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El primer montañero fue rey

Miércoles 21 de Enero, 2015
Edurne Pasabán, Juanito Oiarzábal o Carlos Soria son hoy nombres que resuenan familiares en los oídos de cualquier interesado en el deporte, sean o no especialistas en el montañismo. Javier Martín
Sus gestas coronando a cuantos ochomiles decidían enfrentarse, más allá de su dificultad, del sacrificio, de la misma edad, saltaron a los medios de comunicación que, habitualmente, no acostumbraban a gastar tinta en un deporte tan épico como minoritario. En esta página no queremos ser tan ambiciosos, en principio nos basta con escudriñar los orígenes de tan osada inclinación a subir montañas… cuanto más altas mejor. No estaría tampoco mal saber qué lleva a los montañeros a hacerlo. A mí me sirve la explicación que observa uno de esos siempre acertados proverbios orientales. “Si no subes la montaña, nunca podrás ver el valle”. 
 
PEDRO Y SUS CABALLEROS
En cualquier caso, buscábamos situar el punto de origen histórico al montañismo como afición, de coronar picos sin más ambición que el de hacerlo, que el de contemplar el mundo cuanto más próximo a las nubes, mejor. Porque sabemos que la ascensión a lugares altos, a aquellos desde los que se puede tener una buena perspectiva del llano, está relacionada desde antiguo con la vida militar, con la defensa de los territorios de los intentos de conquista de los enemigos. Pero, ¿en qué momento la ascensión comenzó tener una función que fuese el mismo placer de llegar al punto más alto de la montaña, porque sí, porque estaba ahí?
 
Ya en la cumbre, satisfecho y relajado, el rey Pedro III, lanzó una piedra contra el lago; de sus aguas emergió un dragón alado
 
El cronista franciscano medieval Salimbene nos ubica al respecto en el siglo XIII, en torno al 1280, y lo hace en función de una expedición que tuvo como protagonista e impulsor al rey de Aragón y Valencia, Pedro III el Grande. Hijo de Jaime I de Aragón y de Violante de Hungría, Pedro había nacido en el año 1240, casándose en 1262 con Constanza II de Sicilia, un matrimonio que le sirvió para impulsar la reivindicación de la corona siciliana y buscar la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo. Tiempo aquel, sabemos, de guerras y traiciones, de avance de sus posesiones, pero también del desarrollo de una personalidad carismática como fue la de Pedro III, atlético y amante del deporte. Al punto de que el cronista franciscano detalló que el rey Pedro dispuso el ascenso con algunos caballeros al que, por aquel entonces, era considerado como el más alto de los montes que poblaban la Tierra, y cuya cumbre nunca había sido pisada, entre otras razones, porque, como era de rigor en la Edad Media, el punto más alto del planeta, iba a estar repleto de animales monstruosos… y mejor no molestarlos. Tal temor no fue óbice para organizar una expedición que la leyenda e  asegura que solo tuvo la valentía de concluir el propio monarca, ya que los caballeros que lo acompañaban se quedaron, agotados, en mitad de la misma. Pedro el Grande continuó, y refirió llegar a la cumbre.  Solo él encumbró el Canigó, en los Pirineos, hoy en el Roselló francés, de 2.784 metros, la más alta de las montañas. Al regresar relató su experiencia. En la cima había un hermoso lago de gran tamaño. Satisfecho y soñador, relajado, lanzó una piedra contra sus aguas. Un dragón alado emergió entonces, violento, vomitando fuego de sus fauces. Desde entonces millones de personas han ascendido a las más altas cumbres. Algunos, quizá, para encontrarse con el dragón. La mayoría, para contemplar el valle.
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