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CANARIS EN ESPAÑA

Jueves 19 de Enero, 2012
La neutralidad de España durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial convirtió a nuestro país en un auténtico nido de espías de los servicios secretos de uno y otro bando. La relación del almirante Canaris, director del Abwehr, el servicio de inteligencia nazi, con nuestro país, se remonta a su trabajo como agente secreto en la Gran Guerra y tuvo continuidad en su amistad personal con Franco, para el que consiguió el apoyo de Alemania en el esfuerzo bélico durante la Guerra Civil. Los consejos del almirante influyeron en la decisión definitiva tomada por el dictador español de no intervenir en la Segunda Guerra Mundial.

Por: José Luis Hernández Garvi
Wilhelm Canaris nació el 1 de enero de 1887 en la localidad de Aplerbeck, distrito de Dortmund. Era el menor de los tres hijos del matrimonio formado por Carl Canaris, director de unos altos hornos, y de su esposa Auguste Amélie Popp. El joven Wilhelm creció en un ambiente de familia acomodada y desde muy pequeño llamó la atención de todos por su inteligencia y dotes de observación. En el colegio demostró estar especialmente dotado para los idiomas y antes de cumplir los dieciocho años hablaba inglés y francés con fluidez. También era un ávido lector que absorbía la información contenida en todos los libros que leía, especialmente los de Historia y Geografía.

Sus lecturas influyeron decisivamente en él a la hora de elegir cuál iba a ser su profesión. Wilhelm pertenecía a una familia que tradicionalmente se había dedicado a los negocios industriales y cuando les anunció su deseo de convertirse en oficial de la Marina Imperial la noticia causó una lógica conmoción. La muerte prematura de su padre le allanó el camino y en 1905 ingresó como cadete en la Academia Naval de Kiel. Durante su formación sobresalió por su carácter discreto y dotes diplomáticas, cualidades que le serían de gran utilidad en el futuro. Finalizó su formación con buenas notas y tras recibir en 1907 su despacho como alférez de marina, fue destinado al crucero Bremen.

Enviado como barco estación a las costas de América del Sur, el Bremen inicio un periplo naval que le llevó a visitar los puertos de un gran número de países iberoamericanos. Canaris aprovechó ese tiempo para aprender español y mejorar sus conocimientos geográficos y políticos de la zona. Su siguiente destino fue en la flota de torpederos del Mar del Norte, puesto que era considerado duro y difícil por las condiciones del servicio y que era aprovechado por los mandos para evaluar y curtir el carácter de los jóvenes oficiales. Como era de esperar, Canaris superó la prueba sin más problemas y tras la experiencia fue destinado de nuevo a prestar servicio en un barco de mayor porte.

En otoño de 1912 embarcó en el crucero Dresden que partió rumbo al Mediterráneo Oriental. Después de una breve estancia en Turquía, el barco navegó hacia América del Sur para sustituir al Bremen. La experiencia y los conocimientos adquiridos por Canaris en travesías anteriores fueron de gran utilidad para el capitán Köhler, comandante del Dresden. Ascendido a teniente primero, el joven Wilhelm tendría muy pronto ocasión de demostrar sus capacidades.

Durante la revolución mexicana, la ciudad de Tampico fue escenario de violentos enfrentamientos entre las tropas gubernamentales del presidente Huerta y las fuerzas revolucionarias. Un gran número de extranjeros se vieron atrapados en medio de los combates, sin posibilidad de escapar cuando los barcos de las potencias europeas se retiraron de las aguas territoriales mexicanas. Únicamente el Dresden se mantuvo cerca de la costa, lo que le permitió rescatar a varios cientos de ciudadanos norteamericanos. Cuando en julio de 1914 dimitió Huerta, de nuevo el crucero alemán alcanzó protagonismo al recibir la orden de trasladarlo hasta su exilio en Kingston, la capital de Jamaica. En todas estas misiones, Canaris jugó un papel destacado, ejerciendo como intérprete y ayudando a Köhler en sus gestiones.

Tras su agitada travesía sudamericana, el Dresden debía regresar a Alemania pero el estallido de la Primera Guerra Mundial trastocó los planes. El crucero recibió entonces la orden de atacar a los barcos aliados que navegasen a lo largo de las costas del continente americano. Después de varias acciones de combate, el barco se dirigió hacia Valparaíso para cargar carbón y aprovisionarse de alimentos. Formando parte de la escuadra del Conde Spee, el Dresden fue el único barco superviviente del enfrentamiento mantenido con una flota inglesa frente a las costas del archipiélago de las Malvinas. Sin apenas carbón ni víveres en sus bodegas, el crucero encontró refugio en las bahías y canales desolados bajo soberanía chilena en la Tierra del Fuego.

El 9 de marzo de 1915, mientras el barco alemán permanecía forzosamente anclado, apareció en el horizonte la silueta del Glasgow, uno de los cruceros ingleses de la flota que intentaba descubrir su escondite. A pesar de la superioridad artillera del navío británico, la tripulación del Dresden se negó a rendirse y su capitán decidió hundirlo por sus propios medios antes de que lo hicieran sus enemigos. Los oficiales y marineros alemanes fueron entonces internados por las autoridades chilenas en la isla de Quiriquina bajo una relajada vigilancia. Mientras estaban confinados, Canaris decidió intentar la huida, y tras obtener el permiso del capitán Köhler planeó con meticulosidad todos los detalles de la misma. El largo viaje reunía muchos de los elementos de los libros de aventuras que le gustaba leer cuando era niño.

De Quiriquina escapó remando en un bote hasta llegar a tierra firme y su dominio del español le ayudó a cruzar los Andes a caballo. En las navidades de 1915, pisando suelo argentino, encontró refugio en casa de los von Bülow, una familia de terratenientes de origen alemán. Ya en Buenos Aires, consiguió hacerse con un pasaporte chileno falsificado a nombre de Reed Rosas y allí esperó el momento oportuno para embarcarse en un navío que lo llevase de vuelta a Europa. Durante la travesía del Atlántico a bordo de un vapor holandés, el joven Canaris no despertó ninguna sospecha entre el resto de pasajeros y tripulantes.

Antes de llegar a su destino, el barco fue interceptado por las autoridades navales británicas y desviado al puerto de Plymouth para someterlo a un riguroso registro. Todos los pasajeros fueron interrogados y cuando le llegó el turno a Canaris supo mantener la suficiente sangre fría para engañarlos. Tras superar el trámite, el barco holandés prosiguió su travesía sin más incidentes hasta llegar al puerto de Rotterdam. Desde Holanda, y gracias a su pasaporte chileno, el joven marino atravesó la frontera con Alemania y tras unos pocos días de descanso en casa de su tía Dorothea Popp, se presentó a sus superiores con un detallado informe de su aventura.

Armado con su pasaporte chileno y bajo la máscara de Reed Rosas, Canaris apareció en Madrid en el verano de 1916 sin que sepamos cómo consiguió atravesar las fronteras hasta llegar a nuestro país. En aquel momento la ciudad, como capital de un país neutral cercano a los campos de batalla europeos, se había convertido en un centro de espionaje para todas las potencias beligerantes. Bajo las órdenes de von Krohn, agregado naval en la embajada alemana en Madrid, Canaris debía buscar y preparar colaboradores en los puertos españoles que observasen los movimientos de los barcos mercantes y de guerra aliados, averiguando cuáles eran sus cargas y rutas, información de vital importancia para que pudieran ser interceptados por los submarinos alemanes. Al mismo tiempo debía contactar con los comerciantes dispuestos a suministrar los víveres, combustible y piezas de recambio que pudiera necesitar la flota alemana, así como con aquellos capitanes que se atreviesen a realizar el abastecimiento en alta mar. Su dominio del castellano y el encanto personal que irradiaba su personalidad franca y abierta, le ayudaron a cumplir de nuevo con éxito la misión encomendada.

En aquellos días, el joven, simpático y atractivo “chileno” se relacionó con lo más selecto de la sociedad madrileña de la época. A Canaris le gustaba mucho España pero llegó un momento en que su actividad como espía se hizo demasiado evidente. Decidió entonces salir del país por la puerta de atrás, confiando en que sus habilidades le ayudarían a llegar a Alemania para reincorporarse al servicio activo en la Marina Imperial.

Perseguido por los servicios de inteligencia británicos, fue interceptado cuando intentaba atravesar la frontera italiana. Encarcelado en una oscura celda, soportó los interminables interrogatorios sin revelar su verdadera identidad. En todo momento mantuvo su coartada sin contradecirse, afirmando que era un ciudadano chileno, hijo de madre británica, que viajaba de España a Suiza para tratarse la tuberculosis que padecía. Para hacer más creíble su relato, Canaris se mordía los labios hasta hacerse sangre que luego escupía aparatosamente. Los servicios de contraespionaje aliados no tenían nada contra él, únicamente la sospecha de que podía tratarse de un espía alemán, pero se negaban a dejarlo en libertad.
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