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Había una vez… ¡el circo!

Jueves 19 de Abril, 2012
El primer circo llegó a España en el año 1830, cuando abrió sus puertas el Circo Olímpico. Desde entonces han discurrido casi dos siglos en los cuales el circo ha reflejado los vaivenes propios de nuestra historia. A menudo, este arte se convirtió en un espejo social y en el reducto donde se expresaban los sentimientos que latían dentro de cada uno de los españoles. No es de extrañar que los payasos salieran a la calle cuando las bombas caían del cielo. Ese era el objetivo que tenían: poner una sonrisa en mitad de dolor. Por: Javier Tenías
A principios del siglo XIX comienza a desarrollarse en Europa el Circo contemporáneo; es un nuevo circo, distinto al que ya conocíamos desde hace siglos, pues éste ya no tratará de luchas entre gladiadores ni de horrendos espectáculos en que las fieras devoran a seres humanos.

El Circo, que en castellano significa círculo, es un ruedo –cuya relación con la tauromaquia viene de antiguo– en el que se muestran espectáculos ecuestres. De allí viene la necesidad de que el espacio sea circular, pues facilita el recorrido que ejecuta el caballo, que gira, a modo de compás, mediante una cuerda sujeta al centro del escenario.

El circo es metáfora del planeta, alrededor de la pista giran esos caballos elegantes, rodeados por las miradas de públicos de todas las edades, creencias y lugares. Como la Tierra, el Circo gira con su propia rotación de funciones y como ella emprende viaje en traslación desprendiéndose de ese eje que es lo humano, iniciando un recorrido por lo grotesco, por lo inaudito y, en no pocas ocasiones, por lo imposible.

En esos primeros recintos que en ocasiones, como las propias cuadras, eran construidos en madera –una de las razones por las que tantas veces resultaron presas del fuego–, se exhibían los caballos entrenados. Pronto sobre ellos actuarían amazonas o écuyères, equilibristas y, cómo no, en cuanto tuvieron ocasión: los payasos.

Con la intención de extender el negocio y en busca del espectáculo total, el circo fue aceptando números de las más variadas disciplinas, desde la pantomima procedente de los teatros hasta los gimnastas provenientes del mundo deportivo; desde las fieras salvajes traídas de lugares de dificultosa señalización en el mapa, hasta simpáticos animales esforzados por despertar ternura.
¿Cómo resistirse a asomarse a la carpa de lo desconocido? Pronto el espectáculo del circo se extiende por toda España, compartiendo misterios ambos, nación y espectáculo. El mayor espectáculo del mundo estaba aquí, con todo lo que pudiera ser imaginable y algo más. ¿O acaso no iba a ofrecer lo imposible?
En un primer lugar, los empresarios y artistas europeos del circo, fascinados por la imagen romántica de España, reprodujeron en sus espectáculos circenses nuestros paisajes, entre realidad y cliché: desde escenas de corridas de toros hasta paisajes andaluces. Esto hizo que no solo el escenario español sino también los artistas de la península trabajasen para estos circos europeos, cobrando fama mundial.

Tras esto, serán los propios empresarios españoles los que decidan alzar sus carpas en las diferentes ciudades del país, quedando gran parte de estos lugares circenses relegados hoy día al más absoluto olvido y a la más triste añoranza: Barcelona, Madrid, Valencia, Alicante, Murcia, Almería, Málaga, Cádiz, Sevilla, Ciudad Real, Lugo, A Coruña, Ferrol, Vigo, Gijón, Donosti, Bilbao, Pamplona, Zaragoza, Las Palmas de Gran Canaria, etc. Estas como otras muchas ciudades han visto desparecer en las últimas décadas sus recintos circenses; excepciones son el Teatro-Circo de Albacete, que sigue en activo, o el más moderno Circo Price de Madrid, que cuenta con programación estable.

De alguna forma España fue tierra de circo, aunque los empresarios que crearon estos primeros circos en el país procedían de otros países europeos.

El Circo tiene en su esencia la necesidad de ser ambulante, pues se trata de un viaje por las emociones y por las geografías. También es un viaje por el tiempo. En 1830 el primer circo ambulante llegó a Madrid, en cuatro años y cambiando la frágil carpa por un sólido edificio se establecería como el Circo Olímpico, al año también surgiría en la capital el Circo Nuevo. En 1846, el Circo Olímpico fue modificado por el marqués de Salamanca y transformado en un teatro de ópera y de bailes con capacidad para 1.600 espectadores. Más tarde se convirtió en teatro de zarzuelas hasta que el renombrado Teatro del Circo desapareció en un incendio en 1876. Y es que la fatídica historia de los circos es la de sus incendios. Fue en su solar, en la Plaza del Rey, donde se construyó posteriormente el Circo Price. William Parish, en 1880, tras la muerte de su yerno Thomas Price, fue quien levantó el Circo Price donde años antes había estado el Teatro del Circo.

Así nos relata la situación de ese antiguo Circo Price un artículo de La nueva España escrito por José González de Tejada en 1872: “Feo por fuera y no muy adornado por dentro; revocadas las tapias de humilde y tosca pintura, y adornada la fachada principal con estatuas de mármol, que desde lejos pregonan no haberse esculpido para estar en aquel sitio, levántase en el paseo de Recoletos un edificio de los más útiles y aprovechados que existen en la corte. Construyóle pocos años hace un inglés llamado Mister Price, destinándole a Circo ecuestre, y desde entonces lucen en él cada verano sus gracias más o menos graciosas los Clowns, su temerario arrojo los acróbatas y los jinetes, y los hechizos de su rostro y de sus formas las bellas ecuyéres. A un lado del circo ábrese espacioso escenario, en el cual por fin de fiesta suelen representarse cada noche vistosas pantomimas.”
El Circo Price, que llegó a tener un aforo de 1800 personas, no se libró de sufrir incendios, traslados y reconstrucciones hasta que vio finalmente la luz tal como lo conocemos en el año 2006, con capacidad para 2254 personas.

El circo español, contando con figuras mundiales de primer orden, cobrará esplendor hasta el inicio de la guerra civil: circos en Madrid y Barcelona serán destruidos, finalizarán las giras y los artistas se verán obligados o bien a emigrar, o bien a cambiar de oficio. Arturo Castilla, payaso y posteriormente empresario de circo, será quien recupere el circo español a mediados del siglo XX, dirigiendo el Circo Price y creando, en unión con otros circos europeos, el Circo Americano.
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