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Un heredero inglés en la corte española

Lunes 30 de Marzo, 2020
En pleno siglo XVII tuvo lugar uno de los sucesos más sorprendentes de la historia europea. Carlos Estuardo, heredero del trono inglés, llegaba a España de incógnito con la intención de cortejar a una infanta española. Aquel viaje supuso todo un acontecimiento, pero tras él se escondían una serie de intereses políticos que determinarían el equilibrio de poder entre las potencias más importantes de su tiempo.
Un heredero inglés en la corte española

Rezan los Avisos de la época que era una fría noche del 17 de marzo de 1623, cuando una inesperada visita sacó de su sueño a uno de los hombres más poderosos de España, Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde-Duque de Olivares, a la sazón valido y primer ministro de la monarquía hispánica y hombre de confianza del rey Felipe IV. Molestar al todopoderoso hombre de Estado no era un procedimiento habitual, pero la situación, excepcional, lo requería.

Quien se presentó en sus estancias palaciegas era otro político de gran calado, Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar, quien, eufórico, venía a comunicar a Olivares que había recibido una visita inesperada: nada menos que la del Príncipe de Gales, Carlos Estuardo, primogénito del rey de Inglaterra, Jacobo I.

Sarmiento procedió a narrarle al valido los hechos: aquella noche, dos extraños personajes se presentaron de incógnito en la villa y corte, en la residencia del conde de Bristol, John Digby, embajador inglés en España. Cuando los criados les abrieron, se identificaron como los caballeros Tom y John Smith, británicos, que afirmaban venir de realizar un largo viaje por Europa.

Cuál no sería la sorpresa de Digby cuando reconoció al mismísimo heredero británico, que iba acompañado de su fiel servidor, el duque de Buckingham. El conde de Bristol se puso inmediatamente en contacto con su homólogo español, el conde de Gondomar, y le comunicó la extraordinaria noticia. Precisamente, el conde de Gondomar era el responsable de que Carlos se encontrara en Madrid. Desde 1613 a 1622 había dirigido con gran destreza la embajada hispánica en Londres y llegó a estrechar lazos con el monarca inglés, a pesar de la política antiespañola del anglicanismo. Tal fue la influencia diplomática de Gondomar, que logró convencer al Parlamento inglés de que ejecutara al corsario sir Walter Raleigh, de enorme fama, acusado de piratería contra los intereses españoles en el Atlántico. A su vez, fue sembrando en el soberano inglés, al parecer por iniciativa propia, la idea de que un casamiento entre su hijo y una infanta española sería muy beneficioso para los intereses británicos.

LLEGADA A ESPAÑA

Olivares, conocedor de la llegada de los egregios viajeros y realmente exultante, hizo llamar a Felipe IV y se reunió en privado con él. Ambos llegaron a la conclusión –que se demostraría errónea– de que Carlos y Buckingham habían venido a Madrid con la idea de convertirse al catolicismo, y que así el príncipe no tuviera trabas por parte del Vaticano para contraer nupcias con la infanta.

Hasta ese momento, para Olivares y su rey las negociaciones matrimoniales habían sido más bien una maniobra de distracción para mantener a Inglaterra en un bloqueo político, mientras la corona hispánica solucionaba sus graves problemas en los Países Bajos. Además, Felipe sentía un cariño especial por su hermana María, y ésta había manifestado en más de una ocasión su rechazo al matrimonio, salvo si el príncipe de Gales renunciaba al protestantismo. Amenazaba, incluso, con tomar los hábitos. La situación actual cambiaba radicalmente y había que satisfacer e impresionar a los ilustres visitantes. Mostrar el poder de la monarquía.

A la mañana siguiente, el sábado 8 de marzo, Gondomar fue llamado a la casa de Digby y acordaron que se encontrasen Olivares y Buckingham aquella misma tarde. Pocas horas después, el favorito inglés tuvo la oportunidad de conocer al rey Felipe IV en sus aposentos del Alcázar. Tras una breve reunión a puerta cerrada, el soberano le pidió al valido que trasladase a Buckingham a casa del embajador y sus saludos al príncipe Carlos.

Al día siguiente, 9 de marzo, la familia real al completo salió a paseo en coche descubierto por las calles de la Villa y Corte. Aunque era algo bastante habitual, el hecho de que allí por donde pasaba la comitiva real estuviese llena de guardias y curiosos evidenciaba que la noticia de la llegada del inglés, a pesar de mantenerse como «secreto de Estado», había corrido como la pólvora por los mentideros. Mientras, un coche de caballos cubierto ocultaba al príncipe de Gales y a su favorito. Se acordó que, para que Carlos pudiera reconocer a su «prometida» ésta llevase una banda azul en uno de sus brazos.

Una vez que terminó el paseo, Felipe pudo conocer a Carlos y reunirse con él. Al parecer, a través de un intérprete se dieron efusivas muestras de agradecimiento. Ese mismo día, Olivares, le dejó caer a su homólogo Buckingham que si estaban allí para su conversión al catolicismo. Cuando Villiers, sorprendido, lo negó rotundamente, el valido se dio cuenta del enorme error que había cometido. Entonces, haciendo uso de su habilidad diplomática, llevaría a cabo una auténtica farándula para convencer a sus huéspedes de que seguía interesado en el trato cuando, en realidad, ni él ni el soberano estaban dispuestos a ceder si no había conversión. Así, Olivares retomó de nuevo su plan inicial: impedir la boda intentando evitar que España pareciese la responsable del fracaso. El primer ministro estaba convencido de que Roma negaría la dispensa papal y dejaría así que la Santa Sede fuera la que quedara en evidencia ante Londres. No obstante, en la corte se entregarán en cuerpo y alma a agasajar a los visitantes ingleses.

 

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