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Luces y sombras de la Roma imperial: vida del poeta Marcial

Miércoles 23 de Enero, 2013
La literatura de cualquier época es una fuente de conocimiento histórico que arroja luz sobre aspectos de la cultura que la genera. En el caso de Marco Valerio Marcial, sus obras nos permiten acercarnos a las pulsiones de una sociedad llena de virtudes y defectos tan parecida a la nuestra que, en algunos puntos, da la impresión de no haber cambiado nada. Por: Ignacio Monzón Acosta
"Aquí está el hombre al que lees y reclamas, /Marcial, conocido en el mundo entero/ por sus agudos libros de epigramas./ A él, lector entusiasta, le has dado,/ mientras vivía y lo apreciaba, la gloria/ que pocos poetas tienen después de su muerte.” (Epigramas, I, 1). Con estos versos comenzaba el primero de los catorce volúmenes en los que se publicó su obra magna, conocida simplemente como Epigramas o Libro de los epigramas, llenos de humor –a veces aparentemente cruel– y detalles sobre la vida en la Roma imperial. Pero, ¿quién es el personaje que concibió estas composiciones? Marcial fue hijo de la Hispania romana, nacido en el año 40 de nuestra Era en Augusta Bilbilis, cuyas ruinas pueden contemplarse en el Cerro de Bámbola, en las cercanías de Calatayud. Educado en una familia que tuvo que tener unos mínimos recursos, marchó muy joven a Roma, donde desarrolló sus artes literarias en una ciudad que se había convertido en uno de los principales puntos de encuentro del mundo.

Su llegada debió darse en los últimos años de Nerón, en torno al 64 d.C. y su estancia abarcó la mayor parte de su vida adulta, hasta los días de Trajano. Vida que, a pesar de su talento, no siempre fue fácil ni cómoda, pasando precariedades y dependiendo de la buena voluntad de mecenas y amigos. Quizá eso le proporcionó una visión más cruda, más real de cómo era la sociedad romana, con sus grandezas y miserias, sus aspectos más oficiales y los más íntimos, siendo una fuente muy valiosa para conocer elementos de la sociedad y la cultura romana que normalmente no son del gusto de la historiografía antigua.

Mucho se ha dicho de los primeros años, o más bien década y media, de Marcial en Roma, pero prácticamente no hay menciones sobre su vida. ¿Fue protegido por hombres con riqueza?, ¿realmente se rodeó de otros “hispanos” –Séneca, Quintiliano y Lucano, a los que sí conoció y admiró (Epigramas, I, 61 y II, 90)– por un supuesto sentimiento “patrio” como se ha dicho en ocasiones? Fernández Valverde señala que no hay en nuestro autor orgullo “nacional” hispano, algo muy anacrónico, pues su patria era Bilbilis y la tierra del Moncayo. Si de algo presumió fue de su sangre celtibérica pero sin desdeñar sus elementos romanos, por lo que se debió ganar la vida con su pluma desde su llegada sin importar si sus clientes eran oriundos de la península Ibérica o no. De hecho entre sus amistades también se contaron Silio Itálico –aunque algunos autores postularon un presunto origen hispano– y Juvenal –nacido en la Península Itálica. Pero igual que ahora, escribir no era una forma fácil y agradecida, lo que explicaría su gran conocimiento de las condiciones de vida de la clase baja. Lamentablemente no poseemos esa primera producción que, aunque él mismo calificó de baja categoría, habría representado una base para observar su evolución técnica y artística. No obstante es posible que parte de ella se reeditara en los libros XIII y XIV de sus Epigramas –Xenia y Apophoreta respectivamente–, consistentes en dedicatorias que se incluían en los regalos de las Saturnales y en los banquetes. En cualquier caso su mente encontró sus experiencias muy fecundas, reflejándolas en sus composiciones. Su métrica adoptó el dístico elegíaco principalmente en la forma de epigramas, composiciones muy breves, de unos pocos versos –en ocasiones un par eran suficientes–, pero que demostraron ser tremendamente efectivos. Composición de origen heleno, había sido adoptada por los romanos durante la República con cierto éxito, con ejemplos como Cátulo, Léntulo Getúlico, Porcio Licinio y Valerio Edituo, que lo transformaron en una herramienta muy útil, sobre todo para los temas eróticos o la crítica más feroz. Con ellos Marcial se mofaba de personas o atacaba costumbres, pero también las elogiaba y en ocasiones servían de dedicatoria para los regalos. Más que una excusa para ironizar sobre la vida romana, la crítica que se ha querido ver en este autor es la de un moralista –aunque él mismo afirmaba no serlo intencionadamente–, que censuraba los vicios de un pueblo que no estaba exento de virtudes. Incluso él, aunque menciona muchos nombre propios, asegura que: Mis libritos han sabido atenderse a la siguiente norma:/ respetar a las personas, hablar de sus defectos (X, 33, 9-10). Así podemos entender ejemplos como el de Vetustila (III, 93) en el que se extiende para caricaturizar de una forma demoledora la vanidad de una vieja romana a la que seguramente cambió su nombre, por esa forma que alude a su edad –“vetusta”–, o que quizá ni siquiera existió, siendo un género de mujeres más que una en concreto. En otros ejemplos (V, 15; VII, 12; X, 3 y 5) incluso hace referencias a falsificaciones que circulaban por la ciudad y que calumniaban a ciertos individuos, negando Marcial su autoría. En cualquier caso se convirtió pronto en un maestro del epigrama siguiendo un esquema muy simple donde presentaba primero el tema, en ocasiones con alusiones mitológicas y finalizaba con un chiste en el último verso, generalmente. Su éxito le granjeó la amistad de Plinio el Joven –que alabó su viva inteligencia y su humor lleno de franqueza– y de los césares Tito y Domiciano, aunque quizá sus halagos a este último le acabaran pasando factura en los días de Trajano. El último de los Flavios pasó por ser un nuevo Calígula o Nerón, un tirano autoproclamado Dominus et Deos –“Señor y Dios” nada menos– que a su muerte sufrió una condena a su memoria –damnatio memoriae–. Aun así, Marcial pudo presumir de haber pasado de ciudadano humilde a alcanzar el rango ecuestre, ejerciendo el cargo de tribunus militum semestris y algunos privilegios sociales y fiscales (Epigramas, III, 95), llegando a poseer algunos inmuebles en la ciudad del Tíber, una pequeña villa y algunos esclavos.
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