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La gripe española

Martes 23 de Abril, 2013
Hace casi cien años, España tuvo que enfrentarse a una pandemia de gripe que paralizó prácticamente la vida diaria. Una pandemia feroz, terrible, que sumió al mundo en un episodio de muerte y desolación como no conocía desde las grandes oleadas de peste de la Edad Media.

Por: Janire Rámila
Fue una de las pandemias más mortíferas de la Historia y, sin duda alguna, la más importante y devastadora del último siglo. Se la conoció como la gripe española o, simplemente, como la gripe de 1918 y el número de víctimas que dejó tras de sí aún hoy es difícil de cuantificar, aunque se estima entre los 40-50 millones de muertos a escala mundial. Solo en España, la cifra pudo sobrepasar ampliamente los 300.000, al ser uno de los países más afectados.

Dicen los expertos en virología que las enfermedades infecciosas que nos visitan en forma de epidemia lo hacen compartiendo unas características comunes. La primera, que se propagan rápida y eficazmente a partir de una persona infectada a otra sana cercana, “con el consiguiente resultado de que toda la población acaba estando expuesta a un breve período”, asegura el profesor Jared Diamond en su libro premiado con el Pulitzer Armas, gérmenes y acero (DeBolsillo, 2006).

La segunda característica es que son enfermedades agudas, porque en un breve lapso de tiempo el paciente muere o se recupera por completo. En tercer lugar, los afortunados que logran recuperarse desarrollan anticuerpos que les proporcionan inmunidad contra esa enfermedad durante largos períodos de tiempo, la mayoría de las ocasiones, para el resto de sus vidas. Y, ya por último, se trata de epidemias que suelen estar circunscritas exclusivamente a los humanos, porque los microbios o virus que las causan no acostumbran a vivir en el suelo o en otros animales.

Estas cuatro circunstancias se dieron en la gripe de 1918.

Se cree, que el primer caso de infectado por la enfermedad o el primero registrado al menos, se dio el 11 de marzo de 1918 en la base militar norteamericana de Fort Riley, Kansas. En aquel tiempo, los cuarteles eran poco menos que centros de hacinamiento, donde la falta de higiene estaba a la orden del día. Precisamente, el caldo de cultivo para que el virus anidara y se expandiera con fuerza. Y así fue. Seis días después de este primer caso, los enfermos ya superaban los 522 y poco después, gracias a la movilidad de las tropas y de los mandos, se informaba de brotes de gripe en Virginia, Carolina del Sur, Georgia, Florida, Alabama y California.

Pero lo que hacía tan temible aquella gripe no era la velocidad de propagación, sino su propia esencia, lo que comúnmente conocemos como cepa.

Las autopsias realizadas a los fallecidos mostraban unos pulmones endurecidos, rojos y llenos de líquido, lo que demostraba que las víctimas morían literalmente ahogadas, al no poder entrar el oxígeno en los alveolos. Se trataba de una asfixia lenta, iniciada cuando los pacientes comenzaban a presentar manchas de color caoba en los pómulos. Este curioso síntoma provocó que a esta gripe se la bautizara también como “la epidemia púrpura”. Al cabo de unas horas, las manchas se tornaban en negro azulado por la falta de oxígeno y si el color se extendía a los pies, se les consideraba prácticamente desahuciados, siendo entonces apartados, lejos del resto de infectados, para que muriesen en soledad. Para comprender ese proceso, tenemos cientos de crónicas dejadas por los médicos que trataron a los primeros pacientes: “Las caras se vuelven de un tono azulado, una tos trae a colación el esputo manchado de sangre por la mañana, los cadáveres se apilan alrededor de la morgue como leña”.

Inexplicablemente, el virus afectaba principalmente a adultos sanos y fuertes, por lo que nadie se sentía a salvo. En un primer estado, las víctimas fueron casi exclusivamente militares, motivo por el que los periódicos norteamericanos no se hicieron eco del hecho para centrarse en otras noticias más destacadas de la época, como la Ley Seca o la I Guerra Mundial. De haber informado de la epidemia, quizá se pudieran haber aprobado medidas para acotarla, pero no fue así.

Y precisamente fue la I Guerra Mundial la causante de que la gripe saltara al continente europeo. Cuando estalló la epidemia, en aquel marzo de 1918, el conflicto estaba en su pleno apogeo. Europa se había convertido en un inmenso cementerio, donde los hombres peleaban y morían en las trincheras o en los campos, desconociendo que un enemigo más mortífero que las armas de fuego se acercaba sigilosamente. Basta un dato para corroborarlo: la I Guerra Mundial dejó tras de sí unos 20 millones de muertos, la pandemia de gripe, como ya se ha dicho, más de 40.

El momento en el que la gripe saltó al mundo se produjo cuando los soldados de Fort Riley fueron enviados a Francia. Nada más tocar sus playas, el virus se expandió con enorme rapidez y, dependiendo de la nacionalidad afectada, recibió un nombre diferente. Así, los franceses la llamaron “bronquitis purulenta”, los italianos “la fiebre de las moscas de arena” y los alemanes “la fiebre de Flandes”. Pero el nombre que pasaría a la historia es el de “la gripe española”. La razón era sencilla.

Ya en aquella guerra, los diferentes bandos enfrentados hicieron uso de la propaganda bélica, bien para ensalzar sus victorias o para acallar las enormes bajas que se iban produciendo en el frente y evitar desmoralizar a sus respectivas sociedades. Siguiendo esta lógica, a nadie le interesaba hablar de un virus que diezmaba a las tropas y que les hacía enfermar irremediablemente. España, como país neutral, no estaba sujeta a esta censura y los periodistas hablaron sin tapujos de la pandemia que ya estaba asolando a su población. Así, los periódicos españoles se convirtieron en la única referencia informativa que tenía el mundo para conocer el desarrollo de la enfermedad y de ahí vino el sobrenombre de “fiebre española”.

Por cierto, que a nuestro país le gustó tan poco el calificativo, que no tardó en señalar a Francia como el origen de la enfermedad, asegurando que esta había venido de sus campos de batalla y sobrevolado los Pirineos, espoleada por el viento. Pero fue una versión que no llegaría a cuajar y con el sambenito de la “gripe española” nos quedaríamos.

Mientras, fue solo cuestión de tiempo que desde Centroeuropa la gripe viajara hasta Noruega, China, la India o Puerto Rico. La epidemia se convertía en pandemia, viviéndose en todos los países escenas como las ya descritas. Las crónicas relatan, por ejemplo, cómo el número de difuntos era tan elevado, que en las calles de las ciudades se agotaban los ataúdes y los cadáveres debían ser transportados en tranvías o en camiones. Los datos corroboran esta imagen. Los muertos en Nueva York llegaron a los 33.000 y a los 13.000 en Filadelfia. Solo en Alaska, la gripe dejó desiertas varias comunidades indígenas en menos de una semana.
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