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Pío XII, el Papa “nazi”

Lunes 29 de Julio, 2019
El anuncio del Papa Francisco acerca de la apertura de los archivos vaticanos relativos a Pío XII amenaza con avivar el debate historiográfico acerca de su figura, actuaciones y, sobre todo, su silencio ante el horror nazi.
Pío XII, el Papa “nazi”

El día 24 de diciembre de 1942 la expectación era máxima: el papa Pío XII iba a pronunciar su tradicional mensaje navideño a la cristiandad. En pocas ocasiones una alocución radiofónica había suscitado tanto interés. El mundo llevaba tres años en guerra. Una guerra cruel, despiadada, donde a los habituales estragos generados en todos los frentes de combate había que sumar los incontables asesinatos y deportaciones consumados en la retaguardia alemana por parte de los nazis.

A esas alturas de ya no había disimulos. Resultaba una realidad incuestionable el aniquilamiento masivo y la prisión de civiles por los nazis con la mera excusa de tener una raza, religión, pensamiento u opción sexual inconveniente para los mandatarios germanos. La última vuelta de tuerca a este horror se había producido apenas una docena de meses antes, cuando Adolf Hitler ordenó activar la “solución final”: la eliminación sistemática del pueblo judío.

Así que, en aquella Navidad de 1942, los oídos del planeta se orientaron hacia los labios de Pío XII y el papa habló. Lanzó un largo discurso frente al micrófono. Mencionó a “los innumerables muertos que yacen sepultados en los campos de batalla”, “al interminable y doloroso cortejo de madres, viudas y huérfanos”, “a los innumerables desterrados que el huracán de la guerra ha arrancado de su patria y ha dispersado por tierras extrañas” y, ya casi a punto de terminar, afrontó la delicada cuestión que todos ansiaban escuchar: “Los cientos de miles de personas que, sin culpa propia alguna, a veces sólo por razones de nacionalidad o de raza, se ven destinados a la muerte o a un progresivo aniquilamiento”. Fin de la reprimenda pontificia.

Una amonestación demasiado genérica, demasiado retórica y descafeinada, nada emotiva. A años luz del hondo desamparo padecido por las víctimas y sus allegados. De hecho, este comunicado ha pasado a la posteridad más por sus omisiones que por lo expresado en él literalmente. No menciona a los judíos por su nombre, tampoco a las autoridades de Alemania ni al nazismo. Los millones de afectados por las crueles órdenes de Hitler quedaron reducidos a “cientos de miles” según las cuentas del papa.

Solidaridad, sí, pero ¿hubo condena?

Aquella no había sido la única vez que el vicario de Dios en la Tierra expresara su preocupación por las tribulaciones y violencias de la II Guerra Mundial. Su encíclica del 20 de  octubre de 1939 puso en el punto de mira a los dictadores europeos calificándolos como “una hueste in crecendo de los enemigos de Cristo”. Pío XII, amparándose en las doctrinas  paulinas, manifestó que ya no cabía hacer distinciones entre gentiles y judíos, intentando así deslegitimar cualquier discriminación social y a quienes las propiciaran. La Gestapo se sintió aludida por estas palabras a la vez que los franceses católicos lanzaron copias de la encíclica en diferentes puntos de Alemania para darla a conocer a sus correligionarios enemigos. En cambio, poco después, durante la navidad de ese mismo año, el papa rebajó la contundencia de sus afirmaciones públicas. Se limitó a afligirse en la radio por los daños causados por la guerra. Entrados ya en 1940, el comisionado de Francia en el Vaticano, Charles Roux, pidió a la Santa Sede que emitiera un comunicado de censura contra los crímenes nazis perpetrados hasta la fecha. Sin embargo, la curia romana prefirió no meterse en política, estar del lado de los damnificados y compartir su pesar. Ante esta respuesta, Roux aseveró que no era lo mismo solidarizarse con las víctimas que condenar los crímenes.

Desde entonces el silencio o, según otros, la prudencia fue la tónica dominante en la diplomacia vaticana frente a los desmanes del conflicto. Durante aquel aciago período, Pío XII no alzó la voz contra los verdugos como muchos hubieran deseado. Y esa moderación en sus palabras ha sido objeto de enconados debates entre los biógrafos del pontífice. No obstante, partidarios y detractores de su figura parecen coincidir y aceptar ese mutismo frente a las atrocidades del nazismo. La discrepancia estribaría, por tanto, en aclarar las razones detrás de semejante comportamiento por parte del santo padre ..


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