanas, en ocasiones depravadas, que decían muy poco de unos personajes que según decían gobernaban por la gracia divina. Aunque no tenemos reyes que mostraran gustos tan extremos, lo cierto es que nuestra monarquía tampoco está exenta del escándalo, la injusticia, la extrañeza o la intransigencia. Este es un singular recorrido por algunas de las prácticas y aficiones más extrañas de algunos de los monarcas españoles, por las mil y una anécdotas que hicieron de su reinado algo diferente, a veces insólito.
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