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LOS REINOS DE TAIFAS

Martes 19 de Julio, 2011
Coexistieron apenas cinco décadas, pero su nombre ha quedado imborrable en la historia de España. Fueron los reinos de taifas, para los árabes una época de incertidumbre y para los cristianos la oportunidad que tanto esperaban de impulsar la Reconquista. Bajo su gobierno se hicieron célebres los nombres del Cid y de Alfonso VI, las ciencias y las artes musulmanas progresaron y surgió la gran rivalidad entre cristianismo e islamismo. Una época trascendental, con un final tan abrupto como su mismo origen. Por: Janire Rámila
Cuando Abderrahman I falleció en el 788, dejó como gran legado uno de los estados más sólidos que la Edad Media viese en su transcurso: al-Andalus, el gran país musulmán de la península Ibérica. Hombre de gran valía política y administrativa, este príncipe omeya se había convertido en el primer emir independiente de Córdoba en el 756, aglutinando a la nación árabe recién llegada a Hispania bajo su persona. Y tanto se le adoraba, que sus seguidores incluso dieron la espalda a Damasco, confiados como estaban de que aquel nuevo imperio tendría un grandísimo recorrido.

No sería así. Con la muerte de Almanzor en el año 1002 desapareció el último líder capaz de aglutinar a los habitantes de al-Andalus en un proyecto común y aquel sólido Estado que fundara Abderrahman I tres siglos atrás, se disolvió entre el viento de Poniente. Quinientos años de unidad dieron paso a un nuevo período caracterizado por la escisión, las luchas internas y la decadencia, donde numerosos líderes tribales, ahora convertidos en reyes, lucharían entre sí para arrebatar un palmo de terreno a sus vecinos.

El esplendor de antaño desaparecería, para nunca regresar.

En el año 1002 de nuestra era, el gran Almanzor, aquel a quien los cronistas cristianos identificaron con el Anticristo por su coincidencia con la llegada del primer milenio y su espada siempre sedienta de victorias, fallecía en el camino de regreso a Córdoba, tras su última razzia por el norte peninsular.

Su desaparición fue una liberación para los reyes de las marcas, incapaces de vencerle en la batalla, pero una tragedia para sus seguidores, que veían peligrar el gran poder acumulado. Y razón no les faltaba.

Como sucesor se nombró a Hisam II, persona sin el carisma del gran Almanzor, lo cual favoreció la aparición de voces críticas contra el nuevo gobernante. Una de ellas, la del propio hijo de Almanzor, Abd al-Rahman Ibn Sanchul –Sanchuelo en las crónicas cristianas–, quien no dudó en autoproclamarse heredero al califato, suscitando los recelos de los legitimistas omeyas.

Durante siete años la situación se mantuvo inalterable por la falta de consenso y la ausencia de un hombre con capacidad de liderazgo, hasta que en 1009, un bereber llamado Muhammad ibn Hisham decidió terminar con la situación. Sin vacilar, destronó a Hisam II, ordenó asesinar a Sanchuelo y, acto seguido, se proclamó nuevo califa con el nombre de Muhammad II.

Con él, los antiguos seguidores de Almanzor fueron desterrados de Córdoba y obligados a buscar nuevos territorios en los que vivir e instalarse. Poco a poco, la primigenia al-Andalus fue dividiéndose en pequeños reinos llamados de taifas, gobernados por esos expulsados que, desde una plaza de renombre, controlaban territorios aledaños más o menos extensos. Cada uno de esos nuevos reyes aspiraba a ser el nuevo califa, situación absurda y extrema que obligó en noviembre de 1031 a abolir el califato, en palabras del historiador andalusí Ibn Hayyan, “porque no había otra alternativa”. De Córdoba se expulsó a todos los Omeyas y la propia ciudad pasó a constituirse como una taifa, rivalizando con las restantes por la recuperación del control central.
¿Cuántas fueron estas taifas? Tradicionalmente se señalan 26. Mencionadas alfabéticamente: Albarracín, Algeciras, Almería, Alpuente, Arcos, Badajoz, Baleares, Carmona, Córdoba, Denia, Granada, Huelva, Málaga, Mértola, Molina de Aragón, Morón, Murcia, Niebla, Ronda, Santa María del Algarve, Sevilla, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza.

Sin embargo, este número fue variando incansablemente a lo largo del siglo XI, dificultando determinar el número exacto de estadillos surgidos tras la caída del califato. La razón se encuentra en que nunca existieron fronteras fijas. Las ciudades cambiaban de dueño con frecuencia, dándose el caso, por ejemplo, de la taifa de Zaragoza, donde su reyezuelo Hud dividió el territorio entre sus cinco hijos, los cuales trataron de gobernar por su cuenta, cada uno con autonomía plena. En otras ocasiones sucedía lo contrario, que una taifa se anexionaba otra colindante por las armas o por algún tratado ventajoso para ambas.

Es por ello que resulte mejor hablar de los aspectos comunes a todas las taifas y de aquellos elementos que hicieron de ese siglo XI, un período tan reseñable en la historia de España.

Que para las taifas la desmembración de su imperio califal les supuso un fuerte aldabonazo, lo demuestra el hecho de que desde aquel 1031, los antiguos gobernadores ya no eran depositarios en su zona del poder califal, sino primeros gobernantes con las obligaciones y derechos que tal cargo conllevaba. El primero, conseguir el dinero necesario para asegurar el funcionamiento de las instituciones a su cargo. Para lograrlo, las taifas recurrían a dos principales fuentes de ingresos: el cobro de impuestos y el botín de guerra.De acuerdo con la ley, los gobernantes debían limitar las contribuciones financieras de los súbditos a las arcas estatales lo máximo posible, pero en los reinos de taifas sucedía todo lo contrario. Acuciados por la falta de liquidez, sus reyezuelos aprovechaban cualquier ocasión para aumentar los impuestos y afrontar así los inmensos gastos generados por la nueva situación. En puridad, si la administración hubiese sido la adecuada, los impuestos no tendrían que haberse aumentado, pero el pasado de Córdoba fue una losa demasiado pesada para los antiguos gobernadores, deseosos de emular la fastuosidad de aquella corte que tanto añoraban. Fue así, cómo en cada taifa se imitó a pequeña escala el ritmo de vida de los Omeyas, contratando un ejército propio, adoptando títulos honoríficos altisonantes y hasta ridículos, acuñando moneda propia y construyendo sin cesar canales, lujosos palacios, mezquitas y baños públicos.
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