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El amor platónico de dos grandes poetas españoles

Jueves 14 de Febrero, 2019
El encuentro de Carlos Edmundo de Ory con Gloria Fuertes fue uno de los momentos más importante para la vida de los poetas. Reconstruimos esa relación y descubrimos un fascinante e inagotable universo. José Manuel García Gil.

Cuando Gloria y él se encuentran tienen más cosas en común de las que ellos piensan. Los dos se sienten llamados a ser poetas y ya han comenzado a demostrarlo en revistas, periódicos o recitales radiofónicos; los dos han estrenado alguna modesta obra de teatro en Madrid o en Cádiz; los dos, en definitiva, han adoptado el mundo de la imaginación como instrumento de conocimiento.

Y aunque se llevan seis años de diferencia, también en lo personal guardan puntos de conexión: ambos tuvieron que pasar por la desagradable situación de desamor que existía entre sus padres y los dos sufrieron una muerte trascendente: Gloria, la de su madre, cuando contaba 18 años; Carlos, la del padre, cuando aún no había cumplido los 16.

Lo cierto es también que aquel primer encuentro madrileño no fue casual, sino concertado. En 1939, Gloria había escrito su primer relato para niños y lo había enviado a la revista Maravillas, suplemento infantil del diario Arriba, portavoz de la Falange, dirigido por fray Justo Pérez de Urbel, que se lo publica y la contrata al año siguiente, para trabajar como redactora de plantilla. Durante esos años, colaborará asimismo en revistas juveniles como Flechas y Pelayos, en la que Carlos también publicaría poemas.

Es evidente que se leyeron el uno al otro previamente y se sabe que Ory le envió, cuando ella llevaba en la redacción de Maravillas la sección semanal de poesía, un soneto que le publicó de inmediato. A partir de ese primer contacto se hicieron amigos y de seguro habría una correspondencia antes de su reunión madrileña –que ha desaparecido– y una promesa de futuro encuentro.

UN PASEO POR MADRID
La promesa se cumple, como se subraya en la biografía de ambos, ese 8 de octubre. Ese día se patearon juntos Madrid desde primera a última hora, de Lavapiés a la calle Mayor, de las acogedoras tabernas a la hilera de casetas de la Cuesta de Moyano. Pasearon, hablaron de lo divino y de lo humano, se leyeron poemas, comieron juntos un menú de tres pesetas, tinto, aceitunas y patatas fritas. Ya en aquella primera cita otoñal, Gloria le dedicó estos versos:

“Es de Ory el apellido
y es de oro el corazón.
Es de artista su aventura
y es de poeta su voz”.

Carlos guardó tan grata impresión de aquella chica burlona, tímida y audaz que, a su vuelta a su rincón natal, le respondió con algún poema como este:

“Gloria una tarde-tarde…
Salí de Cádiz perdido
¿Iba buscándote, acaso
lleno de lirios?
Salí de Cádiz, dejé
un mar niño,
una luna solemne
cuajada de suspiros.
Iba buscándote, iba
buscándote pálido y tímido”.

Un poema que le manda a Madrid junto a una carta de 29 de enero de 1943 donde le dice: “Lo escribí a continuación de la carta, ni borrador, ni pensar la frase de después, tras la que iba escribiendo, Gloria. Es como si me dictase un ángel, y yo solo escribiera. ¿Es eso ser poeta?”. Estos poemas que intercambian, y que acompañaban a cartas que Ory debió de haber destruido, irán virando el tono y si empezaban buscando confirmación a su juvenil condición de poetas, acabarán al poco evidenciando lo que será una atracción creciente a pesar de la distancia geográfica entre ambos.

IMPACIENCIA DEL CORAZÓN
A comienzos de 1943, el poeta gaditano había caído enfermo y pasaba mucho tiempo encerrado en su casa de la Alameda. Tiempo para leer de la rica biblioteca de su padre y para soñar con el reencuentro con su nueva amiga madrileña. Ory está impaciente, pero ignora cuándo volverá a Madrid y la verá de nuevo. En medio de esta convalecencia, se escriben cartas y versos. Uno de ellos dará título al libro de Gloria Fuertes Los brazos desiertos, publicado en 2009 en Torremozas, con los poemas de amor dedicados por ella a Carlos:

“Esta tarde te vas, y yo me quedo
con los brazos desiertos”.

Y acaba:

“Si no vienes pronto, yo
me moriré de amor”.

Luego, este último verso fue tachado y sustituido por el menos explícito, “me quedaré sin voz”. Son poemas primerizos que no se escriben para ser publicados, sino que los dicta la servidumbre amorosa. El joven Ory se muestra como un aprendiz de poeta, todavía sin voz propia, que reproduce las influencias recibidas de escritores románticos como Bécquer o de Juan Ramón, entre otros. En algún poema de Gloria Fuertes, como el posterior de 5 de noviembre de 1943, dedicado “al poeta Carlos Edmundo”, también figura tachado “poeta Carlos” en cinco estrofas, sustituido a mano por “amado”. De las tachaduras se deducen los distintos grados de enamoramiento que, aunque mayormente por escrito, sintieron el uno por el otro.

EL CORAZÓN TRAICIONADO
Cuando Carlos regrese a Madrid en julio de 1943, irá a ver a su tío Antonio, y allí se encontrará con Emilia de quien se enamorará desde ese instante. A partir de ahí especular con lo que pasó es bien sencillo. Ory tuvo que volver a ver a Gloria al poco de llegar, pero, como ocurre muchas veces, sus sentimientos ya no eran los mismos y, sobre todo, se le había cruzado en el camino su prima Emilia, a la que enseguida convertirá en su novia oficial.

Desde ese momento, lo que van a atestiguar los poemas es el desencuentro amoroso. Pero también el dulce empecinamiento de Gloria:

“¡Te quiero aunque la vida no lo quiera!
No me importa saber que no me quieres.
Si quieres yo me quedo por si quieres,
quererme alguna triste madrugada”.

Aún en ese intercambio de cartas de julio y de septiembre de 1944 ella le pedirá que regrese. Y habrá también, por ejemplo, un poema de Gloria, fechado el 3 del último mes, contestando una carta de él que no tenemos, en el que aun aceptando que el amor ha cambiado de estado, ella sigue proclamando su condición de enamorada –quizás más del poeta que del hombre– en estos términos:

Vuelve, soy fuerte y tengo miedo
de conocer tu sangre,
y de perder tu verso.
Yo tenía un poeta –¡tú, Carlos!–
Ya no lo tengo.
Y tú sigues teniéndome a mí
porque yo no me alejo
de los seres que a mí me desprecian
y que lo que es blanco, locos lo ven negro.
Vuelve, que soy fuerte y lo deseo. [... ]
Vuelve, mi poeta, a escribir
mi nombre en tu negro cuaderno.
Yo soy distinta.
Yo todo lo comprendo.
Y mientras ella te ama,
yo sólo te quiero.

Estos dos últimos versos, con la referencia evidente de Gloria a Emilia Palomo, no están en la edición de Torremozas. Como también son inéditos estos que Carlos le dedica a ella con dulzura:

“¿Tú lo sabes, amor, te llevo en brazos,
o es que tú me llevas?
Pero yo sé que nuestros pies
no pisan las piedras”.

Unos versos que certifican que el amor que ella siente ya no es correspondido por Ory. Como Gloria confiesa en su Autobio: “Nadie me quiso tanto / Como yo quise”.

NI MÁS NI MENOS…
Entre ellos no hubo quizás más, pero tampoco menos, que palabras de amor y desamor. Suficientes para establecer una relación afectiva, quizás platónica, pero profunda y trascendente. Solo en una ocasión –al menos yo solo he encontrado una– Gloria escribe en términos misteriosamente eróticos, contestando a una carta de Carlos, de nuevo extraviada, en julio de 1944. Ante las prisas de Carlos por encamarse, ella responde:

“Del pico de mis manzanas
ha de beber un poeta
que ame mi alma y mis ojos
más que mi cuerpo y mi lengua.
Yo quiero que dure mucho
el amor que a mí me tengan”.

La referencia a un probable encuentro sexual que Carlos propone y ella rechaza se adivina en estos versos. Un fuerte y apremiante deseo de Ory al que ella antepone su pureza. Al contrario, con Emilia, a pesar de las restricciones de aquella época oscurantista, sí que vivirá una relación de amor plena. De esto, como de otras cuestiones de su ámbito íntimo, nada contará en la parte publicada de su Diario. Gloria asoma por aquellas fechas, en las que más trato tienen, solo el 3 de julio de 1944. Carlos consigna que ella le manda un retrato suyo –que se ha perdido– dedicado.

A través de Carlos, quien la presentó al resto de sus amigos, Gloria Fuertes acudió a alguna de las reuniones “de hombres” del postismo, para quienes la madrileña fue todo un hallazgo y cómplice de aquella vivísima fraternidad poética. En el texto Historia del postismo, incluido como apéndice en la antología de su poesía que Félix Grande publicó en 1970, Ory habla de su amiga como de “mi mejor discípulo natural”, apostillando: “Gloria es una anima naturaliter postista tanto como cristiana”.

Por eso, la poeta no traiciona ninguna idea verdadera o sincera al declarar sobre sí misma: “Fui surrealista, sin haber leído a ningún surrealista. Después, aposta, postista”. Una confesión de que su espíritu vital y lírico fue verdaderamente postista, aunque no entrara –ni publicara en sus revistas– en esas propensiones de estética de vanguardia que promulgó el postismo.

Tocado y hundido el postismo, la relación entre Gloria y Carlos siguió siendo profundamente fraternal. Ella le dedicará en 1950 el poema Delirio de Isla ignorada, su primer libro de versos. Él, por su parte, la presentará en la Asociación Amigos de Bécquer, el miércoles 31 de enero de 1951, en una sesión poética junto a María Isabel Secades. Y cuando, promovida por Antonio Gala, Rafael Mir y Julio Mariscal y dirigida por la propia Gloria Fuertes, se funde en diciembre de 1952 la revista Arquero de Poesía, ella pensará en su amigo Ory para abrir el primer número con el original poema “Trabajo de amor” que, ante los oídos acostumbrados al relamido esteticismo o al humanismo neoaleixandrino, ejercerá la función de revulsivo:

“Cuando tu bello hocico beso y muerdo
y en tus pies una oscura tumba tiembla
oigo rodar tu hipo tranquilo y plateado
en la cama camera limpia y triste…”.

ENTRE LA EMOCIÓN Y EL DISPARATE
La marcha a París y luego a Perú de Carlos les separó física, que no emocionalmente. Así, en los esporádicos regresos a Madrid del errante poeta gaditano solían encontrarse para reverdecer viejos y divertidos laureles.

Como si no hubiese pasado más de un cuarto de siglo de las farras postistas, Antonio Hernández es testigo de una noche de finales de los sesenta, con Ory subido a un árbol, por resonancias de lo que hacía Miguel Hernández, en la Castellana, mientras Gloria, junto a Phyllis y otros poetas acompañantes, aprovechaba para gritar que venía la policía y recitar aquello de “santo ángel de la guarda, patrón de la policía, qué mal te portas conmigo, vida mía…”. Ambos compartían el don de transformar la emoción en disparate.

Hubiera lo que hubiera entre ellos, quedó en definitiva una hermosa amistad que en nada se vio alterada por un supuesto amor roto o no correspondido. Una amistad que fue de menos a más. Un poema inédito dedicado por Carlos, incluido en un libro inédito titulado Homo Homenaje lo atestigua:

“Te quiero te amo
Te adoro te encierro
Te perro
sin amo”. 

Una amistad que contó con un arranque de inocente ternura y que tuvo en el Tiempo con mayúsculas un magnífico aliado. Se dice que el mejor amigo es siempre el “viejo amigo”. Carlos y Gloria lo fueron hasta la muerte de ella en noviembre de 1998.

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