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El asesinato de Lincoln: La conexión española

Miércoles 19 de Diciembre, 2012
El 14 de abril de 1865, John Wilkes Booth asesinó a Abraham Lincoln de un disparo en la cabeza cuando el Presidente de los Estados Unidos asistía a una representación en el Teatro Ford de Washington. Desde aquel día libros, documentales y películas han tratado este magnicidio desde todos los puntos de vista. La última obra es Lincoln, de Steven Spielberg, protagonizada por el mítico Daniel Day-Lewis y que se ha estrenado en Estados Unidos y llega a España en las primeras semanas de 2013. Sin embargo, la mayoría de estas obras han ignorado la sorprendente conexión que el asesino acabaría teniendo con España. Por: José Luis Hernández Garvi
John Wilkes Booth nació el 10 de mayo de 1838 en una granja de la localidad de Bel Air, en el estado de Maryland. El niño se crió en un ambiente familiar condicionado por el carácter bohemio de su padre, Junius Brutus Booth, un actor de origen inglés que había alcanzado cierta fama representando obras de Shakespeare. Los que conocieron a John en su niñez lo describían como un muchacho inteligente y alegre, que disfrutaba montando a caballo o practicando esgrima y al que no le gustaba demasiado asistir a la escuela. Al principio de su adolescencia estudió en un internado para jóvenes y durante aquella etapa vivió una experiencia que marcó para siempre el resto de sus días. Según el relato contenido en las memorias que su hermana pequeña, Asia Booth Clarke, escribió en 1874, cuando John tenía trece años una gitana le leyó la palma de la mano. La adivina le predijo que iba a tener una vida intensa pero corta, muriendo joven por culpa de un destino fatal.

Tras su breve paso por el internado, John ingresó por expreso deseo de su padre en una estricta academia militar en Catonsville, Maryland, que pronto abandonaría manifestando su deseo de continuar con la tradición familiar y convertirse en actor. En aquellos años empezó a estudiar las obras de Shakespeare y cada día lo veían salir de su casa para adentrarse en los bosques cercanos donde hacía ejercicios de declamación. Sus esfuerzos le dieron pronto sus frutos y con apenas diecisiete años Booth vio cumplido su sueño, debutando el 14 de agosto de 1855 en el Charles Theatre de Baltimore, interpretando un papel secundario en Ricardo III. Durante su actuación, el joven actor olvidó algunas frases de su texto, siendo abucheado por el público.

Aunque nunca pasase de ser un actor mediocre, su imagen de galán romántico le ayudó a abrirse paso en el mundo de la interpretación, obteniendo gracias a ellos sus primeros éxitos. Algunos críticos empezaron a llamarle “el hombre más guapo de los Estados Unidos” y el público femenino acudía en masa a los teatros para contemplarlo. Influenciado posiblemente por su padre, Booth declaró que prefería las obras de Shakespeare entre todas ellas, y especialmente al personaje de Marco Bruto en Julio César, precisamente por ser el asesino de un tirano.

En esos años los empresarios del mundo del espectáculo se lo rifaban para que firmara un contrato con ellos, entre ellos John T. Ford, un antiguo conocido de la familia que poseía un teatro en Washington. Dedicado de lleno a su carrera profesional, por aquel entonces no había demostrado demasiado interés por la política, aunque sus conocidos le habían oído hablar más de una vez de la antipatía que sentía por Lincoln y sabían que era miembro de los Know Nothing, un grupúsculo ultranacionalista que se oponía a la inmigración extranjera hacia los Estados Unidos.

Al inicio de la Guerra de Secesión, el actor se encontraba actuando como protagonista en una obra que se representaba en un teatro de Albany, Nueva York. Al conocer la noticia, Booth se dejó llevar por su carácter vehemente, haciendo unas declaraciones en las que manifestaba abiertamente su apoyo a la causa de la Confederación. Sus palabras, pronunciadas en territorio del Norte, desataron una ola de críticas contra él que lo calificaban de traidor y esclavista. A pesar del revuelo levantado, su carrera como actor no se vio afectada y a lo largo de la Guerra de Secesión Booth continuó actuando en obras de teatro representadas tanto en los escenarios de los estados de la Unión como en los del Sur, viajando con total libertad por el país dividido.

Según relata Asia en su libro, su hermano le confesó que se había aprovechado de esa circunstancia para introducir quinina de contrabando en el Sur, burlando el bloqueo impuesto por el Norte y ayudando así a la Confederación a conseguir ese medicamento. Según algunos autores, Booth también habría ejercido como espía durante la guerra, llegando a reunirse en Montreal con Jacob Thompson y Clement Claiborne Clay, dos de los responsables de los servicios secretos confederados, aunque realmente no existen testimonios que puedan demostrar esos encuentros ni pruebas fiables de su trabajo como agente al servicio del Sur. Al margen de estas sospechas, el único incidente de importancia en el que Booth se vio envuelto a lo largo de la guerra fue su detención, a principios de 1863, en la ciudad de Saint Louis cuando estaba de gira. De nuevo se dejó llevar por su incontinencia verbal y alguien le escuchó decir que “…deseaba que el Presidente y el maldito Gobierno se fueran al infierno”. Denunciado y acusado de traidor, el actor fue puesto en libertad tras tomársele juramento de lealtad a la Unión y pagar una elevada multa.

Booth tendría la oportunidad de conocer al Presidente antes de que sus respectivos destinos decidieran encontrarse de forma trágica. Como si se tratase de una funesta premonición, el lugar del encuentro fue el teatro Ford de Washington, un escenario bien conocido por el actor. En esa ocasión, Lincoln asistió a la representación de una obra en la que Booth encarnaba el papel protagonista. En un momento determinado de la función, mientras pronunciaba con voz enérgica sus líneas de diálogo, realizó una velada amenaza al Presidente, apuntando con su dedo índice hacia el palco que ocupaba. El gesto y la intención no pasaron desapercibidos en el patio de butacas y algunos de los acompañantes de Lincoln no dudaron en hacérselo notar. Aquel día el Presidente mantuvo la calma y tranquilizó a los miembros de su séquito, sin dar demasiada importancia al incidente.

Cómo John Wilkes Booth llegó a liderar una conspiración para secuestrar a Lincoln continúa siendo un enigma que todavía no ha sido resuelto del todo por los historiadores. Su odio hacia el Presidente era evidente, pero nadie le consideraba capaz de ir más allá. No se ha podido establecer desde cuando le estaba rondando por su cabeza la idea de llevar a cabo una acción espectacular capaz de poner de rodillas a la Unión. Durante años Booth había acumulado el odio contra el Lincoln y el Norte en una olla a presión que a principios de 1865 estaba a punto de estallar. El definitivo cambio de signo de la Guerra de Secesión fue la gota que colmó el vaso para decidirle a dar un paso que podía cambiar el curso de la Historia.
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