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ESPAÑOLES EN EL BÚNKER DE HITLER

Martes 25 de Agosto, 2009
Berlín, finales de abril de 1945. El final de la Segunda Guerra Mundial en Europa se aproxima. La artillería rusa bombardea implacable la ciudad mientras sus tanques se abren paso entre las ruinas de la capital del Tercer Reich. A pocos metros del búnker de la Cancillería, donde Hitler se refugia en sus últimas horas con vida, el avance ruso queda detenido frente a la enconada resistencia de sus defensores. En medio del fragor de la batalla, se escuchan órdenes y voces pronunciadas en español por soldados que visten el uniforme de las Waffen-SS alemanas. Por: José Luis Hernández Garvi
A mediados de 1941, un exultante Hitler se frotaba las manos viendo como casi toda Europa se encontraba bajo el yugo de la esvástica. Gran Bretaña y Rusia eran los únicos obstáculos que se interponían en su camino para convertirse en el amo del Continente. Por aquel entonces, España mantenía su neutralidad a duras penas. Recién salido de la Guerra Civil, nuestro país vivía una durísima posguerra que marcó a toda una generación de españoles. Sin embargo, Hitler estaba dispuesto a cobrarse con intereses la ayuda prestada al bando nacional durante nuestra contienda y presionaba a Franco para que se decidiera a unirse a las fuerzas del Eje.

Mientras tanto, el general, tal vez con el propósito de ganar un poco más de tiempo antes de tomar una decisión precipitada, se dejaba querer al mismo tiempo que daba largas, para desesperación de los alemanes y de Serrano Súñer, cuñado y ministro de Asuntos Exteriores de Franco, defensor a ultranza de posiciones germanófilas. Las negociaciones impulsadas con la entrevista de los dos dictadores en Hendaya el 23 de octubre de 1940, quedaron de pronto estancadas. El general se mostraba dispuesto a dar cierto apoyo a las pretensiones alemanas pero a cambio de un precio demasiado alto para los negociadores alemanes. Entre sus demandas, exigía la entrega de Gibraltar y el Marruecos francés. Con respecto al Peñón, ambas partes parecían estar de acuerdo, pero tras el armisticio entre Alemania y Francia en el verano de 1940, Hitler no quería hacer nada que lo pusiera en peligro, riesgo que corría si accedía a la entrega del Marruecos francés. Por si todo esto no fuera suficiente, había que tener en cuenta las pretensiones expansionistas de Mussolini en el Mediterráneo, que en cierta medida chocaban con las demandas españolas. Así las cosas, ni siquiera la enérgica intervención personal de Hitler, presionando directamente a Franco para que éste tomase una decisión, recordándole de nuevo la ayuda alemana prestada en el pasado, sirvió para llegar a un acuerdo.

Ante lo delicado de la situación, con los alemanes por un lado, reclamando la adopción de una decisión clara que supusiese la entrada de España en la Guerra del lado de las fuerzas del Eje, y por otro, con los aliados, jugando hábilmente sus bazas para impedirlo, el general Franco optó por una solución de compromiso. El 22 de junio de 1941, con el ataque a la Unión Soviética y la apertura del Frente del Este se le presentó la oportunidad de contentar a todos a medias. Franco accedió a que se presentasen voluntarios para la cruzada contra el bolchevismo. A las pocas horas del comienzo de la invasión alemana contra el gigante soviético, el ministro alemán de Asuntos Exteriores, Von Ribbentrop, recibió una oferta española de ayuda. El 24 de junio de 1941 se obtuvo la aprobación personal de Hitler para la participación de una legión de voluntarios españoles en la campaña.

Durante los primeros días después del ofrecimiento, se presentaron cerca de 40.000 voluntarios para alistarse en la legión. Ante el aluvión de candidatos, que superó las mejores expectativas, las autoridades españolas vieron que podían hacer algo más que enviar a Rusia una pequeña unidad escogida y que no tendrían problemas en reclutar una división entera que, según los estándares españoles de la época, significaba unos 19.000 hombres. Pronto se empezaron a hacer planes para enviarla cuanto antes al frente oriental como gesto de buena fe hacia los alemanes, una solución que, como Franco pretendía, no suponía la participación directa en el conflicto.

El 27 de junio de 1941, con la División Azul ya formada, se anunció que su comandante sería el general Agustín Muñoz Grandes, un veterano que había forjado su prestigio durante la Guerra Civil y de posiciones ideológicas claramente germanófilas, que llegó a ser descrito posteriormente por el mismo Hitler como “un hombre enérgico”. Dado que España era un país no beligerante en el conflicto, se planteó el problema de cual sería el uniforme que debían llevar los voluntarios de la División. Al no estar en guerra con ningún país, ni siquiera con la Unión Soviética, no podían vestir el de las fuerzas armadas españolas. En un principio se habló de crear un uniforme especial para la campaña, en el que se mezclarían elementos como la boina roja, la camisa azul de Falange y los pantalones usados por la Legión en África. En las imágenes de la época pueden verse a algunos voluntarios luciendo un atuendo parecido. Sin embargo, antes de ser enviados al frente, las tropas españolas fueron obligadas a vestir el uniforme del Ejército alemán. Como elemento distintivo, en la parte superior del brazo derecho llevaban un escudo con los colores nacionales españoles coronado por la palabra “España”.
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