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La batalla de Covadonga

Miércoles 25 de Noviembre, 2009
Pocas batallas hay en nuestra historia tan decisivas como la que un grupo de 300 astures protagonizaron en Covadonga en el año 722. No tanto por la victoria material obtenida, sino porque aquel episodio fue la noticia que necesitaban quienes acababan de perder todo un reino a manos de los invasores musulmanes. La victoria de Pelayo y sus hombres les devolvió el orgullo perdido, mostrándoles el difícil y largo camino hacia su libertad. Por: Janire Rámila

En apenas una década, el otrora poderoso reino visigodo de Hispania desapareció, para entregar su hegemonía a las tropas musulmanas llegadas de más allá del estrecho en el año 711. Únicamente en el Norte ciertas comunidades permanecían sin ser sometidas por los hombres de la media luna. Una de ellas, la formada por los astures.

Desde los tiempos de los fenicios, este pueblo había combatido a los sucesivos invasores llegados a la península, brindando muy cara la pérdida de su libertad, y sólo los romanos habían logrado doblegarlos tras cruentos años de guerra. Pero en aquel año de 718 los diversos consejos astures se reunían, para debatir si pagar los tributos que los musulmanes les pedían a cambio de no ser esclavizados. Tal era el miedo que la mera mención de su presencia infundía en sus antaño fieros guerreros.

Fue entonces cuando Pelayo llegó hasta ellos, incitándoles a coger las armas para recuperar un orgullo ya perdido. Él sería quien les guiara en la batalla que se preveía como inevitable y que, a la postre, significaría el auténtico inicio de la Reconquista.
Así nos lo relatan al menos tres crónicas llegadas hasta nosotros, la Albendense, la Sebastianense y la de Alfonso III, los textos en los que se basa casi todo lo que sabemos sobre aquellos épicos acontecimientos, mezclando historia y leyenda, dentro de una época ya de por sí legendaria.

Eran los tiempos del rey Witiza. Su padre, Egica, lo había nombrado rey a título sucesivo, saltándose la costumbre tan visigoda de que el rey fuera elegido entre los nobles. Y tan grande fue su gusto al trono, que el mismo Witiza nombró como sucesor a su hijo Agila cuando éste solamente contaba con diez años de edad.

Poco sabemos realmente sobre aquellos monarcas que gobernaron Hispania por cerca de 400 años. Poco, más allá de las traiciones y venganzas que protagonizaron, en las que parece ser que Witiza era un maestro, llegando a matar con sus manos a quien intentara usurparle el trono, como fue el caso de uno de sus mejores hombres llamado Favila.

A la muerte de Witiza, en el año 710, los nobles del reino hicieron caso omiso a la designación de Agila y se reunieron para elegir a un nuevo monarca. La asamblea tuvo lugar en Toledo, capital del reino, donde salió elegido un caballero conocido como don Rodrigo, famoso guerrero, señor de la Bética y de valor incuestionable.

Ni que decir tiene que los partidarios de Agila se sintieron ultrajados por la elección, pero estando en minoría, no pudieron sino observar cómo su líder era desterrado de la Bética y llevado a la zona que entonces recibía el nombre de la Tarraconense, en el Levante español.
Las crónicas aseguran que era don Rodrigo de buen ver, joven, gallardo y varonil, justo en sus decisiones e implacable con sus enemigos. Tenía por esposa a la bella Egilona, a quien en silencio amaba uno de sus guardias personales llamado Pelayo, hijo de Favila, el duque de Cantabria a quien Witiza matara con sus propias manos años atrás. Sin embargo, el nombramiento de don Rodrigo como nuevo rey convirtió aquel amor en un sueño inalcanzable, que él aceptó con resignación y por obediencia a su señor.

La boda se celebró en la catedral de Toledo y pronto las malas lenguas aseguraron que en aquel matrimonio no existía calor. De hecho, se hizo muy célebre en aquel tiempo un encuentro secreto que mantuvo el monarca con una dama conocida como la cava –prostituta en árabe-. Bajo ese sobrenombre se escondía realmente Florinda, hija del conde Julián, gobernador de Ceuta y en poco tiempo enemigo acérrimo de don Rodrigo.

La primera gran prueba de fuego a la que hubo de enfrentarse el nuevo rey fue el levantamiento que los vascones protagonizaron en el Norte y que amenazaba con romper una estabilidad ya de por sí muy frágil en aquellas fronteras. Con su ejército, don Rodrigo estableció cerco a las aguerridas tribus norteñas y cuando se preparaba para el ataque decisivo, llegaron a sus oídos noticias de otro ejército que, con camellos y armas de guerra, había cruzado el Estrecho con muy aviesas intenciones.

Raudo, don Rodrigo levantó el campamento del Norte para dirigirse al Sur. También allí sus hombres estaban acostumbrados a pelear con grupos de musulmanes que alcanzaban la península para saquear y comerciar a escondidas, pero la llegada de camellos y armas pesadas presagiaba que esta vez las intenciones eran otras.

Durante su camino hacia Toledo fue reclutando huestes de otros nobles que, alertados por el peligro, no dudaron en apoyar a su rey. Pero cometió el bueno de don Rodrigo aquí un fallo imperdonable. En su afán por reunir un gran ejército que disuadiera a los musulmanes de sus planes, no dudó en acoger a partidarios de Agila, aún resentidos por el desaire con el que se les había tratado en la asamblea de Toledo tan sólo un año antes.

Entre ellos destacaban el obispo don Oppas y el conde Sisiberto, hermanos del ya difunto Witiza; deseosos por ver fuera del trono a don Rodrigo. A este deseo se les unió el conde Julián, quien enterado de los encuentros del rey con su hija Florinda, no dudó en permitir el paso de los musulmanes por su territorio de Ceuta, sin ni siquiera levantar las banderas en señal de advertencia.

Estos musulmanes pertenecían a una de las tribus más belicosas del Islam, acaudillada por el árabe Musa Ben Nusayr, quien eligió a su mejor general, Tariq Ben Ziyad, para capitanear la conquista de Hispania. Su primera decisión fue mandar una avanzadilla de 500 guerreros a las órdenes de Tarif Abú Zara –de ahí vendrá el nombre de Tarifa-, quien, desembarcando en tierras andaluzas, se concertó con emisarios de los enemigos de don Rodrigo.

El trato que don Oppas y don Sisiberto le propusieron fue ayudarle a vencer a las tropas de don Rodrigo para que Agila subiera al trono. A cambio, los bereberes recibirían una cuantiosa recompensa y los mejores deseos para su regreso a África.

Musa Ben Nusayr aceptó el trato, aunque ni que decir tiene a estas alturas que sus intenciones eran otras muy distintas a las de regresar a su hogar. ¿Por qué contentarse con una recompensa cuando podía hacerse fácilmente con todo un reino?

Los bereberes fueron desembarcando tropas hasta alcanzar la suma de 20.000 guerreros. Cifra que parecía insuficiente para doblegar a los más de 40.000 que dirigiría don Rodrigo a orillas del río Guadalete.

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Comentarios

Ante todo perdón!
Ni Pelayo ni Covadonga fueron astures. No existe documento en la RAH que diga lo contrario. El ducado de Cantabria mantenía, según códices, el territorio heredado de lo Cántabros hasta el Sella. Y don Pelayo era hijo de Fávila, dux cántabro... hasta que no se demuestre lo contrario. Entonces ¿por qué seguimos entronados en una historia errática? No lo puedo comprender como se empeñan en mantener un mito que de ser algo, sería más un acontecimiento cántabro-astur que cualquier otra cosa.

La batalla de Covadonga no exitió como tal. En todo caso fué la escaramuza de Covadonga, con final divino en Subiedes, en Cosgaya. Estocada final que Alfonso I, el futuro primer rey del Reino Astur (mal llamado así desde un punto de vista personal, aunque en este caso no puedo decir gran cosa,... bueno algo sí) da a las huestes musulmanas en Liébana.
¡Si desde el punto de vista histórico se debe algo a alguna CC.AA, es a Cantabria! Todo un reconocimiento Politico-Constitucional, pendiente de poner en marcha. No hablo de nacionalismo, en absoluto. Lo que hablo es de justicia. Basta ya de publicaciones repetitivas sobre un hecho en permanente error histórico, que no en la historia.

Un aficionado a la historia de Cantabria de los S.VII-IX

Totalmente de acuerdo con el comentario anterior. Liébana, Cosgaya, Monte Subiedes, en Cantabria, son la verdadera cuna de la reconquista. Investigaciones recientes señalan además que Don Pelayo era cántabro. Ya está bien de robarnos más nuestra historia.

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