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Extranjeros en la Primera Guerra Carlista

Lunes 23 de Febrero, 2015
A la muerte de Fernando VII, su viuda María Cristina fue nombrada reina gobernadora o regente, puesto que la reina Isabel II solo tenía tres años de edad. Carlos Isidro –hermano del difunto– se quedó sin reino y se apoyó en los absolutistas para rebelarse. El primero de octubre de 1833 Carlos se proclamó rey, alegando que la Ley Sálica debía ser “perpetua”. Enseguida estallaron los levantamientos carlistas en Vascongadas, Navarra, Aragón, Cataluña y otros lugares. La causa isabelina contó con el concurso de numerosos extranjeros. Otros, en cambio, simpatizaron con los charlistas. Fernando Ballano

Los galos primero organizaron un cuerpo denominado Voluntarios de París pero los tuvieron unas semanas sin paga y se disolvieron, por lo que recurrieron a la Legión Extranjera Francesa. Esta fue creada en 1931 para luchar como fuerza de choque en la conquista de Argelia. En ella se agrupó a los extranjeros que servían en unidades del ejército francés, sobre todo polacos, alemanes, italianos, belgas y suizos. Una vez más o menos tranquilas las cosas en Argelia, Francia decidió aprovechar sus efectivos y así apoyar a los liberales sin utilizar a sus ciudadanos. Técnicamente la cedieron permanentemente a España. Lógicamente se les debía pagar a cargo del Tesoro español. Se aprobó la participación a finales de junio de 1935 y el 17 de agosto (tras una cuarentena en Mallorca por si traían enfermedades no declaradas), desembarcaron en Tarragona 4.000 efectivos (5.000 según otras fuentes). Georges Blond relata que en el viaje fallecieron 50 por una epidemia de cólera.

A los suboficiales y legionarios no se les permitía decidir y se les consideraba desertores si abandonaban. En realidad les daba igual luchar en Argelia o en España

Parece ser que los oficiales protestaron porque no se les consultó el venir a España. A ellos se les permitió abandonar pero sin derecho a indemnización ni a media paga. Algunos eran veteranos voluntarios de todas las guerras que habían tenido lugar desde que pudieron empuñar un arma y se apuntaron gustosos. Uno de ellos, el capitán Johan Albrecht Hebic llevaba combatiendo desde las guerras napoleónicas. Se le describe como “violento, borracho, testarudo, indisciplinado, vago, pero feroz en el combate”. A los suboficiales y legionarios no se les permitía decidir y se les consideraba desertores si abandonaban. En realidad les daba igual luchar en Argelia o en España. Había un batallón de italianos, uno de belgas, uno de polacos y tres de alemanes y suizos. Desfilaron por la ciudad y se reorganizaron para formar una gran unidad independiente creando tres escuadrones de lanceros polacos, una batería de obuses y una compañía de sanidad. También se decidió acabar con la organización de los batallones a base de soldados la misma nacionalidad y se mezcló a todos. Bernelle, su jefe, fue ascendido de coronel a mariscal de campo. Según Blond se quedaron extrañados de la penuria y desorganización de los ejércitos cristino y carlista.

Ya en Tarragona hubo algunas deserciones entre la tropa. Fueron detenidos y ajusticiados. Los prisioneros de uno y otro bando también eran fusilados a pesar de que se intentaron algunos acuerdos (Convención Elliot), pero los extranjeros no entraban en el trato. A los oficiales se les guardaba y después se les canjeaba. Pudieron comprobar que los carlistas no les torturaban antes de fusilarles como les ocurría con los argelinos.

El general Córdova arengó a los soldados hispanos instándoles a mostrar a los legionarios franceses cómo combatían los españoles pero parece ser que sus palabras no surtieron mucho efecto

El invierno de 1836 fue muy duro con muchas nevadas. El general Córdova arengó a los soldados hispanos instándoles a mostrar a los legionarios franceses cómo combatían los españoles pero parece ser que sus palabras no surtieron mucho efecto y en la batalla de Tirapegui, en abril de 1836, las fuerzas isabelinas dejaron a mil legionarios franceses ante 6.000 carlistas (siempre según los franceses) lo que les ocasionó a los galos 300 muertos. Parece ser que los soldados españoles alegaban que, ya que los legionarios franceses cobraban un buen sueldo, que se lo ganaran. Luchaban bien y mantenían las líneas obedeciendo ciegamente a sus sargentos y oficiales.

Cuando les pagaban se lo gastaban enseguida en una buena borrachera. Cuando no tenían dinero se dedicaban al pillaje. El sargento Gottlieb reconoce que se dedicaban al saqueo y a la destrucción. Utilizaban libros o muebles caros para cocinar y asar las reses que robaban. Cuenta el caso de un legionario que murió ahogado en vino al romper las cubas de una bodega e inundarla.

Su jefe, Bernelle, hizo muchos negocios con los suministros. Cuando llegaron, María Cristina les hizo un regalo de bienvenida de 25 francos por legionario que Bernelle se quedó y acabaron enterándose. Su mujer cabalgaba vestida de torero y la llamaban Isabel III por el lujo que gastaba. Acabó siendo destituido por fraude y le sustituyó Conrad, mucho más cercano a los legionarios. Lucharon sobre todo en Aragón y Cataluña. Los carlistas les hacían muchas emboscadas. Después les enviaron a Navarra donde sufrieron mucho frío. Estuvieron encargados de mantener el frente entre Pamplona y la frontera. Sufrieron hambre por la falta de intendencia. Los carlistas les mandaban emisarios para informarles que en el otro lado se comía y bebía bien y no se pasaba frío. También les prometían mejores sueldos y un mes de adelanto. Con las dificultades económicas de los liberales cada vez cobraban con más retraso. Su jefe solicitó al gobierno francés que les adelantara dinero pero se negó. El francés Blond, estudioso de la Legión, dice que ningún legionario se pasó pero los hechos son bien distintos y los carlistas montaron una unidad con los desertores, sobre todo alemanes y suizos (llamados los Argelinos) al mando de un oficial prusiano. Algunos calculan que casi la mitad desertó y redujeron los seis batallones a tres. Al final, incluso se pasaban sargentos.

 

A principios de 1838 participaron junto a la Legión Auxiliar Británica en la batalla de Arlabán. Después fueron enviados a Pamplona

En marzo del 37 quedaban dos batallones y un escuadrón. Tras un ataque carlista al sur de Pamplona, y encargarles cubrir la retirada, solo quedó un batallón que fue trasladado a Barbastro donde, en junio, los carlistas atacaron con su batallón germano-suizo. Los legionarios franceses acabaron huyendo ante los carlistas y “argelinos”. Los conocidos de cada bando se saludaron, hablaron y después se mataron. El segundo jefe de los legionarios isabelinos trató de contenerles, dejando su vida en el intento a pesar de que era muy admirado por sus hombres. Tras Barbastro solo quedaron 381 soldados legionarios en las filas cristinas. Los carlistas no salieron mejor parados. Quedaron 160 de los 875 del batallón Argelino.

Al regresar a Francia muchos se reengancharon de nuevo en la nueva Legión, en Pau, curiosamente junto a carlistas derrotados exiliados contra los que previamente habían luchado

A principios de 1838 participaron junto a la Legión Auxiliar Británica en la batalla de Arlabán. Después fueron enviados a Pamplona donde las autoridades no les atendieron ni pagaron. El 8 de diciembre de 1838, llegó la orden de licenciamiento y fueron repatriados a Francia. Según Blond, su participación de tres años y medio terminó con “Dieciocho meses de abandono, de miseria y de hambre

Al regresar a Francia muchos se reengancharon de nuevo en la nueva Legión, en Pau, curiosamente junto a carlistas derrotados exiliados contra los que previamente habían luchado. Una mensualidad de sueldos de la Legión Auxiliar Francesa sumaba 600.000 reales, unas 150.000 pesetas, lo que suponía alrededor de una peseta diaria de sueldo para uno de tropa. Los soldados españoles cobraban 25 céntimos, excepto los llamados peseteros, o chapelgorris (gorro rojo), voluntarios vascos, y de otros lugares, que luchaban en las filas isabelinas y cobraban esa cantidad.

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