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La secta de los iluminados

Martes 23 de Junio, 2009
La exacerbada religiosidad de los siglos XVI y XVII español provocó el surgimiento de numerosas sectas a las que la Inquisición persiguió sin descanso. Una de las más importantes fue la de los alumbrados, suerte de beatos que basaban su vida en la oración mental y en el éxtasis como forma de unirse a Dios. Su fama fue tal, que miles de personas siguieron su doctrina, poniendo en jaque a la todopoderosa Inquisición. Por: Janire Rámila

Tras una época de progreso y esplendor, el siglo XVII ya se atisbaba como un declive en todos los frentes, tanto en el militar, como en el político o social. Las malas cosechas, los desastres naturales, la carestía de los precios y las continuas guerras sumieron a la población en un estado de tristeza y desesperación. La esperanza de vida bajó en varios decenios y la pobreza avanzó de la misma forma que la mortalidad.

No es de extrañar, así, que la gente buscara consuelo en la religión, en las promesas de un más allá redentor que terminara con tanto sufrimiento. Pero mientras ese momento no llegara había que vivir, y es ahí donde adquirieron importancia los adivinos, santones, profetas, visionarios... todo aquel que proporcionara esperanza y consuelo a unas gentes desconsoladas y desesperanzadas con lo que la vida les ofrecía en su día a día.

Caldo de cultivo para la aparición de sectas y grupos religiosos que propugnarían un estilo de vida más acorde con las necesidades del momento.

UNA ÉPOCA DE CREDULIDAD
Sin embargo, lejos de suponer un beneficio, el seguimiento hacia tales personajes motivó que un sentimiento de credulidad se instalara en todos los niveles sociales, desde el escalafón más bajo hasta la mismísima corte real.

En ese clima, cualquier cosa que se mostrase como novedosa se convertía inmediatamente en creíble. No importaba si se trataba de una animal fantástico, de una sanación milagrosa, de la aparición del demonio o del hallazgo de la piedra filosofal; y tampoco era necesario verlo, bastaba con un relato o una buena narración. La gente quería creer, y eso bastaba.

Por supuesto que hubo personajes ecuánimes que intentaron ofrecer seriedad ante tanta locura. Como el arbitrista González de Cellorigo, que acusaba a la población de estar “en una república de encantados que vive al margen del orden natural de las cosas”. Pero la gente no estaba dispuesta a sacrificar su única fuente de consuelo por la cruda realidad y así es como muchos ciudadanos pasaron de ser meros espectadores a protagonistas de la religiosidad imperante.

Los conventos y los monasterios se llenaron de monjas y frailes, mientras en las aldeas proliferaron los brujos y las hechiceras. Cada uno escogía su particular camino para reconducir las fuerzas malignas que parecían ganar terreno sin descanso. Los primeros por la vía de la religión y los segundos de la magia. La propia Iglesia admitió la posibilidad real de que la magia existiera, pero la combatió por creer tras ella no se ocultaba sino la mano de Lucifer.

Y entre unos y otros, entre monjas y brujas, una amplia amalgama de gentes con supuestos poderes que recibieron el nombre de saludadores, santiguadores, sanadores, curanderos, conjuradores de plagas, loberos... Tal era el beneficio que se dice hacían, y tal el cariño que se les mostraba en las aldeas, que la Inquisición decidió no actuar contra ellos, pero sí vigilarlos. Claro está, a esta decisión contribuyó enormemente que la nobleza y el propio rey acudieran a ellos buscando consejo o solución a sus problemas personales. Y fue en este último grupo de actores donde surgió la figura clave para comprender el fenómeno de los alumbrados: las beatas.

Eran estas mujeres tomadas por santas entre el populacho, deseosas de adoctrinarse religiosamente, pero con la característica singular de no aceptar pertenecer a ningún convento, sino quedarse en sus casas para dedicar todo el día a la oración. El problema radicaba en, que tanto era el tiempo entregado al rezo, que la dejadez en sus otros quehaceres cotidianos las sumía en la pobreza. Por ese motivo, no era raro que muchas de ellas, solteras o viudas en su mayoría, viviesen de la caridad pública o de las ayudas de algún personaje importante, cautivado por su supuesta santidad.

Carecían de directores espirituales, por lo que frecuentemente se dejaban llevar por confesores improvisados que no dudaban en solicitar de ellas favores carnales. La principal novedad en esta nueva religiosidad pasaba por practicar la oración mental o meditación, en lugar de la vocal, común en aquellos siglos. Y ya sea por su necesidad de supervivencia, por ese abandono a la meditación continuada o por una santidad verdadera, las beatas sufrían a menudo de arrobamientos, trances, visiones celestiales, revelaciones, anuncios proféticos o curaciones milagrosas. O eso aseguraban ellas.

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