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HISPANIA, EL LEGADO DE ROMA

Viernes 18 de Marzo, 2011
Cuando desde el puerto heleno de Ampurias se vislumbraban las naves de guerra romanas de Cneo Cornelio Escipión, en el año 218 a. C., pocos se podían imaginar la larga relación que iban a tener ambos mundos: el hispano y el latino. Amistoso a veces, violento otras, se habría un periodo en la historia de Iberia que duraría más de 600 años y que la cambiaría para siempre. Por: Ignacio Monzón Acosta
Es obligado recordar, cuando uno se acerca al espinoso tema de la romanización, que la península Ibérica era un concepto geográfico y no político antes de la llegada de los romanos. Esto es, se trataba de una gran extensión de tierra con un buen número de pueblos diferentes, con sus propias organizaciones políticas y sociales. Dotados de niveles de desarrollo muy dispares, en los territorios ibéricos se contaban gentes célticas, en el noroeste y Oeste peninsular, íberas en el Sur y la costa de Levante, celtíberas, esa curiosa hibridación de ambos pueblos en zonas del interior y del noreste, griegas, en los enclaves de Ampurias y Roses principalmente y fenicias y púnicas en la costa Sur, siendo estas últimas las que llevaron a los romanos a enseñorear sus armas en las tierras de Iberia.

Hasta entonces los habitantes del Lacio solamente habían tenido tratos comerciales y diplomáticos con helenos e indígenas hispanos, pero eso les había llevado a darse cuenta de las grandes posibilidades que ofrecía la Península. Como una suerte de “salvaje Oeste”, con una geografía física y humana a medio camino entre la realidad y el mito, existían grandes filones de riquezas en forma de metales, piedra, madera, aceite y seres humanos, claro está. También se apuntó hace años que un gran acicate para la intervención romana fue la gran cantidad de intereses comerciales que empezaba a tener la pujante clase mercantil de Roma e Italia. Las rutas comerciales, con un mercado hispano lleno de materias primas y tan deseoso de productos manufacturados como era el hispano, bien valía el esfuerzo aunque estuviera alimentado con sangre.

Para varias generaciones de estudiantes son, o deberían ser, harto conocidos los 200 años de guerras que llevaron a Roma a dominar toda la Península. Los episodios de las pugnas contra Cartago, los celtíberos, el episodio de Viriato, la resistencia de Indíbil y Mandonio e incluso las contiendas entre Sertorio y Pompeyo o los partidarios de éste último y Julio César, han formado parte de las materias que tenían que estudiar obligatoriamente, pero ante el vértigo de tanta fecha y nombres pocos suelen ser los recuerdos que permanecen en la memoria. Lo que sí debe quedar claro es que fueron días de luchas y conquistas, de avances y retrocesos, de alianzas y traiciones, pero donde también existieron otros aspectos que se suelen ignorar. Desde finales del siglo III a. C. hasta la reordenación de Augusto en la penúltima década del siglo I antes de la Era, los romanos y sus aliados crearon y recrearon poblaciones enteras, construyeron caminos, puertos e infraestructuras, administraron los territorios –la Hispania Ulterior y la Citerior-, colonizando las tierras e intentando absorber a las poblaciones hispanas dentro del Imperio. Pero lo “mejor” estaba por llegar.

El año 27 a.C. suele considerarse como un punto de inflexión en la historia de la civilización romana. Cayo Octavio, después de acabar con sus enemigos, quedaba como el único hombre fuerte del Estado. Con las riendas del poder concentradas en sus manos, el renombrado como Augusto, se dedicó a ampliar las fronteras del dominio romano, pacificando de paso los territorios problemáticos. Uno de ellos fue Iberia, que además experimentó una reordenación administrativa con las tan famosas provincias de la Bética, la Tarraconense y la Lusitania. Simplemente la Península era tan grande que no podía gestionarse como un par de divisiones dentro del Imperio. El princeps también fomentó el desarrollo del territorio con la creación de nuevas ciudades mediante la promoción jurídica y la fundación ex nihilo –de la nada-. La primera modalidad consistía en elevar el status legal de poblaciones que ya existían, algo que también reforzaba sus lazos sociales, culturales y políticos con Roma, integrándose más en su mundo. Enclaves sometidos se veían así liberados y hasta en ocasiones podían presumir de ostentar la ciudadanía latina o incluso romana. Este fue, sin duda, uno de los puntos fuertes de la llamada romanización, haciendo partícipes de las ventajas del Imperio, en mayor o menor medida, a poblaciones conquistadas por él. Así se explicaría la gran fidelidad de muchas provincias a Roma, pues se habían creado unas condiciones para ellas mucho más atractivas que antes de la llegada de los habitantes del Lacio. Con Roma se podía perder y ser esclavizado claro está, pero también liberado y elevado a la categoría de “igual”, por lo que en general ofrecía más ventajas estar dentro del mundo romano que contra él. Incluso tampoco debería ser descabellado que, al menos parcialmente, en algunos puntos del mapa se acabara creando un sentimiento de “romanidad”, de pertenencia a un mundo mucho más grande que el mero territorio circundante. La segunda de las formas de colonización básicas implicaba fundar una comunidad de la nada, levantando todas las infraestructuras partiendo de cero.

Después de más de doscientos cincuenta años de estabilidad, paz y prosperidad –sin contar con los disturbios a la muerte de Nerón (54-68) y de Cómodo (180-192)- el Imperio comenzó a sufrir una serie de problemas internos graves que se sumaron a los embates de los pueblos germánicos, los partos y posteriormente los persas sasánidas. Parece que, amén de algunos incidentes como el asalto de los mauri en época de Marco Aurelio y los llamados movimientos bagáudicos en la zona noreste, las tierras hispanas disfrutaron de una tranquilidad y bonanza que duró en total casi cuatrocientos cincuenta años, el periodo más largo de esta clase de la Historia de la Península. El territorio, que gozaba de la ciudadanía latina desde el año 70 gracias al Edicto de Vespasiano, fue subdividido por Diocleciano (284-305) para agilizar su gestión y quizá hasta para restar fuerza y poder a los gobernadores provinciales, desgajando dos territorios de la Tarraconense: la Gallaecia y la Cartaginense y más tarde creándose la Baleárica. Pero una vez pasados los años de Constantino (306-337), Juliano el Apóstata (361-363) e incluso Rómulo Augústulo (476), ¿cuándo Hispania dejó de ser romana? Los pueblos germánicos y los alanos –erróneamente agrupados en los primeros- comenzaron a penetrar en la Península en a comienzos del siglo V de nuestra Era. ¿Se debería poner fin al capítulo del mundo romano? Tradicionalmente así se ha hecho y todavía se hace, aunque más por motivos de necesidad de periodizar la Historia que por ser un corte brusco. Cierto es que la llegada de suevos, vándalos y alanos y la posterior entrada de los visigodos –en principio como brazo ejecutor romano para eliminar a los invasores- fue grave para el control romano de Hispania, pero eso no eliminó muchos de los elementos de la romanidad. Podría decirse más bien que con los pueblos germánicos se abrió una nueva etapa donde Roma comenzó a desparecer de la escena política pero no de la vida cultural.
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