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Y nació la Guardia Civil…

Jueves 20 de Octubre, 2011
Acaban de cumplirse 30 años del nacimiento de la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil, uno de los numerosos cuerpos de élite con los que cuenta este organismo policial surgido en 1844. Un origen fascinante, el de la Guardia Civil, al que es necesario regresar, para comprender la idiosincrasia y filosofía de una institución que trajo la seguridad a España en uno de los períodos más convulsos de su historia. Por: Janire Rámila
Cuando María Isabel Luisa de Borbón y Borbón-Dos Sicilias accedió al trono en 1833, con tres años de edad y bajo el nombre de Isabel II de España, heredó un reino descompuesto por la bancarrota, la guerra y el hambre. La invasión francesa, el desastroso gobierno de su padre Fernando VII y el atraso casi endémico en los campos y fábricas españolas obligaron a los dos grandes partidos del momento, progresistas y moderados, a dejar sus diferencias a un lado para trabajar por el bien común. No había opción.

Una de las primeras medidas sobre las que se trabajó fue devolver la tranquilidad y la seguridad a los campos y pueblos españoles. Desde hacía décadas, el bandolerismo se había adueñado de las carreteras y pedanías. En Galicia, Euskadi, Cataluña, Andalucía, Extremadura… eran los bandidos quienes gobernaban mediante la violencia y el terror a unas gentes deseosas de prosperar en paz. Estos bandoleros se organizaban en partidas, y con sus asaltos a diligencias y comerciantes a pie impedían el despegue económico de la nación. Los políticos comprendieron que la seguridad era la base sobre la que debían sustentar su programa regenerativo y en el decreto de seguridad del 26 de enero de 1844 redactaron lo siguiente: “El Gobierno ha menester una fuerza siempre disponible para proteger las personas y las propiedades; y en España, donde la necesidad es mayor por efectos de sus guerras y disturbios civiles, no tiene la sociedad ni el Gobierno más apoyo ni escudo que la milicia o el Ejército, inadecuados para llevar este objeto cumplidamente o sin prejuicios”.

Efectivamente, hasta ese instante, de la seguridad en el país se encargaba, o bien la Milicia Nacional o bien el Ejército, ambos organismos viciados, tanto por su partidismo político como por su escasa eficacia.

Los gobernantes lo sabían, y sopesaron la idoneidad de fundar un cuerpo policial a escala nacional. Pero, ¿de qué tipo? Porque mientras progresistas abogaban por un cuerpo policial de naturaleza civil, al modelo anglosajón, los progresistas lo querían eminentemente militar, copiando a la gendarmería francesa.

Finalmente triunfó la posición moderada, aunque cediendo concesiones a los progresistas. El resultado fue una fórmula mixta que abogaba por la necesidad de contar con una policía de carácter militar, pero no dependiente del Ministerio de la Guerra, sino del de la Gobernación. Perfilada la idea, el presidente del Gobierno, Luis González Bravo, y el subsecretario de Gobernación, Patricio de la Escosura, pidieron audiencia con la reina Isabel II para presentarle el proyecto. Su primera sensación fue de extrañeza, al encontrarse con un nuevo cuerpo formado por policías civiles, pero armados, algo inaudito hasta entonces. Como ese cuerpo no tenía aún nombre, aconsejó que se le llamase Guardia Civil y así se quedó.

Ya con el consentimiento real, el 28 de marzo de 1844 se aprobó el decreto fundacional que daba carta de naturaleza a “un cuerpo especial de fuerza armada de Infantería y Caballería, con la denominación de Guardias Civiles, dependientes del Ministerio de la Gobernación y con el objeto de proveer al buen orden y a la seguridad pública”.

EL DUQUE DE AHUMADA
Para desarrollar el proyecto se eligió al mariscal de campo Francisco Javier Girón, II duque de Ahumada. Militar conservador, Ahumada era un firme defensor de crear un cuerpo intachable, dedicado el 100% al servicio público y regido por la disciplina militar.

Sin embargo, precavido como era, antes de aceptar el ofrecimiento el duque de Ahumada se encerró junto a un pequeño, pero brillante grupo de oficiales afines, en un edificio de Madrid para redactar el documento conocido como Bases necesarias para que un general del Ejército pueda hacerse cargo de la formación de la Guardia Civil (20 de abril de 1844). Aquel texto lo conformaban sus exigencias personales para encabezar el proyecto. A saber: tener la facultad de elegir personalmente a los cuadros de mando, distribuir a los futuros agentes por el país ordenada y progresivamente, disponer de autonomía en la toma de decisiones…
El nuevo hombre fuerte del Gobierno, el general Narváez, satisfizo casi todas las pretensiones excepto una, integrar la Guardia Civil en el Ejército. No hubo problema.

Su primera medida consistió en elaborar un Reglamento Militar que inculcase a los futuros guardias civiles los valores de la vida militar, con especial atención a la disciplina. Para ello elaboró unas normas severas de obligado cumplimiento, con independencia de la provincia a la que fuera un agente destinado. Entre esas normas se encontraban la prohibición de beber, contraer deudas, vestir indecorosamente o con manchas, recibir gratificaciones por los servicios prestados… Estas disposiciones supusieron una revolución en aquella época para un cuerpo de servicio ciudadano. Por eso mismo el duque de Ahumada se esforzó en hacerlas cumplir desde el inicio, dándose el caso, por ejemplo, de dos guardias civiles que fueron expulsados del cuerpo al sorprenderles un oficial jugando una partida de cartas.

Sin embargo, no todo pudo ser controlado por el duque y el gran vicio de aquellos primeros años consistió en que muchos agentes fueron tomados por sus superiores como criados, a semejanza de lo que en el Ejército sucedía con los ordenanzas. La consecuencia fue que los “auténticos” agentes debieron suplir las horas de vigilancia que correspondían a sus compañeros, alargando sus jornadas con el mismo sueldo y desprotegiendo amplias zonas rurales. La situación se viciaba porque el Reglamento Militar convertía a los mandos en una especie de jueces sobre la actuación de sus subordinados, capacitándoles para imponer castigos.

Pero volvamos a los orígenes de la Guardia Civil. En un primer instante el duque de Ahumada deseaba que los agentes fuesen veteranos del Ejército y paisanos, gente instruida, pero la realidad demostró la inviabilidad del plan. En cuanto a los paisanos, porque el índice de analfabetismo en la península reducía los posibles aspirantes a mínimos y, en lo referente a los veteranos, porque las pagas en el Ejército eran superiores a la estipulada para los guardias civiles y porque el prestigio militar era mucho mayor que el policial. Así que apenas contó con voluntarios profesionales.
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