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Ramón LLULL

Jueves 28 de Febrero, 2008
Fue conocido en su tiempo por los apodos de Arabicus Christianus (árabe cristiano), Doctor Inspiratus (Doctor Inspirado) o Doctor Illuminatus (Doctor Iluminado) y, sin duda, es una de las figuras más fascinantes y avanzadas de la Edad Media. Escribió 243 libros en catalán, árabe y latín. Lamentablemente, la mayor parte de su obra aún espera ser traducida al castellano.

Por: JESÚS CALLEJO

La mayoría de la gente aún cree que fue un santurrón medieval, dedicado todo el santo día a la oración dentro de su monasterio mallorquín. Y nada de eso. Es verdad que Ramón Llull (o Raimundo Lulio en su fonética castellana) nunca aparece al lado de los genios del pensamiento medieval: Santo Tomás de Aquino, Avicena, Averroes o Maimónides, y que sus ideas fueron relegadas al desván de las curiosidades. Pocos reparan en que Ramón Llull publicó en 1283, muchísimo antes que Tomás Moro, la primera utopía de Occidente, la novela “Blanquerna”, o que fue uno de los hombres más sabios del mundo, un trotamundos infatigable, inventor, polígrafo, filósofo y matemático excepcional.
Nació tres años después de la reconquista cristiana de Mallorca (1233) aunque algunos biógrafos se aventuran a dar como fecha el 25 de enero de 1235. Era hijo de una familia acomodada, siendo sus padres Ramón Amat Llull e Isabel d’Erill. A los 24 años se casó con la joven Blanca Picany, quien le dio dos hijos: Domingo y Magdalena. Tenía todo lo que un joven de su posición podía tener: inteligencia, bienestar, buena familia y el cargo de preceptor del infante don Jaime. Era igual de hábil con la espada que con la pluma. En esta época, la obra de Llull se reduce a canciones picarescas, aptas para ser cantadas por juglares y trovadores. Fue sucesivamente senescal y mayordomo real del futuro Jaime II. Durante sus años en la corte, se dedicó a llevar una vida mundana y licenciosa, con toda clase de lujos y escandalosos adulterios.
Cuando contaba 32 años de edad comenzó una segunda vida. Tuvo visiones de Cristo crucificado, y la profunda impresión que le causaron lo llevó a vender sus propiedades para adelantar la herencia de su mujer e hijos, a los que abandonó por sentirse llamado por Dios para predicar su palabra. LA REFLEXIÓN DE UN EREMITA Después de más de treinta años de vida cortesana, que él mismo confesó como aborrecible, Ramón Llull sintió que había llegado el momento de conocerse a sí mismo y se hizo eremita. Eligió una cueva del monte Randa, a 25 kilómetros de la ciudad de Palma de Mallorca y allí creó su “campo de operaciones”, su lugar mágico de retiro al que fue durante largas temporadas en busca de sí mismo. Se dedicaba a la reflexión y a la meditación, en medio de la soledad. Según él mismo cuenta, un día, a la entrada de su cueva, apareció un pastor al que describe como jove, amb la cara molt plasent e alegre, y cuenta de él que en una sola hora le reveló tantas verdades como ningún otro hombre, aun revestido de toda la ciencia, podría contarle en dos días. Sirvió de espoleta para que, desde entonces, se esforzara por buscar el conocimiento auténtico en todas las disciplinas. Y para eso no podía estar siempre metido en su cueva. Compró un esclavo moro e inició nueve años de formación intelectual y lingüística del mundo árabe. Fue asimilando todos los saberes de su época y empezó a viajar por Europa, Siria, Palestina, Egipto, Etiopía y Mauritania. Al final de esos nueve años, Llull escribió sus primeras obras, la Lógica de Algazali y El Libro de la Contemplación de Dios. Pero estaba dando vueltas a cómo escribir el libro más importante de su vida, “el mejor libro del mundo”, según sus palabras. A los 41 años, tuvo una nueva iluminación mientras estaba en la montaña de Randa. Por inspiración divina descubrió el “Arte” a una respuesta sobre cómo y en qué manera debía escribirlo. Acto seguido, Ramón fue a una abadía y redactó el libro que denominó, primero, Arte mayor y, más tarde, Arte general, obra que le dio fama y dinero. Construyó el monasterio de Miramar en su isla natal para enseñar lenguas orientales, y fue profesor en Montpellier, donde enseñó su “Arte” o “Método”. Estudió gramática en París al tiempo que enseñaba filosofía en su Universidad. Viajó a Túnez, Chipre, Armenia, Rodas y Malta, e incluso se dice que entabló contactos con los “Hermanos de la Pureza”, la secta musulmana de filósofos y científicos que dio origen a los drusos. Se hizo franciscano ingresando en la Orden Tercera de los frailes Menores y, por si fuera poco, participó en el célebre Concilio de Vienne en 1311, donde se juzgaba a los caballeros templarios. Hay razones para suponer que estuvo a favor de la causa templaria y que su voto sería en contra de la disolución de la Orden. Una de las propuestas presentadas, a saber, crear colegios para enseñar a los misioneros el hebreo, el árabe y las lenguas orientales, fue aceptada, mientras que la otra (comenzar una nueva cruzada) no tuvo el mismo éxito. […]
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