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EL EJÉRCITO AFRICANO DE FRANCO

Lunes 22 de Marzo, 2010
Acuciado por la falta de contingentes con los que nutrir sus filas, el general Franco buscó en el Protectorado marroquí los soldados que no hallaba en España. Así fue cómo miles de musulmanes desembarcaron en la Península, dejando un rastro de sangre, violaciones y pillaje detrás suyo. Actos permitidos y alentados por esos mandos españoles que los mimaron mientras les fueron útiles y que los olvidaron cuando ya no les hicieron falta.

Por: Janire Rámila
Podría argumentarse que la historia de estos soldados comenzó precisamente durante la guerra de Marruecos, ya que, para algunos historiadores, fue el odio engendrado hacia los españoles en esos años lo que les haría actuar con tanta brutalidad en la Guerra Civil. Sin embargo, la explicación no es tan sencilla y exige un mayor análisis, tanto de la época, como de las circunstancias en las que se produjo ese reclutamiento de regulares en el Protectorado marroquí. Tras cruentos años de guerra en Marruecos, que ocasionaron miles de muertos y matanzas tan atroces como las de Annual, el dictador Miguel Primo de Rivera logró controlar la zona, venciendo definitivamente al líder rifeño Abd-el-Krim tras el desembarco en Alhucemas el 8 de septiembre de 1925. En un intento de evitar nuevos enfrentamientos, lo que entonces pasó a denominarse Protectorado de Marruecos se sometió a un férreo control político y militar. Dirigido desde la Delegación de Asuntos Indígenas, el sector se dividió en cinco territorios –Región occidental, Yebala, Gomara, el Rif y Región Oriental– y a estos en distritos y a estos en cabilas o unidades tribales. Un complejo organigrama que necesitaba de la colaboración de los jefes de las cabilas, llamados caíd, para alcanzar una perfecta armonía. Esto era así porque estas gentes, tradicionales en extremo, sólo obedecían en última instancia a sus caídes correspondientes, y nunca a unos extranjeros a los que identificaban con la muerte y la esclavitud. Con esta lección, el Estado español convirtió a los caídes en funcionarios de la Administración colonial, otorgándoles una paga regular que les obligaba a informar de todo lo que sucedía en el poblado bajo su administración. Huelga decir que eran los españoles quienes daban el visto bueno a la elección del caíd, surgido casi siempre entre los marroquíes más adictos a la causa española. Con este sistema, la República creyó tener la zona controlada, desconociendo que había colocado los cimientos para que los sublevados franquistas armaran el ejército necesario, con el que emprender la lucha que les llevaría a la victoria final. Conocedor de las escasas fuerzas con las que contaba para desarrollar el asalto a la Península, Franco, entonces máxima autoridad en el Protectorado, decidió acudir a las cabilas para formar un pequeño ejército que le diera una mínima opción de victoria en la primera fase del golpe de Estado. Apoyándose en el organigrama ya descrito, se ordenó a los caídes reclutar como mínimo a 500 soldados entre los miembros de su poblado. Muchos obedecieron con gusto y otros no tanto, aunque casi todos cumplieron, sabedores de que negarse a obedecer equivalía a la tortura y el fusilamiento. Para animar a los futuros reclutas, se prometió a sus familias la entrega de dos meses de paga anticipada, cuatro kilos de azúcar, una lata de aceite y un pan diario por cada hijo alistado. Acuciados por el hambre, las malas cosechas y la pobreza extrema en la que vivían, fueron cientos los jóvenes que con tales promesas plasmaron su nombre en la hoja de reclutamiento. No sucedió lo mismo, sin embargo, en aquellas cabilas más comprometidas con la causa marroquí. Muchos de sus habitantes habían combatido junto a Abd-el-Krim apenas una década atrás y ahora se negaban a luchar para la causa franquista. La respuesta no se hizo esperar. Los que se negaban a firmar eran encerrados en cuartos oscuros, apaleados y torturados, hasta que de su boca se escuchaba la afirmación para alistarse. Acto seguido se les amontonaba en un camión para ser conducidos a Tetuán o directamente a Ceuta, desde donde serían embarcados rumbo a España.
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