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Los negros negocios del beato Marqués de Comillas

Martes 20 de Noviembre, 2012
Claudio López Bru, segundo marqués de Comillas, se encuentra en proceso de beatificación a pesar de que la fortuna que disfrutó procedía del tráfico ilegal de esclavos y de su participación directa en otros oscuros y crueles negocios. Por: Fernando Ballano
Uno no es responsable de lo que hayan hecho sus antepasados, pero sí de aprovecharse de los frutos de esos actos. Antonio López López, primer marqués de Comillas y padre de Claudio López Bru, hizo buena parte de su fortuna traficando con esclavos con destino a Cuba cuando la ilegalización de dicha actividad a partir de 1817 hizo subir los precios. Posteriormente consiguió la exclusiva del transporte de tropas y sus correspondientes municiones de boca y guerra entre España y Cuba.

Antonio nació en Comillas el 12 de abril de 1817. En 1831 emigró a Cuba. En sus biografías se cuenta que prosperó con negocios de harinas pero no citan nada del tráfico ilegal de esclavos. Después se instaló en Barcelona y fundó la sociedad marítima Antonio López y Compañía. En 1859 consiguió el contrato para llevar soldados y suministros a la guerra de África. En 1861 ganó la concesión para el correo a Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo con nueve vapores de hélice. Con la guerra cubana de los diez años, de 1868 a 1878, y los abundantes traslados de hombres y material, amasó una gran fortuna. En 1876 fundó el Banco Hispano Colonial, y dos años después Alfonso XII le nombró marqués de Comillas.

Por su parte, Claudio López Bru nació el 14 de marzo de 1853. Tuvo una cuidada educación. Al morir su hermano mayor se convirtió en heredero del título y de las propiedades de su padre al fallecer éste en enero de 1883. Dejando a un lado lo que hizo su progenitor, sus propias actividades tampoco fueron muy edificantes y mezclaron obras de caridad y de piedad con los negocios más deleznables.

En los siglos XIX y XX el colonialismo en África fue una buena excusa para, bajo el pretexto de la civilización y la predicación, sacar un buen beneficio económico. El continente suponía un lugar donde encontrar materias primas necesarias para la industria europea y un gran mercado donde enviar excedentes o enseres de mala calidad. España poseía el derecho a colonizar toda la costa del golfo de Biafra y la isla de Fernando Póo –300.000 kilómetros cuadrados–. En 1884 y 1885 tuvo lugar la Conferencia de Berlín para el reparto de África y se estableció la regla de que el territorio sería del primero lo ocupara. España, agobiada con guerras civiles y coloniales, llegó tarde y mal a ese juego y se quedó con la isla y un pequeño territorio del tamaño de Galicia en el continente –26.000 kilómetros cuadrados– denominado Río Muni.

Tras la prohibición de la trata de esclavos, los británicos inventaron lo que se ha denominado neoesclavitud. Se dedicaron a patrullar el Atlántico en busca de barcos negreros. Cuando capturaban uno los llevaban a sus islas del Caribe y allí les convertían en aprendices que, por tanto, tampoco cobraban. A otros les convertían en soldados que utilizaban para conquistar otras colonias en nuevos lugares de África. En esas nuevas posesiones imponían a los nuevos súbditos impuestos en metálico. Como no tenían dinero, debían trabajar para pagarlo; por otra parte, se impuso un trabajo obligatorio para agradecer el que construyeran pistas, palacios y fuertes. A buena parte de esos esclavos liberados –libertos– les llevaron a la isla española abandonada de Fernando Póo. En su segunda generación se hicieron los amos, consiguieron grandes extensiones de tierras y fueron los primeros colonizadores. A pesar de que sus padres, o incluso ellos mismos, habían sido esclavos, no tuvieron ningún problema en intentar esclavizar a los bubis –nativos de la isla– y a otros que llevaban de fuera. España no tomó posesión de Fernando Póo hasta 1841 y, al llegar, no tuvo más remedio que aceptarles.

Por otro lado, los esclavos libertos norteamericanos que fundaron Liberia en 1847 aprendieron la lección y, como ellos eran “civilizados” y estaban en contra de la esclavitud, no compraban esclavos, sino que les hacían trabajar para “civilizarles”, en lo que se llamó trabajo forzado, y para que pagaran los impuestos que establecieron. También comprobaron que era un buen negocio “contratarles” sin su consentimiento para llevarles a otros lugares donde necesitaban mano de obra a cambio de una comisión. Esto es, neoesclavitud en la propia África.

No debemos caer en la simplificación fácil de los malvados blancos que maltrataban a los pobrecitos negros. Por desgracia, la esclavitud en África existía mucho antes de la llegada de los primeros europeos y los propietarios que utilizaban trabajadores forzados eran tanto blancos como negros, europeos como africanos. La maldad y la codicia no son privativas de una sola raza o procedencia. De hecho el más rico de la Guinea española fue Maximiliano Jones, de raza negra y descendiente de los primeros libertos llevados por los británicos.

Claudio López Bru fundó la naviera Trasatlántica. Continuó con el transporte de tropas y suministros a Cuba. Entre 1895 y 1898 llevó a 220.285 soldados (240.000 según otras fuentes). En el conflicto murieron 55.078 –2.000 por heridas de guerra y el resto por enfermedades–. Tras la rendición, EE.UU. le pagó a Comillas 100 pesetas por soldado repatriado. En 1919, 20 años después, un pasaje en buenas condiciones para ese recorrido sólo costaba 70 pesetas. A pesar del buen precio cobrado, Comillas les trajo en tan malas condiciones que en el trayecto murieron 4.000. Pero volvieron cantando porque ya se había acabado la pesadilla: hay gente que sabe sacar beneficio hasta de las derrotas.

Antes de que terminara el conflicto cubano, en 1887, se le concedió a la Trasatlántica la línea Barcelona-Santa Isabel (capital de Fernando Póo), lo que permitió que el cacao de la colonia Póo llegara a Barcelona en lugar de a Inglaterra. Comenzaron a establecerse allí muchas empresas catalanas, pero la más importante fue la Trasatlántica, que, a sus actividades marítimas, unió las agrícolas y comerciales. El problema fundamental de Fernando Póo era la mano de obra. Los nativos bubis eran pocos, entre 10.000 y 20.000 según las fuentes, pero estaban escondidos en la selva y no querían trabajar en las plantaciones de cacao, por lo que se llevaba mano de obra engañada desde Liberia a los que se denominaba krumanes (por proceder de una región costera llamada Kru). Claudio se lanzó también a este negocio trasladando esos trabajadores forzados desde esta república a la isla de Fernando Póo en barcos subvencionados por el gobierno. Además supo aliarse en la colonia con el poder fáctico de los misioneros claretianos. En Guinea, estos, desde 1883, además de cobrar del Estado una subvención de entre 2.000 y 4.000 pesetas anuales por cada misionero, conseguían tierras gratis en cualquier lugar donde colocaran una cruz. Con el señuelo de la salvación conseguían que los nativos les trabajaran gratis y llegaban a decirles que la virgen se enfadaba –y les castigaba– si no les llevaban cacao. En sus fincas también utilizaron krumanes cuando no conseguían suficientes “voluntarios”. Después de trabajar toda la semana, al ir a cobrar debían dinero a los misioneros pues se habían gastado más en bebidas o ropas en la tienda que también tenían en la finca.

En determinados momentos los gobernadores eran más o menos progresistas y chocaron con los misioneros claretianos, de lo más conservador dentro de la iglesia, cuyo fundador era el confesor de la reina Isabel II. El segundo marqués de Comillas apoyaba a los misioneros claretianos y utilizaba toda su fuerza en Madrid, hasta el punto que el gobernador Barrasa, en la última década del siglo XIX, echó en cara a los claretianos que “el marqués de Comillas y el P.[padre] Mata eran en Madrid dos potencias que estaban encima de la ley”. Poco después de decir eso le destituyeron. En 1885 los claretianos fundaron en Santa Isabel un “pueblo cristiano” con trabajadores para sus fincas y para las de la Granja Matilda, propiedad de la Trasatlántica.
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