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Operación Backbone

Miércoles 20 de Junio, 2012
A finales de 1942, los aliados decidieron abrir un segundo frente que aliviase la presión que los soviéticos soportaban ante el empuje de las tropas alemanas en la campaña de Rusia. Entre las diferentes opciones se barajó la posibilidad de desembarcar tropas en el norte de África, planes que se concretaron en la denominada Operación Torch. A partir de ese momento, los aliados prestaron una especial atención a la ambigua no beligerancia proclamada por el general Franco, un eufemismo que hasta entonces había ocultado sus verdaderas intenciones. En previsión de lo que pudiera pasar, el Alto Mando aliado elaboró un plan para atacar el Campo de Gibraltar y el Protectorado Español en Marruecos.

Por: José Luis Hernández Garvi
Atendiendo a las reiteradas peticiones de Stalin de abrir un segundo frente en el continente, los aliados elaboraron distintas propuestas. Algunas opiniones dentro del Alto Mando aliado defendían un ataque directo contra el corazón del III Reich. En ese sentido, una gran mayoría de los oficiales británicos de mayor rango se inclinaron por esa opción, planeando las operaciones Bolero y Sickle con la intención de desembarcar en el norte de Francia. Sin embargo, Winston Churchill no compartía esa opinión y encontraba menos arriesgado un ataque en la región del Mediterráneo.

En su encuentro del 17 de junio de 1942 en Washington con el presidente norteamericano Roosevelt, el Primer Ministro británico impuso su criterio y se eligió el Norte de África como el lugar más adecuado para efectuar un desembarco aliado. La operación recibió el nombre en clave de Torch (Antorcha) y los preparativos se aceleraron durante los meses del verano de 1942. El 24 de julio se tomó la decisión de que la fuerza anfibia desembarcase en las costas de Argelia y Marruecos y para evitar herir las susceptibilidades francesas, el 14 de agosto se nombró al general Dwight D. Eisenhower para dirigir la operación, un oficial sin experiencia en el mando de tropas en combate pero que destacaba por sus dotes diplomáticas y organizativas.

En aquel momento la posición de España en la II Guerra Mundial era dubitativa. En un principio, nuestro país había manifestado su neutralidad, posición que en 1940 había cambiado por la de no beligerancia, eufemismo impuesto por las presiones de Hitler a Franco para que entrase en la Guerra del lado de Alemania y que fue interpretado por los aliados como un paso adelante en su implicación en el conflicto. Por si fuera poco, el régimen franquista se enfrentaba en el plano interno a los germanófilos liderados por Serrano Suñer, Ministro de Asuntos Exteriores, que defendía la entrada de España en la Guerra junto a las fuerzas del Eje. En todo momento los aliados valoraron esta posible amenaza como un riesgo que debía tenerse en cuenta en su estrategia global.

A mediados de 1942 la situación parecía haber entrado en un compás de espera. La División Azul enviada por Franco para combatir contra el comunismo en Rusia le había servido para ganar tiempo ante los alemanes. Mientras tanto, las autoridades españolas habían aprovechado el vacío de poder provocado por la invasión alemana de Francia para el 14 de junio de 1940 hacerse con el control de la ciudad de Tánger con la excusa de garantizar su status internacional. En medio de esta confusa situación, nadie entre los aliados tenía muy clara cuál podía ser la reacción española ante un ataque a las colonias francesas del norte de África.

Más preocupante aún era la amenaza alemana. Los alemanes sabían que tras la Guerra Civil nuestro país no estaba en condiciones de hacer frente al enorme esfuerzo humano y material que podía suponer su entrada en el conflicto mundial. Si quería contar con España como aliado, Alemania tendría que abastecerla de alimentos y bienes de primera necesidad, construir y mejorar sus infraestructuras y rearmar a su anticuado ejército, empresa que a esas alturas de la guerra no sería nada fácil. Mucho más realista era la posibilidad de que las autoridades españolas permitieran el paso de tropas alemanas por nuestro territorio para atacar Gibraltar y cerrar el Mediterráneo. La denominada Operación Félix había previsto que veinte divisiones alemanas atravesasen la península con ese objetivo. Había por tanto motivos más que suficientes para que los aliados estuvieran preocupados.

Al margen de los problemas organizativos y logísticos derivados de la Operación Torch, los aliados adoptaron las medidas necesarias para tener prevista cualquier contingencia. En el caso de que las autoridades españolas decidieran entrar en la Guerra del lado de las fuerzas del Eje, o si se producía la temida invasión alemana de la Península, contaban con la ventaja de tener un cierto margen de tiempo para prepararse. La Wehrmacht estaba empleando casi todos sus recursos disponibles en la campaña de Rusia y el traslado de las unidades y el equipo necesario hasta la frontera española tardaría al menos varias semanas, circunstancia que no pasaría desapercibida a los servicios de inteligencia aliados. En caso de que la entrada en nuestro territorio fuese finalmente por la fuerza, la previsible resistencia de las tropas españolas a la invasión retrasaría el avance de los alemanes hacia Gibraltar. En el supuesto de que la invasión fuera consentida, el estado de las infraestructuras de nuestro país tras el final de la Guerra Civil también provocaría una importante demora.

Al mismo tiempo, los aliados desplegaron una intensa ofensiva diplomática para evitar que España se uniese a los alemanes. El 9 de junio de 1942, Carlton J. Hayes fue nombrado al frente de la delegación diplomática de los Estados Unidos en nuestro país. Historiador, ferviente católico, amante y buen conocedor de la cultura española, su elección no parecía casual. Actuando en colaboración con sir Samuel Hoare, su colega británico, la misión de ambos diplomáticos era hacer todo lo posible para tranquilizar a las autoridades españolas y obtener de ellas un compromiso expreso de neutralidad.

Para evitar suspicacias iniciales, se descartó definitivamente el plan de un posible desembarco en las Islas Canarias que en un principio se había barajado y del que habían tenido conocimiento los servicios secretos españoles. Con esta medida se pretendía suavizar el clima de tensión para favorecer el entendimiento entre el régimen de Franco y los aliados. De la misma forma, tampoco se quería presionar en exceso para obtener un compromiso de neutralidad, evitando así poner en peligro el precario equilibrio que España mantenía con los nazis. Pero a pesar de todos estos los esfuerzos diplomáticos no se obtuvieron las garantías esperadas por parte de las autoridades españolas
El 2 de septiembre de 1942 se produjo el cese del germanófilo Serrano Suñer al frente de la cartera del Ministerio de Asuntos Exteriores español. Algunos quisieron ver en esta decisión de Franco, provocada por la supuesta implicación de su cuñado en el incidente de Begoña, como un acercamiento hacia posiciones aliadas. Sin embargo, norteamericanos y británicos no podían arriesgarse y en el marco de la Operación Torch diseñaron una serie de planes para extender su ofensiva en caso de que España finalmente cediera a las presiones alemanas. Se daría entonces el peor de los escenarios posibles y los 70.000 soldados implicados en el desembarco en el norte de África quedarían aislados y a merced de las tropas francesas partidarias del régimen colaboracionista de Vichy y los alemanes que pudiesen llegar desde España. Al mismo tiempo, Gibraltar podría ser bombardeado por la artillería española desplegada en la zona y su hipotética ocupación por fuerzas del Eje sometería bajo su control las dos orillas del Estrecho.
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