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El testigo de los campos de concentración españoles (III)

Miércoles 21 de Agosto, 2019
Pasó hambre, trabajó de forma inhumana a más de 40 grados, sufrió malos tratos, vio cómo sus compañeros perdían la vida... Fueron años terribles.
El testigo de los campos de concentración españoles (III)

“TE DAS CUENTA DE QUE NO SOMOS NADA”

En ese momento de la conversación con él interviene el periodista Carlos Hernández, a quien le explica que el tren que los transportaba hacia el campo de concentración no se detenía ni les dejaban bajar, pese a que el trayecto duró dos días. “¿Y cómo hacías las necesidades?”, le pregunta. Josep, con una mezcla de buen humor y de corrección, le responde: “¡No quieras saberlo! Había alguno que lo hacía en el gorro y lo tiraba por una ventanilla. Aquello era putrefacto, tremendo”. Sobraban los comentarios…

Cuando llegaron a León fue a un campo de concentración que se encontraba en el lugar en el que antes había habido un matadero. No eran mucho más de cien los presos que se encontraban en el interior. No era un campo de los grandes, sino que era más pequeño que la mayoría de los que existían en España, pero igual de atroz que el resto. No había un control muy estricto sobre ellos, salvo cuando a veces venía alguien y los sacaba al patio para que cantaran el Cara al Sol. Lo condujeron al campo de concentración de San Marcos, un lugar que hoy es un hostal de lujo y uno de los paradores más importantes y caros del país: “¡Yo estuve cuatro meses sin pagar nada!”, ríe Josep, y nos hace reír a nosotros, ya que lo dice con un humor excelente y una ironía genial pese a la tragedia que nos cuenta. Allí, en un lugar que luego se reconvirtió para que no quedaran huellas, no conocía a nadie, ya que sus conocidos fueron siendo ubicados en los campos de concentración y se bajaron antes en el tren, pero había presos que llevaba cuatro años allí. “Te das cuenta de que no somos nada. Nos anularon la personalidad. Aprendí una cosa muy importante: ver, oír y callar. Era una humillación constante. Ves lo poco que eres en la vida: no eres nadie”.

Había un lugar en el que se llevaban a cabo todas las torturas y donde pegaban y azotaban a los presos. Ese sitio se llamaba “La Carbonera”: allí dentro se encontraban los presos hacinados y con tan poco espacio que respirar era un acto complicado para cada uno. En ese lugar les daban las palizas de turno. Muchos morían de hambre, sed y dolor. Se los comían los bichos y su sangre se convertía en el alimento de animales de todo tipo de corte y pelaje. La higiene brillaba por su ausencia. No había letrinas para todos los presos. Las cacas estaban por cada esquina. Es normal que estuvieran todos infectados de piojos…

En muy difícil explicar una a una las barbaridades que sufrió. En aquellos sitios había sacerdotes que colaboraban con los carceleros. Aparentemente, debían estar del lado de los necesitados, pero este caso era particular: “Sois prisioneros de guerra, y como tales no tenéis ni derecho al aire que respiráis”, decían los curas a los presos. “Pero luego dulcificaron el discurso: decían que sabían que allí había gente inocente y gente que tenía las manos manchadas… Hay gente que esto que vive es el purgatorio”.  Todo esto lo decía con una carga de ironía inmensa. Su testimonio es sorprendente porque mostraba algo horrible a lo que tuvo que hacer frente.

“LA MANTA ESTABA LLENA DE PIOJOS”

“Cuando moría alguien, lo ponían encima de un saco, como si fuera una camilla, y lo sacaban ante los ojos de todos… Algunos se morían de pena”, dice. Cuenta la experiencia de una persona que conoció, que se hizo su amigo e intentó animarle. Cuando se puso a hablar con él, echó una manta por encima de ambos. “Estaba llena de piojos”, claro. Le decía que no se desanimara, aunque sabía que estaba en el infierno: “No es lo peor que te puede pasar”, le señalaba. Pero él sí sabía que podía ser lo peor. Recuerda que cuando el cura inspeccionaba el cuerpo de las personas por si había algún tatuaje –es que a él no le gustaban– al día siguiente no volvía a ver a esa persona.

En una ocasión, uno de los que se encontraba allí estaba recibiendo una paliza de los carceleros. Entonces, Joan preguntó: “¿Por qué le pegáis?” La respuesta fue instantánea: “Es que ha blasfemado”. Y es que por muy sacerdotes que fueran, la verdad es que no eran unos santos. No se trataba de gente con empatía; la guerra había transformado al mundo entero y había quebrado cualquier decencia en las personas, sobre todo en aquellas que utilizaban su “poder” para pisar al débil.

BATALLONES DISCIPLINARIOS

Cuando Josep acabó su odisea en los campos de concentración se fue a hacer la mili a África. “Eran unos batallones disciplinarios de prisioneros que estaban controlados por las mismas personas que controlaban los campos de concentración”, me explica Carlos Hernández. Esos lugares formaban parte del mismo sistema disciplinario de los campos de concentración. “¿Que si pasé hambre?”, me dice ante un comentario. Su respuesta deja helado: “¿Hambre? Ni los burros comen tan mal. Nos daban agua con cuatro pieles de haba, y es que los gusanos se habían comido toda la legumbre de dentro… Pasé semanas con pan y agua”. Esa red de campos de concentración formaba parte del criminal sistema de cárceles del franquismo. Es difícil explicar que eso pasara aquí. La pesadilla no se acaba cuando uno quedaba libre de los campos de concentración…

Tras varios años deambulando de un lugar a otro, de una prisión a otra, de un cuartel a otro, la pesadilla acabó, cuando tenía 22 años, en 1942, aunque durante ese tiempo no olvidó nada de lo ocurrido… Le ha costado mucho contar lo sucedido. El trauma es terrible. “No pasa noche que no piense en la guerra”. Pasó hambre, trabajó de forma inhumana a más de 40 grados, sufrió malos tratos, vio cómo sus compañeros perdían la vida… Fueron años terribles.

Pero aunque lo que relata es dramático, Josep consigue sacar una sonrisa a quien le escucha. “Esta forma de contarlo, quitándole cierto dramatismo, es algo que me he encontrado no sólo en lo que me han contado algunos presos españoles, sino en lo que cuentan también los presos que he entrevistado y que han estado en campos de concentración alemanes en la guerra mundial”, me dice Carlos Hernández.

 

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