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Bienvenido Mr. Marshall, nuestro sueño americano

Miércoles 20 de Febrero, 2013
En 2013 se cumple el sesenta aniversario del estreno de Bienvenido Mr. Marshall, obra cumbre del maestro Berlanga y referente indiscutible no sólo de nuestra cinematografía, sino de la historia reciente de España. Texto y fotos: Gabriel Muñiz (Paisaje Humano). Fotos históricas del rodaje: cortesía del Ayto. de Guadalix de la Sierra
Han transcurrido sesenta años desde aquel aciago día en que seis o siete vehículos atravesaron, como alma que lleva el diablo, el municipio de Villar del Río. En nuestra retina quedaron sus incrédulos habitantes, con un palmo de narices mientras coreaban, todos a una, aquella estrofa referida al “tronío” americano. La escena pertenece a la ficción, a la inefable película Bienvenido Mr. Marshall, aunque el retrato de aquel pueblo andaluz, en realidad el madrileño Guadalix de la Sierra, trascendió lo estético para convertirse en un lúcido documento de nuestra España de entonces.

Ciertos rincones del casco histórico aún recuerdan al Guadalix en que Berlanga se fijó para filmar Bienvenido Mr. Marshall. Aparte de algún caserón, es digna de mencionar la iglesia, que sirvió de portentoso telón de fondo para el rodaje, y hoy se exhibe ante el visitante bajo la estela de bulliciosas cigüeñas. Pero es quizás la fachada del robusto ayuntamiento la que rememora con más intensidad la película: desde su balcón de forja se explayaba a gusto el entrañable José Isbert, representando con ímpetu su papel de instigador alcalde tocado con sombrero andaluz.

El sesenta aniversario del estreno no podía pasar de largo, tal como hicieran entonces los veloces automóviles gringos. Aunque hayan transcurrido muchos años, la mayoría de los españoles, más o menos longevos, de derechas o de izquierdas, dejan ver en sus rostros un gesto de agrado al recordar la película. Para los vecinos de Guadalix, aún más, el rodaje de Bienvenido Mr. Marshall supuso, y aún hoy supone, un hito inolvidable en sus vidas. No en vano, según afirman los actuales responsables políticos del municipio, es imposible proyectar la película entre los vecinos por el bullicio que indefectiblemente tiene lugar, identificándose y burlándose los unos de los otros en incontenibles carcajadas.

Tal fue la repercusión social, que la película se ha convertido en seña de identidad y aún continúa siendo un emblema turístico de la localidad. Sin ir más lejos, y con ocasión del cincuenta aniversario, se inauguró un monumento alusivo al rodaje en la rotonda de entrada a Guadalix. Se debe a la escultora Ana Hernando, y representa a dos personajes que sujetan varias pancartas en las que se puede leer “Bienvenidos”, “Hola” y “Welcome”. Desde 2011, asimismo, una nueva escultura a tamaño natural representa a aquel alcalde “prometiendo una explicación” y gesticulando desde el balcón del ayuntamiento.

Ya desde los comienzos de la Guerra Civil, tanto el bando nacional como el republicano descubrieron el potencial propagandístico que suponía la utilización del cine, hasta el punto de que, concretamente en el bando franquista y concluida la contienda, ya se había creado el Departamento Nacional de Cinematografía.

El final de la guerra, sin embargo, traería consigo consecuencias irreparables para el talento cinematográfico español, pues muchos de los profesionales adscritos al bando republicano hubieron de marchar al exilio, donde solo un puñado de ellos pudo continuar a duras penas con su labor artística.

La singularidad de Bienvenido Mr. Marshall, en este sentido, solo puede entenderse haciendo referencia a la procelosa atmósfera político-cinematográfica en la que debió lidiar, tanto como proyecto como en su implementación. El régimen recién instaurado, receloso de cualquier influencia exterior, se preocupa de reinterpretar cualquier producción extranjera procediendo a su traducción y doblaje (una rémora, la del doblaje, que continúa vigente y ha limitado nuestra comprensión idiomática respecto a otros países de nuestro entorno).

Sin embargo, la censura se hizo más palpable en lo referente a las producciones internas, resultado de lo cual, en la década de los 40 irán exhibiéndose las primeras películas que salvaron sin problemas los filtros del régimen mientras otras quedaban en la cuneta. Huella de luz, de 1941, La torre de los siete jorobados, de 1944, o Locura de amor, de 1948, son algunos títulos de aquella época, a los que se sumará Raza, cuyo guión, parece ser, fue escrito por el mismo Francisco Franco bajo seudónimo.

En referencia al primer cine de posguerra, Bardem, coguionista de Bienvenido Mr. Marshall, definiría al cine de nuestro país como “políticamente ineficaz, socialmente falso, intelectualmente ínfimo, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”. La carga moralizante de la que estarán teñidas las sucesivas producciones resultará evidente. La década de los 50, a la que pertenece Bienvenido Mr. Marshall, es testigo de la puesta en marcha de los dos primeros festivales cinematográficos de nuestro país, el de San Sebastián y el de Valladolid, lo que permitirá cierto acceso aunque exigua influencia del cine foráneo. Títulos de corte histórico con dudosa objetividad, o más moralistas como Marcelino Pan y Vino, de 1955, seguidos de otros de influencia neorrealista como por ejemplo El Pisito, de 1959, son buena muestra del autocontrol que preside el cine español vigente en la época.

En otra dimensión, el fenómeno cinematográfico jugaría un papel determinante a partir de las décadas de los años 50 y 60. La España rural, demasiado ocupada en la subsistencia, se sintió deslumbrada ante la repentina y en principio esporádica aparición de los equipos de rodaje, y, sobre todo, de las rutilantes estrellas de la pantalla, que parecían, por contraste con la población autóctona, llegadas de otro planeta. El nombre de referencia, todos coinciden, fue Samuel Bronston, el productor de cine que, venido de las Américas, supo ver el potencial paisajístico y climatológico, humano y económico de nuestro país. 55 días en Pekín, El Doctor Zhivago, La caída del Imperio Romano y muchos otros títulos tuvieron como telón de fondo nuestras montañas y nuestros pueblos. Llama la atención, sobre todo, la interacción que se produjo entre los profesionales y los lugareños que acogieron aquellas superproducciones. Todos y cada uno de los habitantes de los pueblos elegidos se vieron involucrados de una forma u otra en tan azarosa aventura: carpinteros, electricistas, cerrajeros, costureras y un largo etcétera, eran reclutados para formar parte del entramado artístico. A cambio de su colaboración, los municipios agraciados con la presencia del cine eran obsequiados con una fuente pública, con el asfaltado de una calle o algo por el estilo.
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