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Los prisioneros franceses de La Cabrera

Lunes 22 de Octubre, 2012
La pequeña isla de Cabrera se encuentra al sur de Mallorca, separadas por un canal de apenas doce millas náuticas. En 1991 su ecosistema fue declarado Parque Nacional Marítimo y Terrestre, convirtiéndose en un auténtico paraíso de fauna y flora del que pueden disfrutar reducidos grupos de turistas. Sin embargo, la inmensa mayoría de los que la visitan desconocen que sus hermosos paisajes fueron escenario de una gran tragedia humana cuando a principios del siglo XIX se convirtió en campo de concentración improvisado para varios miles de soldados franceses hechos prisioneros en la Guerra de la Independencia. Por: José Luis Hernández Garvi
En 1807 Napoleón se había convertido en el amo de casi toda Europa. Sus ejércitos no conocían la derrota y eran considerados invencibles. A finales de ese año pretendía invadir Portugal, aliado de sus enemigos ingleses, y para cumplir sus propósitos necesitaba atravesar España. En virtud de lo establecido en el Tratado de Fontainebleau, las tropas francesas atravesaron la Península, lo que se acabó convirtiendo en una auténtica invasión encubierta. La presencia en España de 65.000 soldados franceses permitió a Napoleón continuar adelante con su política de hechos consumados, forzando a la abdicaciones de Bayona, nombre con el que son conocidas las renuncias sucesivas al trono de Carlos IV y su hijo Fernando en favor del emperador francés, quién cedió a su vez los derechos a su hermano José Bonaparte. Estas inquietantes noticias, unidas a los abusos cometidos por las tropas francesas, provocaron la indignación popular que acabó estallando en los sucesos del 2 de Mayo en Madrid, llama que prendió la chispa de un levantamiento armado generalizado en toda España. La Guerra de Independencia había comenzado.

Las Juntas de Gobierno de Sevilla y Granada se apresuraron entonces a reclutar las fuerzas necesarias para cortar el camino a los franceses en su avance por Andalucía. A principios de junio, el general Dupont partió de Madrid dispuesto a someter Andalucía y el 18 de julio de 1808 se dirigió a Bailén, encontrándose allí con las fuerzas del general Castaños que habían salido en su búsqueda. El enfrentamiento se hizo entonces inevitable y los dos ejércitos se prepararon para la batalla.

Las debilitadas tropas francesas fueron sorprendidas por la iniciativa española. Acostumbradas a combatir en escenarios muy diferentes, las altas temperaturas y la sed provocada por el calor menguaron su capacidad de lucha. Al mismo tiempo, las maniobras ordenadas por Castaños les impidieron desplegarse convenientemente para hacer frente a las cargas de la caballería irregular española que sembró el pánico entre sus filas. Por si fuera poco, la artillería francesa se mostró completamente ineficaz, inmovilizada sobre el campo de batalla y silenciada por culpa del recalentamiento de sus cañones. Todas estas circunstancias hicieron que la derrota francesa fuera inevitable.

Las noticias de la sorprendente victoria española en Bailén causaron conmoción en Francia, desatando la furia de Napoleón. La derrota del general Dupont, además de suponer un duro revés para la moral y el orgullo francés, trajo también consecuencias para la situación por la que atravesaba nuestro país. El pánico se apoderó de la Corte de José I, que abandonó Madrid en dirección al norte, temiendo que un nuevo levantamiento popular pudiese acabar con él. La amenaza de otro desastre obligó a Napoleón a viajar a la Península para hacerse cargo de la situación al frente de un gran ejército de 65.000 hombres con el que cruzó los Pirineos.

Castaños había rodeado a las tropas francesas de Bailén y exigió su rendición incondicional, amenazando con aniquilarlas si no lo hacían también todos los contingentes dispersos por la zona bajo el mando de Dupont. Finalmente, el 22 de julio se firmaron las denominadas Capitulaciones de Andújar, documento redactado por ambas partes en una casa de postas que existía a medio camino entre esta localidad y Bailén.

Según su texto, los franceses debían abandonar Andalucía en el menor tiempo posible, entregando todas sus armas con la condición de que les serían devueltas cuando fueran reembarcados hacia Francia. Los oficiales pudieron quedarse con las suyas personales y a los soldados se les permitió conservar sus equipos y mochilas. A cada general capturado se le prometió un carruaje además de un carro en el que transportar sus pertenencias. Por el acuerdo también se garantizó la vida de los heridos, que serían tratados en hospitales españoles hasta su recuperación. La pretensión inicial era concentrar a todos los prisioneros para trasladarlos juntos hacia Sanlúcar y Rota y, una vez allí, subirlos a los barcos que los iban a llevar hasta Francia. Sin embargo, pronto se hizo evidente que las buenas intenciones recogidas no iban a poder cumplirse.

El 10 de agosto, las autoridades españolas reconocieron que no había barcos suficientes para transportar a los cerca de 18.000 prisioneros. Ese mismo día, el general Tomás de Morla, Capitán General de Andalucía, remitió una carta a Dupont en la que le informaba de la imposibilidad de cumplir los términos pactados en la rendición. Aún así, se solicitó la ayuda británica para embarcar a los franceses, petición que fue finalmente aceptada a principios de septiembre. Los jefes y oficiales, después de un largo y penoso viaje, llegaron al Puerto de Santa María donde subieron a bordo de los barcos ingleses que los llevaron a Francia. A su llegada, los generales fueron acusados por Napoleón de ser los responsables de la humillante derrota sufrida en Bailén. Dupont cayó en desgracia ante los ojos del emperador y fue privado de todos sus títulos, grados y condecoraciones, para ser después recluido en prisión.

Mientras los oficiales eran sometidos a humillación pública en Francia, la inmensa mayoría del contingente, compuesto por suboficiales y tropa, temía por su destino. Durante la larga marcha que los había llevado hasta los supuestos puertos de embarque, los prisioneros sufrieron todo tipo de maltratos y humillaciones por parte de civiles enfurecidos que querían cobrarse venganza por los abusos cometidos por las tropas de ocupación.

Cuando llegaron a Sanlúcar, los cerca de 14.000 supervivientes fueron hacinados en pontones prisión anclados frente a la costa. Padeciendo condiciones de vida infrahumanas, la mala alimentación y las epidemias de disentería causaron estragos, mientras las esperanzas de obtener la libertad en un hipotético canje con prisioneros españoles se esfumaban con cada día que pasaba. La situación se volvió insostenible y el Gobernador militar de Cádiz decidió deshacerse de ellos trasladándolos lejos de allí. Finalmente, tras nueve meses de lenta agonía en las prisiones flotantes, se ordenó su embarque en dieciséis barcos y el 9 de abril de 1809 partieron de la Bahía de Cádiz con rumbo desconocido. Un grupo de 4.000 prisioneros, los más afortunados, fueron llevados a las Islas Canarias, donde consiguieron integrarse entre la población. El resto, aproximadamente 10.000 supervivientes, corrieron peor suerte.

El viaje supuso un nuevo calvario para los soldados franceses. Sus sufrimientos se vieron aumentados por las tempestades y el mal tiempo que la flota tuvo que soportar durante su navegación por aguas del Estrecho de Gibraltar y el mar de Alborán. Tras varios días de agitada travesía, los que viajaban en cubierta divisaron en el horizonte el perfil de la Isla de Mallorca. La flota pretendía atracar en Palma y, como había ocurrido en las Canarias, repartir a los prisioneros entre las diferentes islas del archipiélago balear. Sin embargo, las protestas de las autoridades locales y de la población obligaron a cambiar los planes iniciales y se decidió entonces desembarcarlos en la Isla de Cabrera, un lugar de apenas dieciséis kilómetros cuadrados que por si sólo constituía una prisión natural.
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