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ATALAYAS

Martes 19 de Abril, 2011
Las atalayas se extienden por nuestro territorio como piezas de ajedrez en un inmenso tablero. Gracias a su presencia, hoy somos capaces de interpretar los antiguos y enquistados límites estratégicos, de imaginar seculares vigilancias, comunicaciones y acechos. A su paso por la Península, todas y cada una de las culturas las utilizaron, aunque su función cambiaría con el tiempo hasta que las modernas tácticas de guerra llevaron a su definitivo abandono. Texto y Fotos: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano
Podríamos afirmar que nuestros flamantes satélites son las atalayas del siglo XXI. Su función, en realidad, apenas habría cambiado respecto a aquellas torres de vigilancia que ya utilizaron sucesivas civilizaciones, y tal vez su origen pudiera enmarcarse en ancestrales refriegas durante el Neolítico, cuando los hombres hacían uso de oteros desde donde avistar con antelación al intruso.

Antes que nada, no obstante, debemos demarcar el concepto de atalaya, separándolo así de otras clases de parapetos naturales, o de torreones y estructuras que formaban parte del núcleo poblacional o de la fortificación que les prestaba cobijo. Es de suponer que la atalaya histórica, como tal, es en principio una extensión lógica de la fortificación o castillo, una copia a pequeña escala del torreón que estaba concebida para sobrevivir aislada de cualquier otra fábrica. Su verdadera impronta es militar, y su razón de ser la vigilancia y la comunicación.

En este sentido, la atalaya respondió a una necesidad impuesta por las antiguas leyes de la guerra, al principio practicada a campo abierto pero que, con el tiempo, se trasladó cada vez más a la fortaleza y al consiguiente uso de las tácticas de asedio. En tal escenario, era crucial que la población dispusiera del tiempo suficiente para aprovisionarse, reclamar ayuda y ponerse a resguardo intramuros. Sin embargo la atalaya, que en un principio pudo concebirse solamente como estructura destacada y única, como plataforma de aviso ante un ataque inminente, fue adquiriendo más relevancia en la medida que crecían las colonias y poblaciones culturalmente afines. Ahora se trataba de salvaguardar todo un frente de penetración, cumpliendo una función fronteriza y de transmisión a largas distancias. Las atalayas, por tanto, adquieren plena significación en el momento en que cumplen la función de frontera.

Con el paso de los siglos se desplegaron un gran número de atalayas a lo largo y ancho de nuestro territorio peninsular e insular. Sin embargo, no se trató de un fenómeno exclusivamente nuestro, pues el uso de estas estructuras atañe a las civilizaciones que extendieron sus dominios en un marco que trasciende el ámbito continental y mediterráneo. Así mismo, su uso nunca fue continuado, sino que siempre estuvo sujeto a diferentes vicisitudes de tipo estratégico, social y político. Con todo, en nuestro país puede dibujarse un panorama bastante fiel de la historia gracias a su interpretación. Muchas de aquellas estructuras fueron engullidas por las siguientes, o simplemente desaparecieron bajo el poder de los elementos, pero gracias a su inaccesibilidad quedaron suficientes trazas.

Para no ir más lejos, digamos que los íberos ya hicieron gala de genuinas técnicas constructivas en determinados emplazamientos geográficos. Elegían el lugar de sus asentamientos no sólo por la accesibilidad de agua y tierra fértil, sino que era condición indispensable su funcionalidad defensiva.

Diferentes cronistas romanos, como Tito Livio, Plinio o Hirtio, ofrecen descripciones de aquellos sistemas. Destacaban la presencia de muchas torres situadas en los oteros que podían servir tanto para resguardar las ciudades como para defenderse contra los ladrones. Los romanos mismos hacen uso de ellas añadiendo sus propias particularidades. El Imperio levantó fortificaciones militares de más o menos entidad, pero centraron el uso de atalayas en el control de encrucijadas naturales, así como de sus importantes vías de comunicación como la Vía Augusta y la de la Plata. Ciertos estudios recientes han llegado a la conclusión de que, cada vez más, algunos restos catalogados como árabes pudieron tener en realidad un origen romano.

No podemos olvidarnos, sin embargo, de las atalayas de origen púnico. Asdrúbal fundó Quadadhast, la actual Cartagena, como puerto de distribución de minerales y otras materias primas. La profusión de atalayas levantadas por Aníbal nos da muestras de la capacidad organizativa exhibida por los cartagineses. Las atalayas púnicas, además de servir como refugio y tener una sólida factura, ya debieron cumplir un genuino papel de comunicación, constituyendo un verdadero problema para las huestes romanas. Desde los grandes acantilados del levante, estas atalayas vigilaban celosamente el horizonte marítimo con vistas a la llegada de naves intrusas. Además se situaron a lo largo de fronteras naturales hasta la demarcación del Ebro. Según algunos cronistas, los cartagineses destacados en ellas comunicaban sus mensajes por ahumadas, o empleando un revolucionario sistema de espejos siempre y cuando la luz solar lo permitiera.

Aquellas atalayas pudieron resistir muchos siglos en pie e incluso ser reformadas y reutilizadas hasta el siglo XVIII.

La Edad Media estuvo caracterizada por la inestabilidad territorial, donde Aragón, Castilla y el reino musulmán hegemónico de cada momento jugaban sus respectivas cartas. Sobre la base estructural de las fortificaciones íberas y romanas, continuadas en alguna medida por los visigodos, los bereberes crearon su incipiente sistema de fortificaciones, entre las cuales no faltaban las primeras atalayas. Es en época del Califato de Córdoba cuando en al-Ándalus se adoptaron las medidas más contundentes en cuanto a la contención de las huestes cristianas, creándose un sofisticado sistema de atalayas entre las zonas fronterizas que se denominaron “Marcas”. Mérida era la capital de la Marca inferior, Toledo de la Marca media, y Zaragoza de la superior, y la línea fronteriza que las unía discurría en gran medida por la antigua Vía Augusta romana. Sin embargo, la zona más conflictiva fue la Marca Media, lo que se tradujo en una gran concentración de torres a lo largo del sector fronterizo central, que abarcaba la franja desde Medinaceli, en Soria, hasta Talavera, en la provincia de Toledo.

Aquellas construcciones, hoy muchas de ellas desaparecidas, ya hacían gala de ciertos elementos defensivos que sentarían las bases para el futuro. Eran de planta circular, y, como promedio, podían tener un diámetro de seis metros, alcanzando una altura de diez metros o más. Disponían de tres pisos distribuidos en almacén de provisiones, de combustible, y vivienda o estancia para los vigilantes. Arbustos silvestres como el tomillo, el esparto y la retama eran la base de las “ahumadas” como método más eficaz de comunicación a distancia.
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