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La cuna del Descubrimiento de América

Lunes 05 de Agosto, 2019
Huelva nos refresca la memoria sobre el papel que la provincia desempeñó en el Descubrimiento de América.

A los onubenses no se les podrá achacar nunca el pecado de la ingratitud ni el vicio de la desmemoria. Aclaman a sus héroes y velan por que la llama de su gloria no se extinga jamás. Toda la provincia es como una estancia en la que los ecos del pasado se restauran claros y precisos en el momento presente. La historia vive en Huelva. Late en sus calles y en sus plazas y rincones. Se interpreta, se explaya. 

A las afueras de la ciudad, en la Punta del Sebo, donde confluyen los ríos Tinto y Odiel, el Monumento a la Fe Descubridora nos brinda una primera pista. Obra de una discípula de Rodin llamada Gertrude Vanderbilt Whitney, invoca a aquellos marineros –menos de cien– que se embarcaron en la incierta epopeya que daría con sus nombres en los brazos de la Eternidad. Desde 2011, una estatua de Colón, sita en la plaza de las Monjas de la ciudad, pone rostro al almirante que cambió el curso de la historia: estamos convencidos de que en ningún otro decorado el genovés se sentiría más a gusto.

TIERRA DE SUEÑOS

Porque esa tierra le dio el impulso y la confi anza que precisaba para cumplir sus sueños. Desde que en 1485 los franciscanos le abrieran –¡tal vez!– las puertas del monasterio de La Rábida, Colón empezó a vislumbrar su meta. Era entonces un buscador de fortuna, un rastreador de inversores que había dilapidado su tiempo en Lisboa. Junto a su hijo Diego recaló en busca de amparo en este monasterio, a un cuarto de legua de Palos de la Frontera. Y los frailes le dispensaron algo más que cobijo: le dieron luz y le instaron a entrevistarse con los Reyes Católicos para exponerles su plan. ¡Nunca tantos debieron tanto a tan pocos! Al “estrellero” fray Antonio de Marchena –a quien Colón pudo revelar su “secreto” en su visita de 1485– o a fray Juan Pérez, el hospedero que en 1491 limpió la hojarasca para que su huésped alcanzara a perfi lar la senda más diáfana. Cuando los ánimos de éste fl aqueaban en ausencia de naves y tripulantes, el fraile le puso en contacto con un piloto palermo de gran ascendiente en la villa: Martín Alonso Pinzón, persona sufi ciente y sabia en la mar, quien se comprometió a montarle todo el tinglado tras la fi rma de las Capitulaciones de Santa Fe en abril de 1492. De nuevo, Palos de la Frontera. De nuevo, Huelva. Y, allá a su frente, el Nuevo Mundo.

UNA VILLA SE LEVANTA

El prestigio del mayor de los Pinzones en la comarca del Tinto-Odiel polarizó la voluntad de los marinos de la villa, reticentes al principio a esa temeridad y, eufórico y agradecido, Colón prometió a Martín repartirse con él las tierras que descubrieran... si es que regresaban vivos. Fueron semanas excitantes, meses de preparativos, de miedo y esperanzas, hasta que el 3 de agosto de 1492 cerca de un centenar de hombres dijo adiós al puerto de Palos y sonrió a la esquiva fortuna. Antes de partir, se reunieron en la iglesia de San Jorge Mártir, en la que oraron y comulgaron “como culminación de los actos celebrados en honor de Nuestra Señora de los Milagros, patrona de Palos”, tal como subraya un azulejo en la plaza de ese templo.

“Y vine a la villa de Palos, que es puerto de mar, adonde yo armé tres navíos muy aptos para semejante fecho. Y partí del dicho puerto muy abastecido de muy muchos mantenimientos y de mucha gente de la mar”, Cristóbal Colón dixit.

¿UN FINAL FELIZ?

Ya sabemos que la epopeya tuvo fi nal feliz, o casi. Que la nave capitana Santa María encalló en un banco de arena cerca de la isla de Santo Domingo y que fue desguazada para construir el Fuerte Navidad. Que Martín Alonso Pinzón y su capitán mayor tarifaron, persuadido el segundo de que su amigo pretendía traicionarlo. Que el palermo desembarcó primero en Bayona (Pontevedra), tras emprender el camino de vuelta el 6 de enero de 1493 y que en esa localidad dio la primicia del Descubrimiento. Que más tarde, enfermo ya y desahuciado, zarpó a Palos, ciudad en la que Colón se personó el 15 de marzo de 1493, solo unas horas antes de que lo hiciera su compadre y tras un total de 225 días de travesía.

Y que Huelva siguió portando la antorcha de la curiosidad y la sed de aventura. Porque el manantial del Nuevo Mundo no se agostó con los viajes colombinos, que fueron incorporando a la Corona fl amantes tierras y retos nuevos. De Huelva era Alonso Pérez Nizardo, que descubrió la isla Trinidad en el curso del tercer viaje de Colón. De Huelva fueron muchos de los tripulantes de la Armada colonizadora de Ovando. De Huelva, “el Manquillo” que pilotó una nave en la conquista de México. 

Vayan, pues, a Palos, y visiten la iglesia de San Jorge Mártir, la casa de Martín Alonso Pinzón y el grupo escultórico en el que aparece junto a su hermano Vicente Yáñez, el capitán de La Niña. Vayan, sí, a Palos y acérquense al monasterio de La Rábida, frente al Muelle de las Carabelas, donde la V del Tinto y el Odiel parece signar la palabra Victoria. Peregrinen a Moguer y enciendan un cirio en el monasterio de Santa Clara, en recuerdo del célebre voto colombino. Sigan los pasos de Washington Irving y relean las obras que consagró a la vida y milagros del almirante genovés, que sirvieron para recuperar la tradición de los lugares colombinos.

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