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¡A todo vapor! Los primeros coches

Miércoles 07 de Agosto, 2019
La revolución industrial fue uno de los saltos más grandes que ha dado la humanidad. Somos hijos de aquel tiempo. Los medios de transporte fueron uno de los elementos más importantes para este salto. En pocos años se pasó de la nada a la existencia de cosas rodantes que pasaron a ser los primeros vehículos, que poco a poco se perfeccionaron hasta ser lo que son hoy. Los inventores españoles fueron una de las piezas importantes en este sueño hecho realidad.
¡A todo vapor! Los primeros coches

Si bien hasta los primeros años del siglo XX la batalla por la elección del sistema motor más adecuado para los novísimos automóviles no llegó a su fin, con la victoria de los motores de combustión interna de gasolina, la cosa no estuvo nada clara durante bastante tiempo. Es más, a finales del siglo XIX y principios de la siguiente centuria parecía que el coche eléctrico era el ganador. Ha tenido que pasar más de un siglo para que el automóvil animado con electricidad vuelva a resurgir.

Y, mucho antes, el vapor era el futuro. En un mundo movido por bestias de carga, ver circular trenes a vapor era algo asombroso y no digamos ya ver una locomotora rodando por los caminos, sin vías. A esas máquinas a vapor que iniciaron la historia de los automóviles las llamaron “locomóviles”.

¡A TODO VAPOR!

Nos encontramos a mediados del siglo XIX, en concreto hacia 1851 en Valencia. En Llíria vivía un chaval de menos de veinte años con una habilidad extraordinaria para reparar todo tipo de maquinaria. Se dedicaba sobre todo a fabricar y arreglar aperos de labranza, pero también había logrado fama al diseñar un nuevo tipo de reloj y por su invención de ciertos artilugios ortopédicos. Se llamaba Valentín Silvestre Fombuena y, entre mil y una inquietudes, decidió que ya era hora de dejar descansar a los mulos y bueyes.

El futuro se encontraba en las máquinas a motor y, sin descanso, diseñó y construyó un locomóvil de cuatro ruedas y tracción delantera. Valentín era todo un genio, no sólo inventó un nuevo tipo de motor a vapor con cilindros rotatorios, del que consta patente de 1858 (una de la quincena larga de invenciones que patentó, lo que le convierte en uno de los inventores más prolíficos de su tiempo en España), sino que llevó a la práctica su idea del “coche a vapor”.

La osadía de Silvestre no llegó más allá, comercialmente hablando, lo que fue una pena, pero tuvo su continuación en otros pioneros de los locomóviles. Hacia 1857 circularon por caminos de Tarragona dos locomóviles, posiblemente de factura inglesa, construidos en los talleres Nuevo Vulcano de Barcelona. Aquella novedad llamó mucho la atención, tanto que hacia 1859 se vieron otros vehículos similares, construidos también en Barcelona. Las “locomotoras para caminos de tierra” tuvieron su mayor éxito en el vehículo Castilla, también de origen inglés, montado en Valladolid por el ingeniero Pedro Ribera en 1860. El sueño de Ribera, que había participado en la adquisición de varios locomóviles para comercializarlos en España, era competir con el incipiente ferrocarril. Si se podía circular por caminos ordinarios con máquinas a vapor, sin necesidad de vías, estaba claro que se podía abrir un mercado muy apetitoso. Lo intentó, con aventura incluida, rodando desde Valladolid hasta Madrid a lo largo de casi veinte días por los tortuosos caminos de la época en un viaje publicitario realmente singular. Más tarde realizó pruebas en Asturias y tuvo ánimo para armar otro locomóvil, pero ahí terminó todo, porque no encontró el apoyo necesario para levantar una gran compañía de locomotoras de tierra.

En un mundo movido por bestias de carga, ver circular trenes a vapor era algo asombroso. Sus fundamentos sentaron las bases de los primeros coches

En La Maquinista Terrestre y Marítima de Barcelona, entre otros centros fabriles, se armaron también diversos locomóviles. A pesar de su limitada extensión, y del fracaso empresarial de Ribera, parecía en verdad que aquello era el futuro. No les faltaba razón, solo que el vapor no era la solución adecuada.  En 1883 aparece un nuevo intento, con patente de un vehículo compacto a vapor para caminos, con el que se pretendían crear líneas de transporte bajo el pintoresco nombre de “Cochevapores”. Los locomóviles fueron extendiéndose poco a poco, sobre todo en Inglaterra y Francia, hasta con líneas para viajeros, ejemplo que llega a Barcelona hacia 1887 de la mano del ingeniero de origen francés Valentin Purrey. Se podía competir con los tranvías y posiblemente con los ferrocarriles en casos muy concretos, pero, ¿qué había del transporte personal? ¿Sería posible superar al carro tirado por caballos?

Si quieres conocer el resto de la historia hazte con el número 149 de Historia de Iberia Vieja.

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