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Albert Le Lay, el rey de Canfranc

Jueves 21 de Noviembre, 2013
Fue una de las piezas clave del espionaje durante la II Guerra Mundial. El responsable de que, en plena contienda bélica, se mantuviera la comunicación entre la resistencia francesa y los estados mayores del Reino Unido y Estados Unidos. Gracias a él, no solamente pasaron la frontera pirenaica información de operaciones, espías, soldados, maquinaria y material logístico, sino que se dio refugio y se ayudó a miles de personas a escapar del horror y la muerte nazi. Ahora, una película documental rescata su biografía. Su nombre permanecía oculto, olvidado en la memoria… Albert Le Lay, el llamado “Rey de Canfranc”.

Por: Fran Contreras
Era alto, delgado, con una ligera cojera, de rostro impertérrito, mirada amable y carácter afable. Pocos, muy pocos, conocían la labor que realizó en la II Guerra Mundial. Él nunca le dio importancia, le quitaba valor, siempre afirmó que era lo que tenía que hacer moral y humanamente. Pero la realidad es que fue una pieza clave dentro del engranaje del espionaje durante la contienda bélica europea. Su decisión, humanidad, valentía, trabajo y esfuerzo sirvieron para poder vencer a las tropas hitlerianas y, lo más importante, para salvar multitud de vidas humanas. No se sabe con exactitud el número, pero lo cierto es que fueron miles. Ahora, su heroica actuación –que era en parte ignorada y olvidada por la Historia– ha podido ser rescatada del silencio para que su hazaña y su nombre ocupen un lugar de honor. El pasado mes de octubre se estrenó en los cines el film El Rey de Canfranc, un largometraje documental en el que no solamente descubrimos, una vez más, cómo Canfranc fue durante la década de los años cuarenta del pasado siglo XX un punto estratégico de relevante importancia –por el paso de mercancías–, sino el escenario de las operaciones de espionaje y ayuda humanitaria que llevó a cabo Albert Le Lay. Un activo espía de las fuerzas combatientes galas desde enero de 1941 hasta septiembre de 1943. La persona gracias a la cual se vertebró la comunicación entre la resistencia francesa y los países aliados para luchar contra el horror nazi. El responsable de que muchos pudieran cruzar la frontera, ya fuera a pie o en ferrocarril, y alcanzar la libertad.

Albert Le Lay, de origen bretón, llegó a Canfranc en 1940. No era lo que él pretendía. Estaba enamorado del mar. Ya siendo niño soñaba con convertirse en oficial de marina. Pero la vida, marcada por la muerte de su padre cuando contaba con un año, hizo que tuviera que trabajar como vaquero y estudiar desde muy joven para que su familia saliera adelante. No tuvo muchas alternativas, así que terminó sus estudios, preparó las oposiciones para aduanas, las aprobó, y finalmente, sabedor de que había un puesto vacante, fue destinado como jefe de aduanas a la pirenaica Estación de Canfranc.

Albert Le Lay ni sabía, ni podía imaginar, que en aquella terminal ferroviaria (que ocupa apenas unos kilómetros cuadrados, rodeada por altas cumbres, apartada de todo, construida en tan solo tres años e inaugurada por el rey Alfonso XIII y el presidente de la república francesa, Gaston Doumergue, en 1928) conocería el amor, la solidaridad, la valentía y el miedo. Se convirtió en su hogar. Allí conoció a su mujer, de origen belga, y tuvo dos hijos. Pero la guerra, que ya estaba en marcha, lo cambiaría casi todo.

A principios de 1941, los alemanes invaden el norte de Francia. La comunicación entre la resistencia y los países aliados se torna complicada a través del Canal de la Mancha. Se necesitaba tener información sobre las operaciones y movimientos de las tropas hitlerianas. Había que buscar y abrir una nueva vía de comunicación. Es entonces cuando el, para muchos infranqueable, paso pirenaico y el ferrocarril cobran una importancia sin igual. Se transforma en un camino de información. Pero además, se convierte en la ruta de la esperanza y la salvación. Miles de refugiados, pensando que España era neutral en la contienda, comienzan a utilizar la vía férrea para escapar de una muerta segura. La peregrinación por los Pirineos era la única forma de huir, de llegar a España y después a Portugal, Reino Unido, Estados Unidos o África.

Albert Le Lay no lo dudó y decidió luchar. Se unió a la causa contra el terror nazi utilizando el puesto fronterizo. Pasó a formar parte de las Fuerzas de Resistencia Francesas. El eslabón, la piedra angular del espionaje –entre Londres, Lisboa, Madrid, Pau y París, pasando por Canfranc– de las redes Mithridate, cuyo jefe era André Manuel, y Pier, dirigida por el Dr. Rochas.

Su trabajo metódico y discreto fue todo un éxito. Albert Le Lay supervisaba todas las operaciones. Esperaba la llegada de todos los trenes y atendía a los refugiados. Les curaba sus heridas, les proporcionaba alimentos, ropa y un techo para que descansaran antes de proseguir su escapada en el restaurante-posada Casa Marracó. Hombres, mujeres, ancianos y niños descendían de los convoyes y respiraban aliviados en el vestíbulo de la estación. Nuestro protagonista sellaba los pasaportes y visados, que eran necesarios para entrar en la Península.

A pesar de que los soldados teutones registraban a los viajeros y desmontaban los vagones en busca de personas, documentación o material ocultos en los escondrijos habilitados en los mismos, nada impidió que soldados franceses, aviadores ingleses, judíos o resistentes galos, franquearan la frontera montañosa y pusieran a salvo sus vidas.
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