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Los últimos días del Temple

Miércoles 23 de Octubre, 2019
A comienzos del siglo XIV, el rey Felipe IV de Francia ejecutó una vergonzosa conjura contra los caballeros del Temple, una de las órdenes militares más poderosas de la cristiandad. Aunque su plan funcionó a la perfección en su territorio, el destino de los monjes guerreros resultó muy distinto en los distintos reinos de la Península Ibérica… Por: Javier García Blanco
Los últimos días del Temple

Las primeras luces del alba apenas habían comenzado a clarear en el horizonte, y el pueblo de París dormía aún plácidamente, ajena a los notables acontecimientos que estaban a punto de desencadenarse en todos los dominios del reino. Sin embargo, en el amanecer de aquel aciago 13 de octubre de 1307, no todo el mundo apuraba plácidamente los últimos momentos de descanso antes del inicio de una nueva jornada. Apenas unas horas antes, cientos de oficiales del rey, en otros tantos puntos del reino, habían procedido a abrir un misterioso sobre lacrado, firmado por el mismísimo monarca, Felipe IV el Hermoso, en el que se dictaban unas claras instrucciones: todos los miembros de la Orden del Temple en suelo francés debían ser detenidos, sin dilación, ese mismo día, y sus bienes confiscados hasta nuevo aviso, pues, según el monarca, los célebres caballeros habían cometido terribles pecados que atentaban contra la fe cristiana: herejía, sodomía y prácticas idólatras.

En París, el objetivo principal era la Torre del Vieux Temple, sede principal de la Orden, donde además se custodiaba el tesoro real. Los agentes del rey, dirigidos por Guillermo de Nogaret, consejero real y canciller del reino, detuvieron al instante a todos los hermanos que allí se encontraban –incluido al Gran Maestre, Jacques de Molay, que todavía dormía en sus aposentos– y confiscaron todos los bienes y propiedades. La maniobra había sido realizada con tanto sigilo y de forma tan sincronizada, que las fuerzas policiales de Felipe el Hermoso apenas hallaron resistencia. Una escena que se repitió en todo el territorio francés, donde una tras otra, encomiendas y bailías templarias fueron cayendo sin opción a la defensa. Al final del día, en torno a un millar de templarios –contando caballeros, sargentos y miembros inferiores de la orden– habían sido detenidos por los hombres del rey, y todos sus bienes confiscados. El plan, urdido con paciencia e inteligente determinación durante tres largos años, había salido según lo previsto por el monarca y sus consejeros Nogaret y Plaisians. El fin de los monjes guerreros del Temple, la orden militar más poderosa de la cristiandad, había iniciado su irremediable cuenta atrás…

Las razones que llevaron al monarca francés a urdir aquella compleja maniobra contra la Orden del Temple han sido analizadas con detalle en decenas de ensayos a lo largo de las últimas décadas. Parece ser que la delicada situación económica de Felipe IV, asfixiado por enormes deudas, fue uno de los motivos determinantes de la traición, pues ansiaba con apoderarse de las riquezas del Temple. En cualquier caso, de lo que no hay duda es que el plan comenzó a tramarse en el año de 1305. Ya con anterioridad, y tras la pérdida de los territorios de Tierra Santa, el Temple había sufrido numerosas críticas y no pocas acusaciones de avaricia, ambición y acumulación de riquezas. Sin embargo, a partir de ese año de 1305 surgieron rumores mucho más graves, que acusaban a los miembros de la orden de cometer pecados de herejía, adoración de ídolos y practicar la sodomía. Con la ayuda de sus dos mejores y serviles consejeros –Nogaret y Plaisians–, el rey comenzó a reunir en secreto todas aquellas acusaciones contra los templarios, con la esperanza de poder, más pronto que tarde, asestar un golpe mortal contra la orden y apropiarse de sus bienes.

Ese momento llegó en 1307, y tras disponer todo con una precisión maquiavélica, el rey actuó contra los templarios sin consultar al pontífice, Clemente V, argumentando que con su proceder pretendía proteger los intereses de la Santa Madre Iglesia y que había seguido las indicaciones del inquisidor general de Francia. Cumplido el objetivo inicial –la detención de los templarios franceses–, Felipe IV puso en marcha la segunda parte de su plan, iniciando su maquinaría diplomática para obtener una actuación similar por parte del resto de los monarcas europeos. Apenas tres días después del inicio de la traición, el monarca hacía enviar sendas cartas a sus colegas de los distintos reinos cristianos de Occidente, explicando las razones de su actuación e invitando a sus iguales a proceder del mismo modo. Cuando las increíbles noticias de la detención y acusaciones contra los templarios fueron llegando a los distintos monarcas, la primera reacción fue de incredulidad y ninguno de ellos –a excepción de un caso concreto, como veremos– siguió los consejos del rey de Francia.

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