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APODOS REALES

Sábado 10 de Enero, 2009
La editorial Sílex ha publicado Apodos reales, una completísima obra de Javier Leralta que aborda, con un tono cercano y accesible, el porqué de los motes con que han sido conocidos muchos reyes de España. Desde la Edad Media hasta la Guerra de la Independencia, Leralta traza un itinerario por las curiosidades más amenas y menos conocidas de nuestros monarcas. Por: Javier Leralta


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Enrique III (Burgos, 1379-Toledo, 1406), rey de Castilla (1390-1406), tercer monarca de la dinastía Trastámara después de Pedro I y Enrique II. Hijo de Juan I de Castilla (1358-1390) y de Leonor de Aragón. Se casó con Catalina de Lancáster con la que tuvo tres hijos (María, Catalina y Juan, futuro rey de Castilla). Enrique fue el primer infante que llevó el título de Príncipe de Asturias, creado para designar al heredero de la Corona de Castilla. Su prematura muerte, a los 27 años de edad, permitió a su hermano menor, Fernando de Antequera (rey de Aragón), ocuparse del reino durante la minoría de edad de Juan II (1406-1454). Enrique III fue enterrado en la catedral de Toledo. Corría el año del Señor de 1390 cuando una mañana de otoño Juan I, rey de Castilla (1379-1390), después de escuchar misa en su residencia de Alcalá de Henares –probablemente en el actual palacio episcopal– se acercó al campamento que unos caballeros farfanes habían instalado a las afueras de la ciudad. Estos individuos procedían de Marruecos donde sus antepasados vivían desde hacía siglos integrados en la comunidad musulmana a pesar de mantener sus costumbres cristianas. En cambio, un grupo de cincuenta caballeros, deseosos de volver a casa, había conseguido la repatriación gracias a la ayuda de Juan. El monarca fue agasajado con varios regalos, entre ellos un caballo que el rey probó con muchas ganas. La mala suerte quiso que el animal tropezara cuando corría al galope y el monarca salió disparado, muriendo casi en el acto a causa del impacto. La rápida intervención de los presentes sólo sirvió para confirmar el fallecimiento del soberano de Castilla. Antes de que la mala noticia corriera por la Corte, el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, decidió ocultar el cuerpo del rey en una tienda levantada en el lugar. La idea era esconder el cadáver durante un tiempo para que fuera nombrado rey el Príncipe de Asturias, el futuro Enrique III, y de esta manera evitar una nueva guerra civil por la sucesión, todavía codiciada por los familiares de Enrique II el Bastardo. El cuerpo de Juan I estuvo custodiado por el religioso hasta el 21 de febrero del siguiente año cuando fue inhumado en la Capilla de los Reyes Nuevos de la catedral de Toledo, lugar donde había sido enterrado Enrique II, el primer monarca Trastámara. Durante ese tiempo, la actividad diplomática desarrollada por el arzobispo y su equipo de colaboradores fue frenética. Se trasladó a Madrid, se puso en contacto con los miembros de las Cortes y tomó las primeras medidas como el aviso al rey de Francia del suceso y la comunicación a las ciudades del cambio de monarca. Todo se hizo de manera muy rápida para evitar que Castilla estallara en mil pedazos debido a la mala situación social y económica que sufría a causa de las guerras y las luchas intestinas de la alta nobleza, en especial de los parientes del rey, herencia transmitida por su abuelo Enrique. Pedro, de avanzada edad cuando ocurrieron los hechos, se hizo cargo de la regencia con el visto bueno de la diócesis de Toledo. Intentaba a toda costa que el vacío de poder y la indefensión del joven rey fuera aprovechada por los Trastámara para luchar por el control del trono. Ante esta eventualidad, el primado de Castilla anduvo rápido de reflejos. El accidente se produjo la mañana del 9 de octubre y Pedro envió una circular convocando Cortes para el 15 de noviembre donde se debía nombrar rey de Castilla al príncipe Enrique.
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